Cuando las dictaduras se caen a pedazos, el ingenio apenas les alcanza para hacer creer que su fuerza sigue intacta y que son capaces de hacer daño como nunca antes. Ese es el caso de Miguel Díaz-Canel en Cuba, cuya ineficacia y brutalidad han sido monumentales.
Los vanos esfuerzos del dictador para infundir terror se vieron hace apenas un par de semanas en el corazón de La Habana, cuando un grafiti en una derruida pared movilizó un piquete de policías y de agentes civiles de inteligencia para identificar y apresar al autor. ¡Menuda y titánica tarea!
Les cuento esto con pelos y señales porque observadores bien situados presenciaron el ridículo que hacían los funcionarios. Dos palabras, como dice aquel bolero romántico de los años cincuenta, solo dos palabras fueron suficientes para poner en carreras aquel aparato policial que ya no sirve para nada y que da señales de querer volverse contra Díaz-Canel y su padre putativo Raúl Castro, que ahora anda peor que travesaño de gallinero.
¿Y cuál era la gravedad extrema del grafiti? ¿Cuáles eran las dos palabras que debían ser neutralizadas ipso facto, como si se hubiese tratado de algo peor que la bomba atómica de Hiroshima? ¡”Abajo Canel!” Sí, eso era todo: el “Abajo Canel”, que en un lugar de alto tránsito cercano al aeropuerto, en la zona de Boyeros, entre Calabazar y La Herradura, decía bastante.
Algunos transeúntes fueron interrogados, mientras la “peligrosa inscripción” fotografiada, y borrada en menos de dos horas por los presurosos agentes. Eral algo insólito, inaudito en cualquier otro país, pero revelador de que la asustada élite política tiene los días contados. Ahora hay incluso represores que aparentan decencia y respeto hacia los disidentes.
Lo cierto es que las manifestaciones públicas por la falta de electricidad, de gasolina, de alimentos y de todo lo demás, son cada vez más frecuentes en toda la isla y la gente no oculta su descontento con la represión que los ha atenazado desde 1959. Así que sobran las razones para gritar. “¡Abajo Canel!”

