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Fernando Yurman: Como saliendo de la nada

 

El rápido y  expansivo nuevo antisemitismo empapó de rencor la gramática política, promovió estereotipos vencidos, fue embanderado a diestra y siniestra, transfigurando tanto las figuras del prejuicio como la pupila que las miraba. Perduró en su remota fuente pero emergió con un temple popular ávido de anécdotas para motivaciones ancestrales. Las pretensiones humanistas sobre la compleja y bizarra actualidad, aunque muestra un tendal de signos de reconocida infamia contemporánea, no logra soslayar la antigüedad íntima que remonta el odio. A merced  del fogoneo geopolítico sobre las redes, nadie podría editar un relato tan furioso sin precederlo por mitologías catastróficas. Era prueba que el olvido y la negación no disuelven los traumas colosales. Con espectral obstinación, nietos y biznietos de víctimas y verdugos  habían ondeado sin cesar en las corrientes negras de la memoria occidental. Una vez levada el ancla, la marejada de su atormentada persuasión es tan insondable como la locura,  el desvaído presente no aplaca la inclemente turbulencia. Ocasionalmente, la mitología suele ocupar los escenarios que abandona la historia, suscita narraciones reprimidas y reviven los arquetipos religiosos para la escatología secular. El enigma de esta pujanza maligna desmorona las explicaciones.

Como en la ambigüedad luminosa de un cuarto oscuro fotográfico, la revelación brota en la aurora boreal del papel húmedo,  una borrosa silueta desanda la blancura hasta arribar entera y presuntuosa de realidad, es la precipitación torrencial del prejuicio antisemita. En ese momento anterior, indiscernible entre algo y nada,  como una miniatura de la creación original, se enerva la oleada antisemita global. La mínima aparición en el cuarto oscuro siempre legitima la insidiosa realidad de afuera del cuarto, aunque no cause el acontecimiento real. La pira siempre existió, y sabemos que la combustión ha partido de un destello, una brasa indómita que resplandeció un segundo de íntima conflagración. Todas las metáforas fallan, patinan el espeluznante misterio y la sociología queda vacante, con las ideologías y la imaginación diezmadas bufando al margen. No se parece a una pradera incendiada, aunque abundan antorchas de pirómanos, tampoco a una inundación por desatención de canales o fisura de diques sociales, ni a un terremoto por colisión de placas ideológicas. Autónoma, insidiosa, muda, como una mancha  filtrada al muro, la mueca antisemita es retenida en las cariátides sociales abonada por  una misma cepa del odio. Sólo la revelación lumínica, el borbotón en la oscuridad, hace justicia a la sorpresa. Inesperada, recia  y flagrante, pero auspiciada por todos los presentimientos mesiánicos que dispone el inconsciente moderno. Como suele ocurrir con acontecimientos  desaforados, cuando se acerca la lupa empieza a pulsar la sobre determinación. No puede desconocerse que el actual gobierno Israelí desató una antipatía descomunal. Hubo conductas y discursos que por alguna convicción delirante suponían inocuos para un prejuicio indómito ejercitado durante  milenios. Es cierto, como afirmaba Peter Sloterdijk,  que no existe ningún Estado nacido sin crueldades, y que Europa arrojó un permanente manto de amnesia sobre sus arbitrarios y violentos orígenes nacionales antes de ejercer su virtud humanista. Pero también la simple memoria histórica ha sugerido muchas veces que los judíos no son juzgados con la misma vara, y  que hasta hace pocas décadas sus demandas espirituales acostumbraban a una distinción ética o religiosa por afirmaciones tradicionales o teológicas. Las apetencias geográficas y  bélicas con aura bíblica se desataron después de la guerra de los seis días. Deslizar un pueblo de lectores a una vanidad espartana por la tierra es un estruendoso corte para una convicción que había aprendido a sobrevivir por la fe y las convicciones. Aunque la fe no fue abandonada, fue usada como parasitaria mercancía electoral por un populismo demagógico. La anulación de la división de poderes fue otro aliento de este proposito  notoriamente distorsionado. Inevitablemente, la corrupción debe entrar en la mesa de disección del antisemitismo, un virus social somnoliento que disparó la infección hacia una septicemia vertiginosa. Es responsabilidad de un gobierno genuinamente judío saber más de la riesgosa acechanza del antisemitismo que del arte de alardear una suficiencia guerrera.

