No debo fingir lo que no soy: no soy una aficionada al fútbol. Pero algo bien diferente es el Mundial. Inevitable perderse los últimos partidos, especialmente la semifinal y la final. Y además disfrutar, gritar, enfadarme y, finalmente, emocionarme y alegrarme enormemente del triunfo de España. Si ya me alegré con el triunfo de Bélgica (merecidísimo) frente a EE. UU., después de las trampas de Trump e Infantino, imaginen los saltos de alegría cuando ganó España.
He aprendido mucho de fútbol. Y también, lamentablemente, de negocios, de chanchullos y trumpismo. Porque, más allá del fútbol, hay toda una lección de geopolítica. Además de desear con todas mis fuerzas que ganara la Roja, es evidente que también quería que perdieran Milei y Trump, porque su triunfo hubiera supuesto un balón de soberbia para el endiosado presidente estadounidense, quien hubiera inmediatamente realizado lecturas de poder claramente inapropiadas. Y para que las haga él, prefiero analizarlas yo desde una perspectiva bien distinta.
Antes de continuar, no quiero olvidar que España es bicampeona simultáneamente: de la selección femenina (2023) y ahora de la selección masculina. Porque nuestras deportistas están abriendo camino, ejemplo, tesón y han tenido que defender su posición dentro y fuera del campo de juego. ¡Viva por ambas selecciones!
Y no solo eso, sino que España tiene los premios individuales del Mundial: mejor jugador joven Pau Cubarsí, mejor portero Unai Simón y mejor jugador Balón de Oro para Rodri. Y el mejor jugador de la final para el valenciano Ferran Torres.
Pero vayamos al partido del pasado domingo.
En primer lugar, no daba crédito al juego de Argentina: sucio, tramposo, violento, marrullero. Aluciné con las patadas, los golpes, los empujones gratuitos como el que recibió Cucurella, la voltereta y caída de Gavi por la tremenda embestida del argentino Paredes o la forma en que sujetaban a los futbolistas españoles abrazándolos o estirando la camiseta para impedirles moverse. Ya me habían advertido que Argentina jugaba siempre así, violento y poco deportivo, y que además se lo permitían. Ya fue el primer elemento por el que merecía ganar España: jugaron como un magnífico equipo, coordinado, sin destacar uno sobre otro, con juego limpio, con estrategia, ofreciendo espectáculo y partido.
En segundo lugar, el final protagonizado por Argentina me parece sinceramente sancionable. Primero por el aumento de la tensión que provocaron cuando se pitó el final: manotazos a Rodri, cogida del cuello a Eric García, Gavi vapuleado por el suelo en una imagen bochornosa. Para, finalmente, darse la vuelta cuando España recibía la copa. Indignante.
Yo veía a Messi de espaldas y todo digno, y para mí se cayó un ídolo. ¿Cómo era posible que un jugador que ha sido alabado, laureado, coreado, querido por todos, fuera capaz de semejante acción de mala educación? Podía esperarlo de alguien como Paredes, pero no de Messi. En fin, ha caído el rey. Otros mejores vendrán.
En tercer lugar, los dos goles anulados. Sé que entiendo poco de eso que llaman “fuera de juego”. Pero aún no he conseguido que nadie me explique claramente por qué se anuló el primer gol. En fin, en el fútbol también hay trampas.
En cuarto lugar, y permitan que vaya a la política más allá del deporte. Me sentí reconfortada de ver una final del Mundial de habla hispana. Y que lo ganara “esa mala gente” que nos llama Trump. Sí, le ganó una España que no se plegó desde el principio a las estupideces, intereses, barbaridades, astracanadas y crueldades de Trump. Ni tampoco lo hizo la selección en la que anteriormente Lamine Yamal había mostrado una bandera de Palestina denunciando así el genocidio que está cometiendo Israel. O Rodri que, amablemente, condujo a Trump fuera del centro del equipo.
La selección española no ha borrado ninguna fotografía para que Trump no aparezca. Sencillamente, esperó a que se pusiera en un rincón para levantar una copa que era solamente de ellos, y no de un mangante que ha intentado hasta manipular el Mundial anulando tarjetas rojas.
En quinto lugar, disfruté mucho de ver a Trump rodeado de aquellos a los que no quiere, insulta, desprecia e intenta avergonzar. Empezando por Sánchez, siguiendo con la presidenta de México y el presidente de Canadá. ¿A quién se le ocurre decir que pondrá aranceles a Canadá porque están quemándose sus bosques? Lo más inteligente que hemos visto es a la selección española mostrando el mejor juego dentro y fuera del campo: toda una lección para Trump.
Por último, no olviden nunca que Trump es todo lo que sabemos: mal presidente, mentiroso, liante, mal educado, violento, machista, racista y xenófobo, cruel… Pero además es un negociante que mira por sus intereses. Y, en esta ocasión, también ha hecho caja sin ningún tipo de rubor ni vergüenza.
Como ha contado Ricardo de Terol en Cinco Días, los escándalos de Trump ya nos parecen casi normales. Trump declaró ingresos por más de 1.400 millones de dólares procedentes de las empresas de criptomonedas de su emporio familiar. También hubo más de 600 millones de dólares que correspondían a la venta de su moneda meme, $TRUMP.
O, como bien indica El Orden Mundial: “El presidente estadounidense y el de la FIFA se han encontrado como aliados perfectos. Uno usa el Mundial de 2026 para ganar influencia y como arma de política interna. El otro busca consolidar la industria del deporte rey en el país más poderoso del mundo”.
Infantino es aquel “pelota” que creó el primer premio FIFA por la Paz y se lo otorgó a Trump en medio de los conflictos y guerras que abre por doquier.
La FIFA ha tenido beneficios extraordinarios: por el carísimo y abusivo precio de las entradas; por las publicidades extras; por el intermedio más largo de cualquier final; por las “pausas de hidratación” donde se aprovechaba para más anuncios; por parte de la venta de bebidas y alimento; por comercializar con el césped, y por todo lo que se le ha ocurrido.
Sería ingenuo pensar que el fútbol no incluye también política y negocios. Pero en algún momento habrá que ponerle el cascabel a Infantino si no queremos ver a una FIFA cada vez más desprestigiada.

