La historia política de Venezuela parece avanzar en círculos concéntricos, donde las crisis existenciales de la república demandan, de forma casi obligatoria, la creación de pactos de gobernabilidad para evitar los abismos. Dos hitos fundamentales marcan este recorrido: el Pacto de Puntofijo de 1958, que sentó las bases de la democracia civil del siglo XX y el reciente Manifiesto de Panamá de 2026, que surge como una hoja de ruta técnica e institucional para rescatar la república en el siglo XXI.
El Pacto de Puntofijo forja la república civil, firmado el 31 de octubre de 1958, fue un acuerdo de unidad y cooperación entre los partidos Acción Democrática (AD), COPEI y Unión Republicana Democrática (URD) tras el derrocamiento de la dictadura de Marcos Pérez Jiménez. Su objetivo primordial era defender la naciente democracia frente al militarismo y evitar el “canibalismo político” que había caracterizado periodos anteriores. Este pacto no fue un simple reparto de cuotas de poder, sino un compromiso con tres pilares fundamentales: Defensa de la constitucionalidad, con el compromiso de respetar el resultado electoral y defender a las autoridades constitucionales contra cualquier intento de golpe de Estado. Un gobierno de unidad nacional con la formación de gabinetes donde tuvieran representadas las diversas corrientes políticas y sectores independientes, evitando hegemonías partidistas; y un Programa Mínimo Común con una agenda de reformas estructurales y administrativas que sirviera como punto de partida para la estabilidad democrática.
El resultado más tangible de este espíritu de conciliación fue la Constitución de 1961, el texto de más larga vigencia en la historia del republicanismo democrático, redactado bajo un clima de transacción y armonía que permitieron cuarenta años de democracia.
El Manifiesto de Panamá representa una alternativa hacia una transición en el siglo XXI. En contraste con el contexto de 1958, el Manifiesto de Panamá, firmado en mayo de 2026, surge en un escenario de “Estado fallido” y crisis humanitaria profunda. Mientras que Puntofijo fue un pacto entre líderes de partidos con pesos equivalentes (Betancourt, Caldera y Villalba), el Manifiesto de Panamá establece un liderazgo unificado y centralizado en María Corina Machado, legitimado por el respaldo ciudadano y la Plataforma Unitaria.
Este nuevo documento se fundamenta en la defensa del “mandato ciudadano” derivado de la elección del 28 de julio de 2024, en la que resultó electo el colega embajador Edmundo González Urrutia. Sus ejes centrales incluyen: Interlocución única, el cual ratifica a Machado como la jefa legítima de la negociación, cerrando el paso a opositores paralelos o “falsos”. Un Gran Acuerdo Nacional, al convocar a toda la nación —partidos, gremios, universidades, iglesias y la diáspora— para la recuperación de la república, fijando como condiciones innegociables para la transición; escritas en piedra: la liberación de presos políticos, el cese de la persecución y el establecimiento de un nuevo Consejo Nacional Electoral independiente.
Aunque ambos documentos coinciden en la necesidad de traducir la soberanía popular en una ruta hacia la libertad, presentan diferencias estructurales marcadas por sus tiempos. Mientras que Puntofijo buscaba estabilizar un Estado petrolero naciente, el Manifiesto de Panamá debe lidiar con el desmantelamiento institucional de un Estado fallido en sus objetivos (seguridad, defensa nacional, educación y salud) un y una diáspora masiva que ahora tiene un rol formal en el proceso.
El Manifiesto de Panamá representa la maduración del liderazgo civil venezolano. Al igual que en 1958, el objetivo es enviar un mensaje de certeza: la transición no debe ser un salto al vacío ni una cacería de brujas, sino un proceso reglado que garantice la estabilidad a largo plazo. Como ha señalado el Embajador y colega Edmundo González Urrutia, el liderazgo actual se entiende como un “custodio” del mandato popular, no como su dueño, marcando una distinción jurídica y moral con el pasado reciente.
El tránsito del Pacto de Puntofijo al Manifiesto de Panamá refleja la persistente voluntad de esa “Juana de Arco”, Esa valiente mujer llamada María Corina acompañada del pueblo venezolano para vivir en democracia. Si el acuerdo de 1958 fundó la democracia del siglo XX, el Manifiesto de Panamá asume la responsabilidad histórica de rescatar y refundar frente al fracaso continental del Socialismo del Siglo XXI, la naciente y esperanzadora República del siglo XXI, basándose en el rigor diplomático y la confianza inquebrantable de la nación. Ambos documentos son testimonios de que, en las horas más oscuras, la unidad y el consenso institucional siguen siendo las herramientas más poderosas al servicio de la libertad.

