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Lluís Bassets: Donald Trump y Benjamín Netanyahu, derrotados y peleados

 

La guerra de Irán no podía terminar peor para quienes la iniciaron. Para el comandante en jefe del ejército más poderoso del mundo, Donald Trump, que asesinó en los primeros bombardeos al jefe del Estado iraní, Ali Jameneí, y para Benjamín Netanyahu, el primer ministro israelí que le convenció para que intentara derrocar al régimen de Teherán a bombazos. Ambos querían la rendición incondicional de la dictadura teocrática, pero han conseguido exactamente lo contrario. O, en todo caso lo más parecido a una rendición incondicional por parte de Estados Unidos, además de una descomunal bronca entre Trump y Netanyahu. Los dos están contra las cuerdas por opuestos motivos, como son la impopularidad de la guerra contra Irán entre el electorado republicano y su abrumadora aceptación por parte de la opinión pública israelí.

Se cumple un trágico guion conocido desde tiempos remotos. La fuerza no lo puede todo. En exceso, se revuelve contra quien se cree vencedor de antemano. El mejor general gana sin desenfundar el arma. La diplomacia agradece una discreta capacidad disuasiva, pero la fuerza militar sin diplomacia lleva a la derrota. Trump no lo sabía ni quiso saberlo cuando sus asesores le desaconsejaban el incierto camino bélico. Y lo ha olvidado un buen conocedor de la historia de David y Goliat como es Netanyahu. La arrogancia lleva a la perdición de quienes tienen un poder abrumador en sus manos.

El único motivo de satisfacción para todos es que la guerra entre Washington y Teherán ha terminado y es altamente improbable que se reanude. Pero no ha terminado para Netanyahu, que no ha sido consultado por Trump ni ha firmado el Memorándum de Entendimiento, e intentará sabotearlo con su guerra contra Hezbolá en Líbano. A menos que la Casa Blanca pase de la diatriba contra su socio israelí a la retirada de ayuda militar y económica y de apoyo político y diplomático. Netanyahu no puede aceptar la derrota política porque solo tiene la guerra como respuesta a las amenazas iraníes. Le sirve de paso para prescindir de los palestinos, la mitad de la población que vive entre el Jordán y el Mediterráneo, excluida de cualquier ecuación de futuro por el sionismo radicalizado y extremista.

Los términos del Memorándum no son precisamente tranquilizadores. A nada se ha comprometido la dictadura iraní, ahora enteramente militar, más pragmática y endurecida por la guerra. No hay novedad en su renuncia al arma nuclear: estaba literalmente en el acuerdo firmado por Obama en 2015. Podrá mantener sus programas de drones y misiles y proseguirá con su defensa adelantada mediante milicias subsidiarias como Hezbolá, cubierta por la específica mención del alcance de la tregua en Líbano. Y obtiene sustanciosos premios, como el levantamiento de las restricciones al comercio de petróleo y de las sanciones, la descongelación de haberes en el extranjero y la piñata de 300.000 millones de dólares para planes de reconstrucción, a cargo de las arcas árabes.

Trump declaró que el acuerdo de Obama era el peor de la historia, pero el Memorándum que ha firmado demuestra lo contrario. Sus escuetos 14 puntos solo pretenden terminar la guerra, abrir Ormuz al tráfico marítimo para evitar la recesión mundial y empezar una negociación sobre el programa nuclear, sin ningún compromiso previo por parte de Irán. Es decir, nada con sifón al lado del detallado acuerdo de 2015, 150 páginas negociadas durante casi dos años por los equipos científicos y diplomáticos de Obama, junto a la ONU, la UE, el Organismo Internacional de la Energía Atómica e incluso China y Rusia. Aquel pacto multilateral garantizaba 15 años de congelación del programa, inspecciones y controles minuciosos y abría el portillo diplomático a una apertura similar a la que China inició tras el viaje de Nixon y Kissinger a Pekín en 1972. Trump y Netanyahu recogen ahora los frutos de la semilla que sembraron en 2018 cuando sabotearon el acuerdo nuclear e Irán volvió progresivamente a enriquecer uranio sin control alguno.

Poco queda del prestigio de Estados Unidos tras este desgraciado envite. Su poder disuasivo es decreciente. Una vez más, el imperio deja tirados a sus aliados. Quien alberga sus bases no compra seguridad, sino que se convierte en blanco seguro de los enemigos del imperio. Trump ha traicionado a todos, pero especialmente a iraníes e israelíes, aunque pocos pueden reprochárselo. No se le va a echar en cara a quien le gustan las dictaduras que haya reforzado a una de las más crueles y sanguinarias de nuestro mundo. Ni a quien desprecia a los humildes, a los perdedores y a los desposeídos que haya engañado a los iraníes, a los que animó a proseguir las protestas cuando estaban sufriendo una represión sin límites y en vez de acudir en su auxilio se lanzó irreflexivamente a la guerra para firmar luego una paz que refuerza a sus opresores.

 

Emisora Costa del Sol 93.1 FM
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