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Ángel Oropeza: La tragedia del 24 de junio ¿Trauma o unión?

 

Caracas y Vargas amanecieron el 25 de junio con grietas en sus paredes, vidrios rotos en sus calles y un temblor en el pecho de sus habitantes que no cesa con las réplicas. El terremoto del 24 de junio nos sacudió físicamente, pero el verdadero desafío apenas comienza: ¿cómo cuidamos el alma de nuestras ciudades?

En las últimas horas, dos narrativas han competido por imponerse. Una, catastrofista y determinista, anuncia la llegada inexorable de un “trauma psicosocial” que fracturaría definitivamente el ya frágil tejido social venezolano. La otra, más esperanzadora, destaca las innumerables muestras de solidaridad, preocupación y ayuda vecinal que han emergido espontáneamente.

Desde la Psicología Social tenemos la responsabilidad de no caer en profecías autocumplidas. Y los hechos nos dicen que el trauma psicosocial no es un destino, sino una posibilidad que podemos desactivar. Pero comencemos por aclarar primero definiciones. ¿A qué llama la literatura especializada “trauma psicosocial”?

El concepto, desarrollado inicialmente por el sacerdote y psicólogo social Ignacio Martín-Baró en el contexto de la dictadura militar y la guerra civil en El Salvador, va más allá del daño psicológico individual. El trauma psicosocial se refiere al impacto de eventos devastadores sobre el tejido social: la destrucción de las redes de confianza, la ruptura de los lazos comunitarios, el deterioro de la solidaridad y la instalación de un clima de desconfianza generalizada. El trauma psicosocial no es sinónimo de impactos catastróficos  de la naturaleza o de desastres colectivos de diverso tipo u origen. Tampoco es, como erróneamente se cree, la suma de traumas individuales. Cuando una sociedad experimenta trauma psicosocial, sus miembros dejan de reconocerse como parte de un nosotros y comienzan a verse como individuos aislados frente a la adversidad.

Los indicadores de un trauma psicosocial son varios, pero los más frecuentes son represión y maltrato percibidos, sensación expandida y constante de amenaza y miedo, emociones intergrupales negativas (ira, resentimiento, culpa colectiva) y, el más preocupante de todos, la destrucción de la sociabilidad. Este último es el síntoma más evidente: cuando los vecinos se aíslan, se enfrentan o dejan de cooperar, estamos ante un trauma psicosocial en curso.

Pero volvamos de nuevo a lo ocurrido el pasado 24 de junio. Para entender por qué el terremoto y sus trágicas secuelas de los días posteriores nos golpean tan profundamente, podemos   recurrir al concepto de “ruptura biográfica” (o biographical disruption), acuñado por Michael Bury en 1982. Bury estudiaba cómo las enfermedades crónicas transformaban radicalmente la vida de las personas, pero su teoría ha sido aplicable también al impacto de los desastres naturales.

La ruptura biográfica se caracteriza por tres elementos. En primer lugar, la destrucción de los “supuestos no cuestionados”. Todos damos por sentado que nuestra casa es segura, que el suelo no se mueve, que el mañana será como el hoy. Un terremoto como el que sufrimos pulveriza esas certezas. En segundos, lo que era invisible y dado por hecho se vuelve visible y amenazante.

El segundo elemento que la caracteriza es el enfrentamiento con la vulnerabilidad y la muerte. No es lo mismo saber intelectualmente que somos mortales, que todos vamos a morir algún día, que experimentarlo en carne propia. La tragedia del 24 de junio nos obliga a mirar de frente nuestra fragilidad y la de quienes amamos.Por último, la reconfiguración de las relaciones sociales. La dependencia, la necesidad de ayuda, el cambio de roles dentro de la familia y la comunidad alteran las normas de reciprocidad. Aquí es donde se juega el destino psicosocial de Caracas, de Vargas, y en mucho el de Venezuela como nación.

Y aquí llegamos al punto central que es necesario resaltar.  El terremoto del 24 de junio,  por sí mismo, no provoca inevitablemente un trauma psicosocial. Lo que lo provoca o no es la respuesta social al evento. Y la respuesta que estamos viendo en todas partes es, mayoritariamente, saludable. Las imágenes y testimonios de estas horas son elocuentes. Vecinos que revisan puerta por puerta si todos están bien, jóvenes que ayudan a adultos mayores a bajar escaleras o a movilizarse, redes de whatsapp que se activan para compartir información verificada y ofrecer refugio a quienes perdieron su vivienda, ríos de gente preocupada y activada llevando insumos de todo tipo a los centros de acopio o directamente a los más perjudicados por el desastre, voluntarios de todas las edades sacrificando hasta su seguridad buscando ayudar a los necesitados, comunidades universitarias en pleno volcadas por completo en redes de solidaridad activa e inteligente pocas veces vistas antes en nuestro país, y hasta niños de la calle, quienes saben mejor que nadie lo que es el sufrimiento y la angustia, ofreciendo algo de lo muy poco que recogen para compartirlo con quienes ahora, igual que ellos, necesitan de urgente ayuda.
Eso no es un síntoma de trauma. Es capital social en acción, el mejor antídoto contra la ruptura psicosocial. Porque, de nuevo, el solo desastre no determina inevitablemente el trauma psicosocial. Es el tipo de respuesta social frente a la tragedia lo que puede terminar desarrollándolo o, por el contrario, servir como escudo para evitarlo.

