Las situaciones límite, como la tragedia de los terremotos de nuestro país, definen muchas cosas. Evidencian crudamente el conflicto entre el deseo humano de hallar sentido y el absurdo de la realidad. Por eso, en lugar de huir con delirios paranoicos, indiferencia u otros subterfugios equivalentes al suicidio, hay que enfrentarla con coraje y lucidez, asumiendo nuestra fragilidad humana, la indiferencia del universo y hasta las actitudes de los poderosos que solo despiertan indignación y justifican la rebelión.
Las desgracias son un espejo implacable: barren de un plumazo las apariencias y dejan al descubierto la verdadera naturaleza de una sociedad y de quienes la administran. En medio del polvo, la destrucción y la desesperación del padre colapsado porque tiene en enfrente la mole de concreto que aplastó a su familia, emergen, por un lado, la grandeza instintiva del ciudadano común, y, por el otro, la miseria moral de un gobierno que hace mucho tiempo capituló, no solo ante el poder imperial que hasta hace poco desafiaba cómicamente, sino ante su propia ineptitud y corrupción.
Surgen entonces los héroes de manos desnudas, sin capa, sin caballos blancos. Las imágenes que circulan por las redes sociales no son producciones cinematográficas, son testimonios crudos de una humanidad que se levanta sobre sus propias cenizas. En el sector Caribe de Caraballeda, la cara de la esperanza es la del muchacho guaireño, vendedor de tostones en la playa que, guiado únicamente por su buena voluntad y un amor genuino por el prójimo, se lanzó a rescatar a unos panas atrapados debajo del concreto armado de un edificio. Sin maquinaria pesada, escarbando a punta de dedos, uñas y desesperación, logró arrancar de los escombros a dos sobrevivientes, desconocidos, humanos, hermanos.
Junto a este tostonero, vienen las imágenes de los rescatistas de tantos países; México, España, El Salvador, EEUU, Francia, Colombia y muchos otros que, con solidaridad, la ternura de los pueblos, sacaron a un bebé de meses de las entrañas de concreto. Vimos con cuanto cariño el perrito, al fin encontrado, lamía con avidez el agua de la botellita llevada por un voluntario, o la imagen alerta, vivaz, efectiva, de “Tsunami”, el perro rescatista que ha trabajado en jornadas interminables. Hemos visto arrancar los buses con estudiantes hacia los sitios de la desgracia. Hemos visto proliferar “centros de acopio”. La disposición de los vecinos a seguir escarbando siguiendo un hilito de voz que indica que aún hay vida bajo la piedra. Estos son los rostros, las escenas, con los que se puede superar la profunda tristeza, el derrumbamiento interno que hemos sentido los venezolanos. Es la vida abriéndose paso, levantando vigas, toneladas de concreto armado, con un instinto puro de vida y amor.
Mientras un muchacho vendedor de tostones en la playa usaba sus uñas para la salvación, los organismos de ayuda estatales brillaban por una tardanza injustificable. Los bomberos y los funcionarios de Protección Civil, en muchos casos tan víctimas del sistema como los propios damnificados, se vieron obligados a enfrentar la catástrofe sin los recursos más elementales. ¿Cómo se levanta una losa de toneladas cuando el Estado no provee ni el combustible para los pocos vehículos operativos, cuando no hay maquinaria apropiada? La irresponsabilidad en la gestión de esta emergencia es palpable, especialmente para un pueblo que lleva cicatrices profundas.
Resulta inevitable y doloroso recordar el desastre de Vargas en 1999. Aquella tragedia, de proporciones bíblicas, contó con una movilización estatal e institucional que, con todas sus fallas humanas y logísticas, fue mucho más rápida, cohesionada y eficaz. Hoy, lo que queda del aparato estatal parece ser solo una sombra paralizada por su propia incompetencia.
Frente a la abrumadora evidencia de su inoperancia, el poder responde con la distracción. En lugar de asumir la responsabilidad de un país sin infraestructura preventiva, sin hospitales equipados y sin cuerpos de rescate dotados, la maquinaria de propaganda oficial opta por insultar la inteligencia de los ciudadanos. Difunden teorías conspiranoicas delirantes, culpando al proyecto estadounidense HAARP o la extracción petrolera de los terremotos. Buscan un enemigo externo, invisible y fantástico, para ocultar al enemigo interno y real: la corrupción y el desmantelamiento sistemático de la nación.
Desde hace muchas décadas se sabe científicamente que Venezuela, específicamente toda la costa y parte de los Andes, es una zona sísmica porque confluyen dos placas tectónicas y tres fallas; la de Boconó, en los Andes, la de San Sebastián en la cordillera de la Costa, y la de El Pilar, en el oriente del país. Ha habido terremotos que, si bien no son tan frecuentes como en Chile, Perú o México, sí se sabe que se dan con cierta regularidad. DE hecho, el gobierno mismo impulsó jornadas de prevención sísmicas en el año 2016, a cincuenta años del terremoto de 1967. Pero, mientras tanto, producto de quién sabe qué sobornos, se siguió construyendo en suelos inadecuados, con material de baja calidad, y encima con canales de corrupción. Todo eso, además del desmantelamiento de los sistemas de protección ciudadana, es responsabilidad del Estado. No se trata de la Naturaleza o los designios misteriosos de un Dios celoso, egocéntrico, cruel y destructivo. Mucho menos de teorías disparatadas que los propagandistas del gobierno propagan para refrescar la paranoia inducida de la “santa simplicidad” de los devotos.
Es un gobierno mentiroso, que ha capitulado y sometido, y tiene la sinvergüenzura de envolverse en banderas de soberanía y antiimperialismo. Un aparato de poder que durante décadas ha demostrado ser altamente eficiente para reprimir la disidencia y saquear el erario público, pero que se paraliza de forma absoluta cuando se trata de salvar la vida de sus ciudadanos.
Debajo de los escombros de Caraballeda no solo quedaron sepultadas familias, madres, padres, hijos, abuelas, sino también el resto pequeño de credibilidad de un régimen, un protectorado, una dictadura tutelada. Pero, sobre esas mismas ruinas, el país real se puso de pie. La Venezuela que sobrevive y vivirá está en las uñas del tostonero, en el agua compartida bajo una viga y en el olfato incansable de Tsunami. Esa es la nación que, a pesar de todo, se niega a morir aplastada.