No cabe duda de que la pasión adictiva antisemita, de reconocida mediocridad y tenaz adherencia, siempre logrará nuevas formas. Tampoco que factores informativos, crímenes de guerra, entusiasmos desquiciados de tierra santa, la diseminación perversa islámica en las universidades, alentaron las furias. Pero solo un gran derrumbe del trasfondo mitológico puede haber suscitado el gigantesco cataclismo. La grandiosidad antisemita no deriva del reducido pueblo expiatorio sino del caudal dislocado de candidatos a verdugos. Una legión de asesinos vocacionales salieron a festejar el mítico encuentro con goces antiguos. Los cósmicos riesgos del calentamiento global aportan un modelo drástico de como irrumpe este acervo del inconsciente colectivo.  La naturaleza imitaba a la especie no solo al arte.

Una ira compartida y compacta requiere ser torneada, alejada de toda complejidad conceptual, incluso las distracciones  del pensamiento. Esas condiciones excelsas son hoy propiciadas públicamente por un inexorable descenso simbólico. La fusión de la alta y baja cultura inducida en el progreso tecnológico gestó un mestizaje disfuncional, sin rigor cognitivo ni horizonte trascendente. Las redes de comunicación ilustran una gestación bastarda.  En esa  simplicidad idiota impera el aforismo  de que  las cosas son como son, y resulta privilegiado el axioma, el refrán, la rima o la sentencia inmediata, todo ingenio inepto que atornille una certeza de bolsillo. Sectores disminuidos se alegran en esa nueva superficie y hasta algunos académicos disfrutan del aire popular. Simulan la democracia directa, sin mediaciones ni escalas ideales, porque perdido el amor cortés y las musas del espíritu, el derrotero se administra sin ripio y los caminos del odio pavimentan sin baches. Los malos son notorios cuando se prescinde de descifrarlos, la mágica sencillez de la rabia los detecta. El limitado saber se actualiza electrónicamente por la misma avidez pasional. Sometido al tecno feudalismo y el vicioso poder del capricho caudillista, el antisemitismo retorna a su papel de chivo expiatorio de todo lo resignado sin comprensión. Solamente los siervos de la gleba padecieron este grado de obnubilación de su infame destino, y los actuales precisan otra vez del  mismo culpable. Deben aliviar sus espaldas del peso inescrutable  de los nuevos señores.

En las entrañas de la catástrofe suele encontrarse el hambre con las ganas de comer, ese magnetismo entre la víctima,  el victimario y la tragedia real. La farsa estadista de un destino occidental fallido, un norte que ennobleciera la guerra local en medio oriente, terminó de despojar a Israel del costoso sentido ético madurado desde su origen. El erudito Leibovich había presagiado ese desastre, no por un hálito profético de su condición religiosa, sino por el tenaz realismo histórico que solía practicar. No se dejaba seducir por aquellos herederos de un estoico sionismo político y social que decidieron enfundarse en el abrigado sortilegio religioso y abandonar la historia para entrar en la eternidad.  El mesianismo ramplón fue personalizado provechosamente. El sector religioso no hubiera abusado como lo hizo si no hubiese contado con el aliento y la complicidad de la politiquería para aniquilar la institucionalidad democrática. Se trataba de entregar lucrativamente el pais entero a la indefensión suicida, pero  con la máscara encubridora del heroísmo intrépido. Hoy, con un ejército acechado por la anomia y la decepción, una economía calamitosa, el orgullo nacional anémico y la corrupción opulenta, el futuro promete una envergadura pesimista desconocida.