Tras un desastre masivo, la experiencia comparada y la literatura especializada distinguen dos caminos posibles, uno que conduce a la instalación progresiva de un trauma psicosocial, y otro que lleva al desarrollo de mayores niveles de resiliencia comunitaria.

En la trayectoria del trauma psicosocial, el aislamiento vecinal reemplaza a la cooperación, la desconfianza generalizada corroe las relaciones, la hostilidad intergrupal se instala y la indefensión aprendida (“no podemos hacer nada”) paraliza a la comunidad.

En la trayectoria de la resiliencia comunitaria, la organización espontánea y las redes de apoyo activas sostienen a los más vulnerables, la solidaridad atraviesa clases y barreras, la autoeficacia colectiva (“juntos podemos”) se fortalece y la participación ciudadana activa exige respuestas a las instituciones y gobiernos.

Lo que veamos en los próximos días y semanas definirá hacia dónde nos inclinamos. La hermosa solidaridad inicial que hemos presenciado hasta ahora es un excelente y esperanzador punto de partida, pero no es suficiente si no se sostiene en el tiempo, cuando empiecen a aparecer el cansancio y el agotamiento de energías y de ánimos.

Para inclinar entonces la balanza hacia la necesaria sostenibilidad en el tiempo de esta solidaridad inicial -porque esto va durar mucho- hay algunas cosas por hacer.

Desde el punto de vista personal, podemos gestionar la información, evitando por ejemplo rumores alarmistas y evitando la poco saludable intoxicación noticiosa masiva, mantener rutinas que devuelvan la necesaria sensación de control, y buscar apoyo en nuestras redes cercanas.
Pero el verdadero desafío es social. Es necesario activar y reforzar el apoyo comunitario organizado, asegurar la permanencia y continuidad de las iniciativas de solidaridad, dividir a los grupos por tareas (porque es un error pretender que todos hagan de todo), promover espacios de participación vecinal y convertir la experiencia en aprendizaje colectivo. Diseñar mecanismos que minimicen el impacto de la inevitable rutinizacion y del esperable cansancio que el paso del tiempo va a provocar sobre esta explosión admirable de solidaridad y energía colectiva.

La magnífica empatía social de estos días no puede depender sólo de la explicable energía emocional que ha generado la tragedia. La memoria sísmica no debe ser sólo un recuerdo, sino una oportunidad para el aprendizaje y la organización activa que hagan sostenible en el tiempo esa empatía.

Una crisis política, económica y social prolongada como la que hemos padecido los venezolanos en los últimos lustros ciertamente ha generado efectos psicosociales nocivos en la psique y la conducta colectivas. Esto ha sido ampliamente estudiado y documentado. Los hallazgos, por ejemplo, de los estudios del proyecto “Psicodata Venezuela” de la UCAB, son evidencia de ello. Parte muy importante de la reconstrucción del país pasa por atender esas heridas y secuelas. Pero las muestras que la mayoría de los venezolanos han sabido dar hasta ahora ante la catástrofe del 24 de junio nos indica que la posibilidad de instalación de un trauma psicosocial generalizado sigue siendo una amenazante posibilidad, pero no un destino inexorable.

El terremoto nos ha obligado a reescribir nuestra biografía colectiva. La pregunta es si esa reescritura será hacia el aislamiento y la desconfianza, o hacia la unión y la cooperación.
No podemos minimizar el dolor. Hay personas que han perdido sus casas, que han visto derrumbarse años de esfuerzo, que han sentido el miedo más profundo. Eso es real y merece atención y acompañamiento. Pero también es real que la población ha respondido con una grandeza que a veces olvidamos que tenemos. La solidaridad que brota en las esquinas, en los grupos de vecinos, en las llamadas de preocupación, es la prueba viviente de que el trauma psicosocial no es un destino ineludible.

El terremoto del 24 de junio nos sacudió. Ahora tenemos la oportunidad de decidir si nos derrumba o nos une. La historia  nos dice que el desenlace no está escrito. Depende de nosotros.

@angeloropeza182

 

Emisora Costa del Sol 93.1 FM
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