Tengo el alma colmada de una infinita tristeza. Los recientes y devastadores terremotos que han sacudido a nuestra golpeada Venezuela -cebándose con especial crueldad en las estructuras de Caracas y en un estado Vargas herido de muerte- nos han arrebatado vidas invaluables, amigos entrañables, exalumnos y compatriotas inocentes cuyo único pecado fue habitar un país vulnerable. La pérdida de seres queridos deja un vacío ensordecedor que las palabras apenas logran rozar. Vivimos horas de duelo colectivo y muy profundo, de escombros que pesan en el pecho de toda una nación y de un llanto que se extiende por cada rincón de nuestra geografía y nuestra diáspora.
Es en este abismo de desolación donde emerge la reserva moral de nuestra sociedad: el valor del pueblo abrazando al pueblo, rescatando al pueblo. Ante la tragedia, la respuesta inmediata no provino de sirenas oficiales, sino del vecino que extendió la mano, de la comunidad que compartió sus escasos recursos y del voluntario que desafió el peligro para remover escombros, del alumno tratando de salvar a su maestra. En esa labor titánica, mención aparte merecen nuestros nobles caninos de rescate, esos héroes de cuatro patas que, con su instinto y entrega incondicional, han desafiado el peligro guiando la esperanza entre la destrucción, representados todos en la figura hermosa de Tsunami, salvador de numerosas vidas. Esta fraternidad espontánea y conmovedora es el verdadero tejido que sostiene a Venezuela, un despliegue de heroísmo civil que nos recuerda que no estamos completamente huérfanos mientras nos tengamos los unos a los unos.
A este conmovedor esfuerzo civil se suma el abrazo compasivo del mundo. La llegada de equipos de respuesta rápida y rescatistas de naciones hermanas —desde los experimentados socorristas de México y El Salvador, hasta el despliegue técnico de España, Suiza, Chile y el soporte logístico de los Estados Unidos— nos demuestra que el dolor de Venezuela resuena con fuerza más allá de nuestras fronteras. Esta oleada de solidaridad global y asistencia humanitaria no solo trae herramientas críticas para salvar vidas bajo las ruinas, sino que rompe nuestro aislamiento y nos recuerda que el clamor de nuestro pueblo es escuchado por la comunidad internacional.
Sin embargo, junto a este dolor profundo, emerge un sentimiento inevitable y vigoroso: una ira contenida. No es una rabia ciega ni destructiva, es la indignación legítima que nace al constatar la flagrante ausencia del Estado en medio de semejante tragedia. Mientras los ciudadanos, impulsados por la solidaridad más pura, excavan con sus propias manos y utilizan sus herramientas personales para intentar salvar vidas, la respuesta institucional se desvanece en la ineficiencia, la opacidad, la corruptela y el control social.
La orfandad institucional no es un accidente de la naturaleza; es el resultado de un desmantelamiento sistemático. El colapso de tantas edificaciones multifamiliares y centros de salud no se debe exclusivamente a la magnitud del sismo, sino a años de corrupción, al desprecio por las normativas de construcción y a la falta de planes reales de contingencia. Cuando un Estado abdica de su función primordial —proteger la vida de sus ciudadanos— deja de ser una institución rectora para convertirse en un cascarón vacío. Peor aún, resulta inaceptable que en los momentos en que la ayuda humanitaria es más urgente, se reporten trabas, confiscaciones, robos que niegan el alivio para los damnificados.
Los filósofos de la política siempre nos recordaron que el pacto social existe para garantizar la seguridad y la dignidad común. Ante su quiebra absoluta, el civismo de los venezolanos vuelve a ser el verdadero faro. Las iniciativas civiles, los rescatistas voluntarios y las redes de apoyo independiente demuestran que la nación sigue viva en su gente, a pesar de sus “desgobernantes”.
No podemos permitir que el dolor nos paralice ni que la indignación se diluya en la resignación. Reconstruir a Venezuela irá mucho más allá de levantar los bloques caídos y reparar el concreto en Vargas o en los valles caraqueños; implicará refundar las bases morales e institucionales de una república donde el valor de la vida humana sea la máxima ley.
Mi solidaridad y mis oraciones permanecen con cada familia que hoy sufre. Que esta tristeza se transforme en la fuerza ética necesaria para exigir la justicia y la dignidad que nos han arrebatado.
@yorisvillasana

