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José Hernández Echevarría: Las 176 reformas del régimen cubano ante la debacle

 

El régimen cubano ha vuelto a sacudirse, en su afán de ganar tiempo ante los Estados Unidos y asegurar su supervivencia política. Aprobó un extenso paquete de 176 reformas económicas y sociales organizadas en 23 ejes estratégicos. Fueron votadas favorablemente por la Asamblea Nacional del Poder Popular de Cuba, de manera unánime, como no puede ser de otra forma en toda dictadura que se respete. Estas medidas fueron presentadas por Miguel Díaz-Canel, primero ante el Buró Político del Partido Comunista y después ante la Asamblea. Este conjunto de reformas se ha descrito oficialmente como el mayor esfuerzo de actualización del modelo económico socialista en este siglo. Las medidas abarcan desde la ampliación del rol del sector privado y la autonomía de las empresas estatales hasta la introducción de banca privada, la descentralización municipal, la modificación del sistema de subsidios y una mayor apertura a la inversión extranjera, incluyendo a cubanos residentes en el exterior.

El castrismo, en su retórica habitual, las enmarca como una “actualización del socialismo” en medio de la dura crisis actual y las sanciones externas. Pero resulta evidente que estas reformas representan un ajuste pragmático y selectivo que busca mitigar el colapso económico sin alterar los fundamentos autoritarios del sistema comunista cubano. No es la primera vez que se anuncian reformas que luego no se ejecutan o se revierten. Ahora bien, la implementación de estas últimas modificaciones plantea interrogantes sobre su viabilidad, sus impactos reales y sus consecuencias a largo plazo.

El contexto estructural y las reformas ante la debacle

La economía cubana ha enfrentado durante este 2026 una de sus coyunturas más difíciles de este siglo: apagones prolongados, escasez crónica de combustibles y bienes básicos, hiperinflación, contracción del producto interno bruto, deterioro de la infraestructura y una emigración masiva que ha generado una pérdida significativa de capital humano. La producción agrícola e industrial se mantiene deprimida, mientras que la dependencia de importaciones y remesas se ha acentuado. Sin el apoyo de su aliado venezolano tras la captura de Maduro, y sin sus poderosos guardianes rusos y chinos, a quienes cada vez parece importarles menos la suerte del régimen cubano, el castrismo se ha visto solo frente al gobierno de los Estados Unidos.

Aunque resulta recurrente la justificación del régimen sobre el “bloqueo” de los Estados Unidos, esta dramática situación cubana no puede atribuirse exclusivamente a factores externos. La ejecución durante más de seis décadas de un modelo de planificación socialista centralizada, de un monopolio estatal en sectores económicos clave, de una represión sistemática de la iniciativa privada, de opacidad y corrupción institucional, de ausencia absoluta de garantías jurídicas y del fracaso del turismo como catalizador, entre otros factores, ha erosionado la productividad y herido de muerte a la economía cubana. Estas últimas reformas constituyen, implícitamente, un reconocimiento oficial del agotamiento de ese paradigma socialista y de su ortodoxia, aunque sin una autocrítica explícita sobre sus fallas endémicas.

El contenido principal de las reformas

Las 176 medidas se articulan en torno a varios ejes que, al ser radiografiados rápidamente, se resumen en:

*Ampliación del sector privado: Se facilitan los trámites para las pequeñas y medianas empresas (mipymes). Se elimina el límite de 100 trabajadores por empresa, se permiten sociedades anónimas y la propiedad múltiple. Se amplía la participación de este sector en agricultura, turismo, comercio y otros sectores.

*Reforma de las empresas estatales: Mayor autonomía gerencial, posibilidad de conversión en sociedades por acciones, quiebra selectiva y vinculación de salarios a resultados. Se reconoce, de facto, la ineficiencia crónica de gran parte del aparato productivo estatal.

*Sistema financiero: Autorización de la entrada de bancos privados (bajo supervisión del Banco Central) y una mayor flexibilidad en el manejo de divisas, con elementos de dolarización parcial de la economía.

*Política social y fiscal: Transición de subsidios universales (como la libreta de racionamiento) hacia subsidios focalizados en población vulnerable. Nuevos ajustes salariales y tributarios.

*Descentralización y apertura externa: Mayor autonomía municipal en la gestión de recursos, facilidades para la inversión extranjera directa sin intermediación obligatoria estatal en ciertos casos y apertura en comercio exterior e inmobiliario turístico.

Al analizar estas reformas, en términos formales, el paquete de medidas evoca elementos de los modelos socialistas chino y vietnamita. Esta idea de “socialismo de mercado” viene a constituir la vía salvadora para el castrismo, que se resiste a entregar un poder absoluto que mantiene desde 1959. Sin embargo, continúa dejando serias dudas en un aspecto crucial: la ausencia de garantías institucionales creíbles para la propiedad privada.

