pancarta sol

Antonio de la Cruz: La fe que necesita Venezuela

 

Madrid fue el escenario, pero el mensaje trascendió las fronteras de España. En el Movistar Arena, ante miles de jóvenes, artistas, deportistas, empresarios y universitarios, León XIV habló de cultura, de dignidad, de comunidad y de esperanza. Sin embargo, en el fondo de sus palabras había una reflexión más profunda sobre la condición humana. Definió la fe no como una evasión de la realidad, ni como un refugio para quienes temen enfrentar el mundo, sino como una fuerza de humanización: una energía capaz de dar sentido, crear belleza, fundar la dignidad, orientar el progreso, madurar la libertad y tejer comunidad.

Mientras escuchaba aquellas palabras, pensé inevitablemente en Venezuela.

Porque si existe un país donde la palabra fe ha sido puesta a prueba hasta sus límites más extremos, es Venezuela. Durante años, millones de ciudadanos han vivido entre la decepción y la esperanza, entre la resignación y la resistencia, entre la tentación de abandonar la lucha y la necesidad de seguir creyendo que un futuro distinto es posible.

Pero quizás el error más frecuente ha sido entender la fe como una espera pasiva. Como si la libertad fuera un acontecimiento que un día descenderá sobre el país por obra de factores externos, de decisiones internacionales o de circunstancias históricas favorables. Lo que hemos aprendido, a un costo inmenso, es que la fe auténtica no consiste en esperar. Consiste en actuar.

La historia reciente de Venezuela ofrece un ejemplo extraordinario. El 28 de julio de 2024 millones de venezolanos acudieron a las urnas convencidos de que el voto seguía siendo una herramienta válida para expresar la voluntad popular. Lo verdaderamente notable no fue únicamente la participación. Fue lo que ocurrió después.

Ante la opacidad institucional y las dudas sobre los resultados oficiales, miles de ciudadanos, testigos electorales y voluntarios emprendieron una tarea casi épica: preservar las actas, organizarlas, verificarlas y mostrarlas al mundo. Aquellos documentos se transformaron en algo más que simples registros electorales. Se convirtieron en una demostración colectiva de que la verdad existe incluso cuando el poder intenta ocultarla.

Eso también es fe.

No la fe que cierra los ojos frente a la realidad, sino la que los abre para reconocerla.

La fe de quienes comprendieron que la verdad necesita ser defendida. La fe de quienes decidieron que la dignidad del voto valía más que el miedo.

En una época dominada por la desinformación, el relativismo y la manipulación, aquellas actas representaron una afirmación casi revolucionaria: los hechos importan.

Pero la fe venezolana no puede detenerse allí.

La libertad de una nación no se construye únicamente sobre la base de una victoria electoral. Necesita instituciones, acuerdos, reconciliación y una visión compartida de futuro. En este sentido, iniciativas como el Manifiesto de Panamá poseen una relevancia que va más allá de la coyuntura política. Su importancia radica en que intentan responder una pregunta esencial: ¿qué país quieren reconstruir los venezolanos?

Toda sociedad necesita una narrativa común. No un relato impuesto desde el poder, sino una historia compartida capaz de reunir a personas distintas alrededor de objetivos superiores. Ninguna democracia puede sobrevivir si se limita a administrar resentimientos. Necesita también cultivar propósitos.

Durante demasiado tiempo, la discusión venezolana ha girado alrededor de nombres, liderazgos, partidos y conflictos. Son asuntos importantes, desde luego, pero insuficientes. El desafío de fondo consiste en reconstruir la confianza social que permitió alguna vez la convivencia democrática.

Eso exige algo más difícil que ganar elecciones.

Exige volver a creer en los demás.

Porque la democracia, antes que un sistema político, es una forma de confianza. Es la convicción de que los adversarios no son enemigos. Es la aceptación de que ninguna persona posee toda la verdad. Es la disposición a convivir con quienes piensan diferente.

Cuando León XIV habló de “tejer redes”, estaba describiendo precisamente esa tarea.

Las sociedades se desintegran cuando los vínculos desaparecen. Cuando el ciudadano deja de confiar en la institución, el trabajador en la empresa, el estudiante en la universidad, el vecino en su comunidad. La libertad no muere solamente por la acción de los tiranos. También muere cuando los lazos que sostienen la vida común se debilitan hasta romperse.

Venezuela conoce bien ese proceso.

La emigración masiva dispersó familias. La crisis económica destruyó proyectos de vida. La polarización convirtió a muchos compatriotas en sospechosos permanentes unos de otros. El deterioro institucional erosionó la confianza pública.

Por eso la reconstrucción democrática no será únicamente política. Tendrá que ser también moral, cultural y humana.

Tendrá que recuperar la idea de que cada persona posee una dignidad que no depende de su posición económica, de su afiliación política ni de su utilidad para el poder.

Tendrá que recuperar la capacidad de admirar la belleza, valorar la verdad y practicar la solidaridad.

Tendrá que reconstruir el tejido invisible que convierte a un conjunto de individuos en una nación.

Esa es la razón por la cual las palabras pronunciadas en Madrid poseen una resonancia particular para los venezolanos. Porque recuerdan algo que las crisis prolongadas suelen hacernos olvidar: que la libertad no es únicamente una cuestión institucional. Es también una disposición espiritual.

La libertad comienza cuando una sociedad decide no aceptar la mentira como destino.

Comienza cuando los ciudadanos se niegan a renunciar a la verdad.

Comienza cuando la esperanza deja de ser una emoción pasajera y se convierte en una responsabilidad compartida.

Quizás esa sea la fe que necesita Venezuela.

No una fe ingenua. No una fe resignada. No una fe que espere milagros.

Sino una fe que construya.

Una fe que transforme la memoria en aprendizaje, el sufrimiento en fortaleza y la verdad en fundamento de una nueva convivencia democrática.

Porque, al final, las naciones sobreviven no solo por la riqueza que producen ni por el poder que acumulan. Sobreviven porque conservan un alma.

Y cuando un pueblo logra preservar su alma, la libertad siempre encuentra el camino de regreso.

 

Emisora Costa del Sol 93.1 FM
Tradución »