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Antonio de la Cruz: Por qué Delcy Rodríguez le teme a María Corina Machado

 

Las grandes crisis no solo destruyen ciudades. También destruyen certezas.

Después del terremoto que sacudió Venezuela el 24 de junio, el país quedó dividido entre quienes removían escombros y quienes intentaban conservar el control del relato. Durante algunos días, la política dejó de medirse en discursos, decretos o conferencias de prensa. Comenzó a medirse en otra unidad mucho más elemental: quién estaba presente cuando la sociedad más lo necesitaba.

Fue en ese contexto donde el intento frustrado de María Corina Machado por regresar al país adquirió un significado que trasciende la logística de un vuelo o el cierre de un espacio aéreo. El episodio revela una pregunta mucho más profunda: ¿qué amenaza realmente a Delcy Rodríguez? ¿La fuerza material de María Corina o el significado que ella adquiere para millones de venezolanos?

Los sistemas políticos rara vez colapsan porque aparece un rival más fuerte. Con mayor frecuencia comienzan a resquebrajarse cuando aquello que durante años permaneció oculto encuentra un rostro visible. Hay momentos en los que una persona deja de ser simplemente una dirigente política para convertirse en el espejo donde una nación descubre aquello que el poder ha sido incapaz de resolver.

Ese es el verdadero desafío. No se combate a una persona. Se busca contener el significado que María Corina despierta.

Los estudios sobre el comportamiento humano muestran que las decisiones importantes rara vez nacen de un cálculo frío de ventajas y desventajas. Surgen, sobre todo, del temor a perder aquello que se considera esencial. Cuando el interinato percibe que puede perder legitimidad, capacidad de influencia o autoridad moral, el costo de esa posible pérdida pesa mucho más que cualquier beneficio derivado de una decisión alternativa.

En ese instante, el cálculo deja de ser administrativo. Se convierte en una defensa del equilibrio existente.

La pregunta ya no es si María Corina colaborará en labores humanitarias. La verdadera pregunta pasa a ser otra: ¿qué ocurrirá si millones de venezolanos comienzan a verla organizando ayuda mientras las instituciones oficiales aparecen desbordadas?

La diferencia parece mínima. En realidad, cambia toda la naturaleza del problema.

La economía del comportamiento ha demostrado que las pérdidas imaginadas producen un efecto mucho más poderoso que las ganancias posibles. En política sucede exactamente lo mismo. Un liderazgo alternativo puede percibirse como una pérdida irreversible incluso antes de modificar una sola institución. Basta con que altere la percepción de quien representa la esperanza y quien representa únicamente la continuidad. Por eso tantos gobiernos toman decisiones alrededor del peor escenario imaginable y no del escenario más probable.

Existe además otro fenómeno profundamente humano.

Cuando una estructura de poder no consigue reconciliarse con sus propias debilidades, suele buscarlas fuera de sí misma. Las fragilidades internas encuentran entonces un rostro externo sobre el cual proyectarse. Lo que comenzó siendo una dificultad institucional termina transformándose en la imagen de María Corina cuya presencia parece explicar todos los riesgos.

La líder de las fuerzas democráticas termina cargando un peso mucho mayor que sus propias acciones. No porque posea un poder extraordinario, sino porque concentra las inseguridades de todo un sistema.

Vista desde esa perspectiva, la importancia política de María Corina Machado no depende únicamente de su liderazgo. Depende de aquello que su presencia hace visible.

Cada brigada ciudadana que organiza ayuda, cada red espontánea de solidaridad y cada vacío institucional expuesto por la emergencia amplían el contraste entre autoridad formal y autoridad efectiva. El terremoto modifica silenciosamente el criterio con el que la sociedad comienza a evaluar a quienes ejercen el poder.

En tiempos normales, la autoridad puede sostenerse mediante normas, procedimientos y jerarquías. Durante una catástrofe, la legitimidad cambia de naturaleza. Se mide por la capacidad de resolver. No por la capacidad de ordenar. Es precisamente ahí donde la disputa abandona el terreno físico para trasladarse al universo de las percepciones.

Las confrontaciones contemporáneas ya no buscan únicamente controlar territorios. Buscan organizar la forma en que las personas interpretan esos territorios. La batalla decisiva ocurre en el significado de los acontecimientos.

Si el liderazgo de María Corina se asocia con incertidumbre, confrontación o desorden, impedir su avance parece un acto de responsabilidad.

Si ese mismo liderazgo queda vinculado con rescate, solidaridad y coordinación, la ecuación política cambia por completo.

Las sociedades no reaccionan solamente ante los hechos. Reaccionan ante el sentido que esos hechos adquieren.

El intento de impedir el regreso de María Corina puede entenderse, entonces, como un esfuerzo de la interina y Trump por preservar un determinado mapa mental: la idea de que cualquier modificación del equilibrio existente representa un riesgo mayor que las deficiencias del propio sistema.

Ese razonamiento contiene una paradoja difícil de escapar.

Cuanto mayor es el esfuerzo por bloquear un símbolo, mayor suele ser la fuerza que ese símbolo adquiere. Toda prohibición comunica algo que va mucho más allá de su objetivo inmediato.

La conversación pública deja de concentrarse en por qué alguien desea entrar. Empieza a preguntarse por qué resulta necesario impedirle el paso.

En política, las intuiciones suelen llegar mucho antes que las justificaciones. Primero aparece una sensación de amenaza. Después llegan los argumentos destinados a hacerla razonable.

Se habla de estabilidad.

Se habla de prudencia.

Se habla de gobernabilidad.

Todos son conceptos legítimos.

Pero también pueden convertirse en el lenguaje mediante el cual un sistema intenta preservar un orden que percibe cada vez más frágil.

Los gobiernos administran carreteras, presupuestos y ministerios. También administran expectativas. Y las expectativas cambian con mucha mayor velocidad que las instituciones.

El terremoto venezolano alteró precisamente ese orden invisible. La sociedad dejó de preguntarse únicamente quién ocupaba el poder y comenzó a preguntarse quién era capaz de ejercerlo cuando más hacía falta.

Ese desplazamiento modifica el punto desde el cual se distribuye la confianza y cuando cambia la confianza, cambia también la arquitectura del poder. Porque el poder nunca reside exclusivamente en los edificios públicos. Reside, sobre todo, en la capacidad de convencer a una sociedad de que existe alguien dispuesto a protegerla.

La historia demuestra que los gobiernos rara vez comienzan a debilitarse por una derrota militar. Con mucha mayor frecuencia empiezan a erosionarse cuando descubren que necesitan impedir la presencia de María Corina para preservar la autoridad de todo un sistema.

En ese instante, el problema deja de ser la líder de las fuerzas democráticas.

El verdadero problema es el reconocimiento implícito de que una presencia puede reorganizar la imaginación colectiva de un país entero y cuando Delcy empieza a protegerse de un símbolo con la misma intensidad con la que antes se protegía de un ejército, probablemente la batalla decisiva ya no esté ocurriendo en los aeropuertos, ni en las calles, ni en Miraflores.

Está ocurriendo allí donde realmente cambia el destino de las naciones: en la conciencia colectiva de una sociedad que empieza a distinguir entre quienes encarnan la posibilidad de un futuro distinto y quienes representan la continuidad de casi tres décadas de chavismo.

 

Emisora Costa del Sol 93.1 FM
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