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El oro ilegal produce más dólares que la cocaína de los carteles en Colombia

 

Pocos días antes del balotaje en Colombia, la prensa en alemán pone el foco en algunas de las problemáticas de este país. Vista aérea de una explotación ilegal de una mina de oro.

El oro es la nueva cocaína de los carteles. Así titula el diario económico Handelsblatt un extenso reportaje sobre la situación que se vive en el sur del estado de Tolima, en Colombia. Antiguo bastión de la guerrilla, la paz ha prevalecido largo tiempo gracias al éxito del cultivo de café, pero ahora, la extracción ilegal de valiosas materias primas ha traido de vuelta la violencia.

Andrés Enciso era todavía un escolar cuando sus padres lo enviaron, junto con sus siete hermanos, a la capital provincial de Ibagué. ‘Se había vuelto demasiado peligroso vivir en el campo’, cuenta hoy el joven de 28 años. ‘En aquella época, los secuestros y los atentados formaban parte de la vida cotidiana’. (…)

Hace diez años emigró a Australia, pero regresó cuando se enteró del acuerdo de paz en Colombia. Sus padres le contaron que la situación en el campo se había tranquilizado. Los campesinos cultivaban café y unas 60.000 familias vivían de ello.

Hoy, los caficultores de Tolima ganan premios internacionales por la alta calidad de su café, pero la estabilidad y la prosperidad vuelven a estar amenazadas: en la región hay oro. Las minas ilegales se están extendiendo como un cáncer’, dice Enciso. ‘La violencia está regresando. Todavía no es como antes, pero ya no se puede circular por la zona durante la noche’, describe Enciso la situación actual. Tras regresar a su pueblo natal, comenzó a trabajar para la nueva generación de productores de café. Se formó como catador profesional. (…)

Pero ahora, según relata Enciso, algunos trabajadores del café han abandonado las plantaciones para dedicarse a la búsqueda de oro. Los secuestros y las extorsiones están aumentando. Quienes tienen un empleo estable o poseen tierras temen ser obligados a pagar dinero de protección a las bandas criminales. De lo contrario, amenazan con asesinar a un hijo o a la esposa. ‘Toda la historia de éxito de esta región está hoy amenazada’, reconoce Enciso.

En el palacio de gobierno de Ibagué se comparte una evaluación muy similar sobre la situación de seguridad. (…) La gobernadora de Tolima, Adriana Magali Matiz, explica que los disidentes de las FARC y otros grupos ilegales controlan la región. Por cada máquina que los buscadores de oro llevan allí, exigen un peaje. Después cobran además el 15 por ciento de la producción de oro, explica.

Según datos de la gobernadora, en la ciudad de Ataco, de unos 20.000 habitantes y convertida en el nuevo centro de la fiebre del oro en el sur de Tolima, hasta mediados de mayo de 2026 ya habían muerto 17 personas en hechos violentos. La prostitución, los asesinatos por encargo y el tráfico de drogas están aumentando. ‘El cultivo de café allí era el ejemplo positivo de la paz para todo el país. Eso se ha acabado’, concluye con tristeza la gobernadora, de 50 años.

(…) El politólogo Carlos Augusto Chacón amplía el análisis. Según él, debido al aumento de los precios internacionales, el oro se ha convertido en la principal fuente de ingresos para los grupos criminales. Pero no se trata solamente de oro. También el coltán genera beneficios crecientes para el crimen organizado, un mineral  fundamental para la fabricación de teléfonos móviles, equipos médicos y tecnología aeroespacial. (…)

La gobernadora Adriana Magali Matiz sostiene que el Gobierno de Petro no presta suficiente atención a la situación de seguridad en las provincias. Ella visita cada pocos días las zonas del sur afectadas por la violencia. ‘Si el Estado deja de estar presente allí, estaremos entregando la región a los grupos ilegales’.

El poder de la cocaína

El diario Frankfurter Allgemeiner Zeitung (FAZ), de Fráncfort del Meno, publica un reportaje sobre el poder de los grupos ilegales dedicados al tráfico de cocaína en Colombia:

En la tienda de Sofía no solo se paga con pesos. A veces, los clientes dejan pasta de coca sobre el mostrador cuando piden una cerveza. Actualmente, un gramo de pasta vale unos 2.700 pesos en la zona.

Sofía utiliza esa pasta para comprar nuevas mercancías para su tienda: cerveza, licor, alimentos y aperitivos. La pasta de coca es al mismo tiempo mercancía, moneda y una pequeña fuente de ganancia por el cambio.

‘Lo más importante es invertir para poder generar ingresos’, dice Sofía, como si fuera lo más normal del mundo. Y, de alguna manera, lo es. Sofía vive en la zona rural de Guaviare, una región remota de Colombia situada en el borde de la Amazonía. (…)

Sofía tiene apenas 15 años. Habla como alguien que aprendió muy pronto que, en esa región, es mejor no esperar ayuda de nadie. Ella misma creció en el seno de una familia de acogida que debía darle la oportunidad de recibir una educación escolar, pero esta familia la necesitaba como mano de obra. Así, Sofía aprendió desde niña cómo administrar una tienda. Cuando su padrino murió, surgió una disputa con la antigua esposa de este por la casa y el negocio que él dejó en herencia a la joven. ‘Las otras personas’ se encargaron de resolver el problema, cuenta Sofía.

Con ello se refiere a los líderes del grupo armado que ejerce el control en la región. En las zonas bajo su influencia, estos grupos actúan al mismo tiempo como fuerza de seguridad, recaudadores de impuestos, autoridad reguladora del mercado y jueces. Imponen toques de queda, fijan castigos, resuelven deudas y sancionan robos y otros delitos. La tienda de Sofía también está sometida a este régimen. Por cada caja de cerveza, los hombres armados cobran un impuesto de 3.000 pesos.

De esta manera, su poder alcanza incluso a los negocios más pequeños y a la vida cotidiana de la población. Esto no afecta solo a los habitantes de Guaviare, sino a millones de colombianos en diversas regiones del país. (…) Grupos disidentes de antiguos combatientes de las FARC y otras redes criminales luchan por el control de territorios y rutas utilizadas para la producción y el comercio de cocaína y oro ilegal. Los nombres de las organizaciones cambian. La economía permanece. Y con ella, la lucha por controlarla.

DW

 

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