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Las tres claves para América Latina del acuerdo entre Irán y Estados Unidos

 

La reapertura del estrecho de Ormuz tiene efectos directos en la región: Alivia la presión sobre los mercados energéticos, reduce costos de importación y abre posibles cambios fiscales y geopolíticos.

Después de más de tres meses de enfrentamientos directos, iniciados el 28 de febrero, Estados Unidos e Irán anunciaron un entendimiento preliminar de paz para poner fin a las hostilidades. Esto abre una nueva etapa de negociaciones. La firma formal está prevista para el 19 de junio en Ginebra y, según se anuncií, será seguida por un período de sesenta días de alto al fuego destinado a resolver los aspectos más complejos del entendimiento.

Tras el anuncio del acuerdo por Pakistán, el principal mediador durante el conflicto, se inició el cese inmediato de las operaciones militares, el levantamiento del bloqueo marítimo estadounidense sobre Irán y la desescalada en distintos frentes regionales vinculados al conflicto.

Sin embargo, el optimismo sigue siendo moderado porque aún quedan aspectos sustanciales por definir en la negociación que aún no es pública. Entre ellos, el futuro del programa nuclear iraní y el acceso de Teherán a fondos congelados en el exterior.

La cuestión nuclear será probablemente el principal desafío de la etapa que comienza. El antecedente es el acuerdo de 2015 (JCPOA), que limitó el enriquecimiento de uranio iraní y sometió sus instalaciones a inspecciones internacionales a cambio del levantamiento de sanciones. Ese entendimiento quedó gravemente debilitado cuando EEUU se retiró unilateralmente en 2018 y restableció las sanciones económicas.

Para Medio Oriente, el acuerdo representa el cierre provisional de una de las crisis más graves del último año y un alivio inmediato para la seguridad de rutas marítimas y espacios aéreos estratégicos. Pero sus efectos trascienden ampliamente a la región. ¿Cuáles son las claves de este acuerdo para América Latina?

Tres claves para la región 

La reapertura de Ormuz tiene un impacto inmediato en los mercados energéticos. La reapertura del estrecho, por donde circula alrededor del 20% del petróleo marítimo mundial, es la noticia con efecto más rápido sobre la economía global y regional.

Tras el levantamiento del bloqueo naval estadounidense, los primeros movimientos bursátiles ya reflejan una distensión en los precios del crudo respecto a los máximos del conflicto. Aunque el mercado sigue cauteloso hasta confirmar que el cese al fuego se sostendrá.

Para América Latina, el impacto es principalmente económico e indirecto, pero no menor. Una moderación sostenida en el precio del petróleo beneficia a economías importadoras netas de energía, como buena parte de Centroamérica y el Caribe. Representa un desafío para los grandes exportadores petroleros de la región, que verían reducidos sus ingresos por exportaciones si el crudo se mantiene contenido.

En el plano político, el rol de Pakistán en el acuerdo refuerza la idea de que la mediación de países no tradicionales puede destrabar conflictos cuando las potencias llegan a un punto muerto. Pakistán lideró los esfuerzos internacionales de mediación con el respaldo de Arabia Saudita, Turquía, Egipto y Qatar. Este protagonismo recoloca a Islamabad como actor diplomático de peso en Medio Oriente. Mientras, su relación con Washington atravesaba tensiones por otros frentes. Este escenario reabre el debate sobre el rol que la Celac, el Mercosur o países medianos con buenas relaciones con múltiples bloques pueden tener como puentes diplomáticos. Es una discusión que en Latinoamérica resuena especialmente por las tensiones comerciales y geopolíticas que distintos gobiernos de la región buscan administrar sin alinearse completamente con ningún polo de poder.

Por qué importa el crudo

El acuerdo entre Washington y Teherán llega en un momento en que varios gobiernos latinoamericanos venían lidiando con la transmisión directa de la guerra a sus economías domésticas. Especialmente por combustibles e inflación.

Países como Argentina, Colombia, Ecuador y México, que combinan producción propia con fuerte dependencia de derivados importados, vieron en los últimos meses cómo el encarecimiento del crudo presionaba sobre los precios de transporte, fertilizantes y energía eléctrica. Esto, alimentando procesos inflacionarios ya delicados.

Una moderación sostenida del Brent hacia niveles previos al conflicto representa, para estos gobiernos, un respiro político tangible. Menos presión sobre subsidios energéticos, es mayor margen fiscal y un argumento adicional para contener expectativas de inflación en momentos donde varios bancos centrales de la región venían sosteniendo tasas elevadas.

Para economías como Chile o Uruguay, importadoras netas sin gran producción propia, el alivio es todavía más directo. Se traduce casi de inmediato en menores costos de transporte y generación eléctrica.

En el otro extremo, el capítulo energético expone también las tensiones internas de la región. Venezuela, que había encontrado en la disrupción del suministro de Ormuz una ventana de oportunidad para reposicionar su crudo en mercados internacionales, ve ahora cómo esa ventana se estrecha con la vuelta a la normalidad del flujo desde el Golfo. Brasil y México, como productores relevantes, podrían verse obligados a recalibrar sus proyecciones fiscales si el precio del barril se estabiliza por debajo de los niveles de pico bélico que habían favorecido sus cuentas petroleras durante el primer semestre.

¿Y la economía norteamericana? 

El acuerdo llega en un contexto de presiones económicas internas también para EEUU. A cuatro meses de las elecciones legislativas de medio término, la Casa Blanca enfrenta un escenario económico complejo. El encarecimiento del petróleo durante el conflicto empujó los precios de los combustibles y contribuyó a una aceleración de la inflación, una de las variables que más condiciona la percepción pública sobre la gestión económica.

Con el barril de petróleo superando en distintos momentos los 100 dólares y los precios de la gasolina acercándose nuevamente a niveles políticamente sensibles, la administración estadounidense tenía fuertes incentivos para buscar una desescalada.

Históricamente, los aumentos sostenidos en el precio de la energía han tenido efectos directos sobre la aprobación presidencial y sobre las expectativas económicas de los votantes. En este contexto, una reducción de los costos energéticos puede convertirse en un activo político tan importante como un logro diplomático.

Acuerdo frágil

Las negociaciones posteriores al 19 de junio serán determinantes para el éxito del acuerdo. La cautela es palabra clave: hasta que no se concrete la firma y se verifiquen los primeros pasos de implementación, persiste el riesgo de nuevas escaladas.

Tampoco todos los incentivos apuntan en la misma dirección. Irán busca recuperar recursos financieros y aliviar las restricciones económicas que afectan a su economía, pero al mismo tiempo considera su capacidad nuclear un elemento central de disuasión estratégica. EEUU aspira a limitar ese programa sin ofrecer concesiones que puedan ser percibidas como una señal de debilidad por sus aliados regionales.

El resultado dependerá de la capacidad de ambas partes para cumplir sus compromisos. Ese es el principal interrogante que seguirá observando América Latina: si la estabilidad energética y económica que hoy promete el acuerdo será duradera o apenas una pausa antes de una nueva escalada.

Dialogo Político

 

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