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Pedro Mosqueda: La larga noche de la Saeta Rubia

 

Domingo Kultural.

A las 6:30 de la mañana del sábado 24 de agosto de 1963, Caracas apenas abría los ojos. Las panaderías encendían sus hornos, los primeros autobuses comenzaban a rodar y, en el Hotel Potomac de San Bernardino, nadie imaginaba que estaba por ocurrir uno de los secuestros más insólitos de la historia del deporte mundial.

Alfredo Di Stéfano

En la habitación 219 descansaba Alfredo Di Stéfano, la legendaria Saeta Rubia, estrella del Real Madrid y considerado entonces el futbolista más famoso del planeta. La capital venezolana era sede de la Pequeña Copa del Mundo de Clubes.

El recepcionista llama…

—Si quieren hablar conmigo, que suban ellos —respondió el jugador desde adentro.

Los visitantes ya estaban arriba

—Somos funcionarios. Tiene que acompañarnos.

La maniobra fue tan sencilla como audaz. ¡Coreográfica!Minutos después, un automóvil se alejaba del hotel con Di Stéfano sentado en el asiento trasero, entre dos desconocidos.

Fue entonces cuando cayó la máscara

—No somos policías. Esto es un secuestro —dijo el joven de barba incipiente—. Pero tranquilo, no tenemos nada contra usted. Es una operación propagandística de la  FALN; le cubrieron los ojos con una venda.

Mientras el vehículo desaparecía por las calles de Caracas, el Real Madrid entraba en estado de alarma. Nadie entendía qué había ocurrido. ¿Cómo era posible que la policía se hubiera llevado detenido a Di Stéfano sin previo aviso?

La respuesta llegó pocos minutos después

La PTJ y los demás cuerpos de seguridad negaron cualquier participación. Entonces sonó el teléfono en la recepción del hotel.

—Es para usted, señor Gaudeca.

El organizador de la gira tomó la llamada.

—Alfredo Di Stéfano no está en manos de la policía. Lo secuestró la FALN. No sufrirá ningún daño y será liberado cuando termine la operación.

La noticia explotó como una carga de dinamita.

Una de las primeras personas en sospechar que aquello no era un procedimiento policial fue ‘Purita’, la peluquera del hotel. Había visto movimientos extraños y escuchando fragmentos de conversaciones. Su intuición no le falló.

Quizá algo había aprendido de su esposo, el periodista deportivo Lázaro Candal, corresponsal en Venezuela del diario español Marca y en el vespertino de Venezuela El Mundo.

Cuando recibió el aviso de su esposa, el joven periodista Candal entendió de inmediato que tenía entre manos una exclusiva mundial.

—Joder, tío… confirma todo. No te vayas de bruces —le respondieron desde España. También en Caracas.

A las ocho de la mañana el hotel estaba rodeado por patrullas, periodistas, curiosos y funcionarios. Las sirenas terminaban de convertir el secuestro en un espectáculo estrambótico.

Purita llamó entonces a su hermano, un panadero que trabajaba al otro extremo de la ciudad.

—Secuestraron a Di Stéfano.

El hombre soltó el teléfono y miró a un compañero de trabajo.

—Te apuesto que fue Paulito.

Jesús del Río no necesitó más explicaciones. Hablaba de su propio hijo.

Mientras tanto, al otro lado del Atlántico, Santiago Bernabéu suspendía sus vacaciones y contactaba directamente al general Francisco Franco. El secuestro ya era noticia mundial.

Acontecimientos en pleno desarrollo

—Ya puede quitarse la venda.

Frente a él apareció un muchacho que apenas superaba los veinte años. Una pinta hollywoodense, resultado de una especie de casting.

—Mucho gusto. Soy el comandante Máximo Canales. Jefe de la Operación Julio Grimau.

El líder guerrillero explicó que el objetivo no era pedir rescate ni hacer daño al futbolista. Querían atraer la atención internacional sobre la lucha armada venezolana.

—No somos asesinos. Somos revolucionarios.

La escena tenía algo de película. El joven comandante parecía escogido para el papel principal. En una operación propagandística, la imagen también formaba parte del mensaje.

La idea tampoco era nueva. Años antes, en Cuba, otro grupo revolucionario había secuestrado al campeón mundial de automovilismo Juan Manuel Fangio.

Antes de elegir a Di Stéfano, los guerrilleros incluso evaluaron otro nombre célebre: Igor Stravinsky, quien visitaría Caracas para dirigir conciertos. Lo descartaron por una razón práctica.

—Era demasiado mayor.

Instalado en su cautiverio, Di Stéfano recibió instrucciones y descubrió que sus guardianes tenían costumbres inesperadas: jugaban ajedrez, dominio damas.

En paralelo

En el Hotel Potomac reinaba la incertidumbre.

Los jugadores del Real Madrid querían abandonar la gira, pero una llamada de Bernabéu calmó los ánimos.

—Nadie se mueve. Todos permanecen en el hotel hasta que aparezca Alfredo. Serenidad. Vamos a jugar en homenaje al cautivo

Al día siguiente debían enfrentar al FC Porto en el Estadio Olímpico de la Ciudad Universitaria.

El presidente Rómulo Betancourt prometió encontrar al futbolista hasta debajo de las piedras.

Bernabéu fue aún más contundente.

—El Real Madrid jugará. Y jugará por nuestro compañero cautivo.

El síndrome de Estocolmo

Mientras el mundo seguía pendiente de las investigaciones, Di Stéfano contra su voluntad siguió la rutina; casi tres días jugando cartas, dominó y ajedrez con sus captores.

La convivencia llegó a tal punto que, una madrugada, al verlos profundamente dormidos, fue él quien los despertó.

—¿Ustedes son los que me cuidan o yo los cuido a ustedes?

La liberación

Las horas más difíciles las vivió también el equipo. Muchos jugadores pasaron la noche juntos, con los colchones tirados en el suelo, incapaces de conciliar el sueño.

Di Stéfano tampoco durmió…

Contra todo pronóstico, el Real Madrid salió al campo frente al Porto y ganó 2-1 ante un estadio repleto. Fue una victoria dedicada a su compañero secuestrado.

Los periódicos de todo el mundo abrieron sus portadas con el secuestro. Los guerrilleros habían conseguido exactamente lo que buscaban: atención internacional.

Días después decidieron poner fin a la operación.

—Alfredo, te vas.

Le entregaron diez bolívares para el taxi.

Antes de despedirse, le pidieron un autógrafo. El líder del grupo extendió una libreta;  el futbolista leyó que es un mensaje subliminal:

Para Máximo Canales, con mi sincero afecto y agradecimiento por su grata hospitalidad.

Todo indica que la historia continuará, tengo sobre la mesa  *El Secuestro de la saeta rubia*, escrito por Jimeno José Hernández, prólogo Miguel Ángel Lara y Editorial Dhabar.

Nos vemos por ahí.

 

Emisora Costa del Sol 93.1 FM
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