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David Trueba: Seres selectivos

 

Hace poco leí un libro traducido al español como La edad ridícula y que firma Maryam Madjidi. Cuenta episodios de una joven de familia iraní que crece en la periferia de París. Si es cierto que los adolescentes españoles están volviendo a girar hacia un racismo y clasismo que creíamos zanjado, este es un libro que podría resultar adecuado como lectura formativa. Herederos de la senda que abrió la fallecida Marjane Satrapi con Persépolis, muchos iraníes en el exilio se benefician de un respaldo familiar insólito, y del hecho de proceder de una cultura milenaria, en muchos casos refrendada con el acceso universitario. Han dejado su huella en todos los sectores donde se han asentado y, pese al desastre de la política de Trump, que ha destrozado el atisbo de revolución interna que soñaba con derrotar a la dictadura clerical que los oprime desde hace décadas, hay que confiar en que logren algún día recuperar su autonomía y libertad. A lo largo del texto Madjidi reflexiona, entre otros ritos de la adolescencia, sobre los profesores que le inyectaron la pasión, pero también aquellos que se la achicaron. La autora los resume en dos tipos reconocibles: los Guerreros vencedores y los Guerreros vencidos.

Esos Guerreros son humildes profesores que acumulan horas de clase en centros problemáticos; unos son derrotados y otros salen vencedores tras lidiar con una sociedad que les envía al frente juvenil sin valorar su esfuerzo y actitud. Conviene escuchar a los profesores, porque son capaces de anticipar el rumbo de lo que nos llegará. Son los primeros en darse cuenta de que un país tiene problemas en su núcleo familiar, allá donde se forjan los valores sociales. No es difícil imaginar lo complicado que ha de ser trabajar con jóvenes que crecen en un ambiente donde el dinero rápido, la prioridad de lo propio frente a lo ajeno y el desprecio al cultivo de la inteligencia son los pilares de una vida entre distraída y desacomplejada. También es cierto que cuando te asomas a un instituto lo que encuentras no es exclusivamente la imagen desoladora que regalan los medios; no hay un molde oficial ramplón y dominante. Conozco a jóvenes que reclaman un saber sólido, pese a la ingravidez de un planeta que rigen Elon Musk y Jeff Bezos, con sus personalidades distópicas y su cartera de negocio desalmada.

Ahora que ha llegado la fecha del examen de Selectividad, los escolares se sienten presos de un sistema que los elige y desecha. Pero si son inteligentes ya se habrán dado cuenta de que ellos también seleccionan y dirigen su vida. Si el ascensor social está escacharradísimo, al presentar como logros una buena herencia y la capacidad para exprimir las rentas inmobiliarias hasta la indignidad, ellos saben que en el futuro van a tener que usar el método selectivo en cada capítulo fundamental. Al elegir al amigo, al elegir pareja, al elegir el modo de vivir, al elegir la forma de informarse, al elegir cómo comportarse cuando nadie mira y, por supuesto, al elegir los principios que regirán sus finales. Somos seres selectivos pese a ese empeño por etiquetarnos como seres gregarios y forzarnos a entrar con calzador en moldes arquetípicos. En la escuela conformamos el gusto y el disgusto con el que afrontaremos nuestro paso por el mundo. Por eso esa profesora jubilada empujada por la espalda en una manifestación en Valencia ha resultado tan estremecedora como simbólica. No deja de ser una madre agredida por su propio hijo. Una formadora social agredida por la sociedad que aspira a formar.

 

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