Hasta el  fatídico 7 de Octubre, cualquier conversación con ánimo tolerante y pluralista dejaba respirar inciertos puntos de vista,  y era relativamente receptiva de las diferencias de antisemitismo y anti sionismo. Esa fusión no era todavía un imperativo lógico. Fue precedida por muchos años de anti sionismo que no implicaban antisemitismo. Tanto la posición del Bund, esa izquierda vaga y voluntarista arraigada en la cultura idish, como la mayoría de la cultura asquenazí o sefaradí, como sectores religiosos mayoritarios, y otras corrientes de distinto orden, hace algunas décadas no eran definidamente sionistas. Pero había un fuerte temple humanista en la corriente sionista, laboriosa, valiente y minoritaria. En esos tiempos difíciles, fuera del pueblo judío el sionismo era difamado por el estalinismo como una conspiración imperialista pese a sus méritos históricos. La malignidad estalinista y su raigal antisemitismo fue afianzada  por razones geopolíticas. Estaba claro que aprovechaba el antisemitismo, que había sido endilgado solamente a los nazis, pero compartía un costado infame de la población soviética. Stalin deseaba aprovechar ese recurso pasional pero como anti sionismo, y ese antisemitismo híbrido culminó en la conspiración de las batas blancas y no cesó hasta el presente. La degradación paulatina de la izquierda mundial, afanosa de pasiones oportunistas, hizo el resto.

Repasar la historia entrega siniestras similitudes. Los condenados del gueto de Varsovia anhelaban  que los occidentales ingleses y norteamericanos se enterasen de la barbarie nazi, pero cuando sucedió no hubo ayuda, no hicieron nada aparte de pasmarse. Hubo algunas anécdotas del horror reconocido en postguerra, pero no impidió para Polonia el programa de Kielce, ni para Rusia omitir de su contabilidad épica los millones de judíos muertos por judíos, ni  para Alemania y los aliados minimizar y encubrir crímenes para soslayar inconveniencias. El cine, la literatura y los medios demoraron décadas en hacer circular la tragedia judía, evitaban comprometer el rastrero colaboracionismo francés, el notorio antisemitismo polaco, ucraniano o ruso El nuevo antisemitismo no es tan nuevo, lo nuevo es que ya  no les da vergüenza, y que muchos israelíes parecían haber olvidado la doliente versión diasporita.

Está claro que el anti sionismo es hoy antisemitismo, antisemitismo con pretensiones discursivas. Esta afirmación no defiende los errores y necedades del gobierno israelí, ni excluye a los palestinos de sus derechos. Trata de desbrozar el campo de las distorsiones prejuiciosas, de los  alardes rabiosos que contaminan la percepción compleja. El prejuicio es un obstáculo que impide sopesar las contradicciones reales que atascan el tema. Ya es bastante difícil mirar está fragmentada y esforzada nación sin que los antisemitas  tiren arena en los ojos. En una época aquí hubo que redimir el desierto y también las historias, ahora habrá que desecar la imbecilidad antisemita global.

Por una coincidencia, tan significativa que quizás no permite entenderse, lo que sale de la nada también está entrando en la nada. Las presunciones científicas alertan un riesgo de desaparición de la especie por desequilibrio ecológico  o por una I.A sin garantías. El presagio reduce la nada anterior  a una cajita china del destino fatal que los judíos ya habían estrenado. La ingenuidad encubridora de los discursos no ciega esas luces apocalípticas. El desasosiego que está atravesando en sordina toda la humanidad es también su aura. El síndrome postraumático es casi una condición genérica de la sociedad actual. No puede ser de otro modo con una especie tan disminuida simbólicamente que asimila su planeta a la medieval Nave de los locos, y donde incluso la Asociación Americana de Psicólogos tiene pesadas inclinaciones antisemitas por un anticolonialismo recalentado. Ese record rememora la minuciosa perversión que aquejaba a la psicología aria que cultivaban los nazis hace cien años. El antisemitismo siempre trabajó de pajarito en la explosiva mina, pero su alerta es hoy distinto porque la degradación nihilista es insaciable y cultiva siempre su propio final. Esta angustia existencial no es heredera de Kierkeeegard.  No es el retorno de filosofías de biblioteca, sólo el simple olfato biológico del miedo. Los judíos fueron víctimas y testigos del más infame exterminio que ejecutó la civilización, y la prueba actual  de que el antisemitismo crece indica otra apuesta del mal para una ruleta que ya está abarrotada. Como había observado George Steiner, desalentado por la derivación del pueblo de lectores hacia la vanidad espartana, quizás no haya más muertos judíos, pero tampoco habrá sobrevivientes.

 

Emisora Costa del Sol 93.1 FM
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