Los impactos, las expectativas y la incredulidad

Los efectos potenciales de estas medidas estarán condicionados por su desarrollo real por parte de la burocracia castrista. Aunque buena parte de la prensa extranjera insista en añadir sensacionalismo a los titulares sobre estas reformas, no es la primera vez que el régimen intenta abrirse al libre mercado. Se debe esperar a la implementación real de estas medidas y a la respuesta de los sectores económicos cubanos y extranjeros, que se mueven entre la incredulidad y el hartazgo.

Es evidente la ausencia de credibilidad del castrismo debido a la historia de reformas cubanas previas. Todas ellas evidencian un patrón de anuncio de aperturas seguido de continuos retrocesos burocráticos, decomisos arbitrarios y control político. Sin independencia judicial ni protección efectiva contra expropiaciones, la confianza de inversionistas nacionales y extranjeros permanecerá muy baja.

Debemos recalcar que el régimen cede estas medidas por presión y por supervivencia política, no por una convicción real de que este camino favorezca el desarrollo del país. Desde hace años, asesores chinos y vietnamitas han insistido en ilustrar a la élite cubana su camino “al socialismo”, chocando con la terquedad del castrismo, que no quiere ningún competidor económico ni político frente a su poder autoritario.

En el corto plazo, es previsible una expansión marginal de la actividad privada en servicios, turismo y agricultura, impulsada por remesas y capital de la diáspora. La autonomía empresarial y municipal podría generar mejoras locales de eficiencia en contextos favorables, mientras que la flexibilización financiera facilitaría transacciones en divisas. La reducción de subsidios universales busca contener el déficit fiscal, aunque conlleva riesgos inflacionarios inmediatos y un impacto regresivo sobre los hogares más pobres.

La transición de subsidios y la dolarización parcial tienden a agravar la brecha entre sectores conectados al poder y la población general. Resulta previsible que la élite castrista, vinculada a las cúpulas militares y del Partido Comunista, pueda capturar los principales beneficios de estas reformas, como ya ocurrió en el espacio postsoviético tras el derrumbe del comunismo.

En todo caso, estas reformas son tardías, incompletas y de alcance principalmente cosmético. Buscan maquillar el fracaso de una dictadura que intenta ganar tiempo con estas reformas, en su intento de transición lampedusiana de “cambiar para que nada cambie”.

Los límites del castrismo reformador

Las propias medidas ilustran sus limitaciones. Estas no abordan buena parte de los problemas fundamentales relacionados con los derechos de propiedad, la libertad económica y la rendición de cuentas institucional.

Como aspecto curioso, estas reformas contaron con el aval explícito de Raúl Castro, lo cual dejó en evidencia quién detenta, en última instancia, el poder en la Cuba castrista. El Partido Comunista conserva el monopolio político, lo que implica que cualquier apertura permanece subordinada a la preservación del poder. Esta tensión entre incentivos de mercado capitalista y control autoritario comunista genera inconsistencias que terminarán haciendo ceder a uno de los dos. En los 67 años de castrismo, siempre se ha impuesto el segundo.

Por otra parte, se debe señalar que el reconocimiento pragmático del rol del mercado representa un giro retórico notable tras décadas de demonización de la iniciativa privada. Sin embargo, sin una liberalización política paralela, las reformas económicas corren el riesgo de reproducir formas de “capitalismo de compadres”, donde los beneficios se concentran en redes cercanas al régimen mientras persisten las distorsiones sistémicas.

Las reformas anunciadas llegan muy tarde. Estas 176 medidas constituyen un intento pragmático de la dirigencia cubana por oxigenar un sistema en crisis terminal. Para una recuperación genuina, Cuba requeriría no solo ajustes económicos, sino una transformación institucional hacia el Estado de derecho, la democracia pluralista y la protección efectiva de los derechos de propiedad.

Las demandas de gran parte de la población dentro y fuera de Cuba se inician con un cambio radical del régimen comunista y la salida de su élite del poder. Las décadas de incompetencia económica, escasez generalizada, represión de los más elementales derechos humanos y éxodo masivo de millones de cubanos han provocado que muchos demanden algo más que simples reformas económicas.

Quizás lo acontecido el 11 de julio de 2021 sea su prueba más fehaciente. Democracia y libertad ya se encuentran muy ligadas al futuro de Cuba, y este porvenir inicia, inevitablemente, con la caída del castrismo.

 

Emisora Costa del Sol 93.1 FM
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