La Guerra Federal fue cruenta. Federalismo a lo Zamora contra el centralismo paecista. No es verdad que triunfó el federalismo del primero; fue derrotado el centralismo de Páez. Porque vinieron las posteriores desviaciones, truculencias e inconsecuencias de los falsos herederos, tan centralistas como el paecismo. Pero, aun así, más tarde, la Ley nos llamó Estados Unidos de Venezuela y con esto, se crearon las entidades federales. Y se tomaron los nombres de los héroes para que las viejas provincias se rebautizaran. Y el viejo orgullo provinciano, generado a partir de la colonización y fortalecido con la creación de la Capitanía General de Venezuela, que dificultó la unificación del ejército libertador, se revitalizó con la nueva distribución territorial y el peso moral e histórico de los nombres de los héroes. El caudillo zuliano Venancio Pulgar, expresó una vez, “que los caraqueños se vayan al carajo, porque aquí, en esta tierra, mandamos nosotros”. Por su parte, el oriental Juan Antonio Sotillo sentenció a su manera, “federalismo es que los zulianos manden en el Zulia y los orientales en oriente”.
Y el federalismo, en el sentido que el venezolano lo experimentó, nacer, crecer, luchar, combatir de una forma u otra por mi Estado, donde también nacieron mis padres y forjé hábitos, costumbres y amores muy internalizados, tiene un enorme peso histórico y es una creación social. No debe valorarse como una simple cuestión que puede fácilmente cambiarse en un oscuro gabinete.
Y aprendimos amar aquella montaña gélida, salpicada de frailejones; al llano inmenso, surcado de largos ríos, enmarcado entre montañas azuladas; la Guayana misteriosa y exuberante, preñada de presagios, gritos, trinos y cantos infinitos; a esta costa brava, vigilante y generosa; a todos esos espacios que en los Estados de Venezuela están. Pero también, con el nombre de los héroes y el vivir cotidiano, forjamos la abstracción de Estado, mi Entidad Federal. Y la gente que huele como olemos, hablamos, gritamos y festejamos de la misma forma, hemos creado no sólo una realidad social y política, también un hecho histórico con huellas marcadas y un amor profundo. Y hay alguna gente que, por razones que uno no alcanza a comprender, no se percata de eso. Los hombres, casi todos, aman sus patrias chicas y este sentimiento es mayor mientras haya más sensibilidad. Sé que el internacionalismo proletario y ese querer ser universal, hombre de mundo y del mundo, a lo Simón Rodríguez, en muchos, afortunadamente, no ha podido borrar la huella de la adolescencia.
En verdad, todo eso terminó en un centralismo descomunal, tanto que el país todo respira por Caracas y es ella y sus alrededores el motivo central de preocupación de los gobernantes.
Una expresión de uso común, pero no por ello menos sabia, dice que, con los sentimientos de la gente no se juega. Son demasiados años de historia y de sentirse orgullosos del gentilicio.

