A un fruto del azar debemos atribuir la coincidencia de que el liberalismo hispanoamericano pueda celebrar por partida doble los 250 años de la primera edición del clásico de Adam Smith, La riqueza de las naciones (1776), y la media centuria del otro texto que más impacto ha tenido en esa corriente de pensamiento en esta parte del mundo: Del buen salvaje al buen revolucionario (1976).

Polémico, controversial y provocador, este ensayo del venezolano Carlos Rangel fue en su día un éxito editorial y desde entonces ha sido una referencia obligada. Su impugnación de las nefastas tesis empeñadas en atribuir todo cuanto va mal en Latinoamérica al imperialismo, y a la herencia colonial, ha sobrevivido al paso del tiempo, que pone todo en su lugar.
En un intento por demostrar que la dificultad para construir instituciones sólidas y predecibles no era una especie de destino fatal latinoamericano, Rangel cita algunos ejemplos concretos que hoy nos sorprenderían.
En ese sentido, es probable que una de las partes menos comentadas de aquel libro sea aquella dedicada a esos políticos latinoamericanos a los que denomina como reformistas o demócratas a la costarricense: Rómulo Betancourt, Alberto Lleras Camargo, Eduardo Frei, Rafael Caldera y Carlos Andrés Pérez, a quienes contrapone a Fidel Castro y Juan Domingo Perón, mucho más conocidos por la opinión pública internacional de la época.
Originalmente la obra no iba dirigida al lector venezolano, sino, principalmente, al europeo, al que pretende demostrarle que, pese a su accidentada historia desde las guerras de Independencia (1810-1824), estas sociedades también compartían aspiracionalmente valores como la libertad personal, la igualdad ante la ley, el gobierno representativo y el Estado de Derecho. Es decir, la América española (y no latina) era, en lo fundamental, en medio sus particularidades, diferencias entre regiones, y profundas contradicciones, parte de Occidente.
Sin embargo, al momento de su publicación la región pasaba, a la luz de esos mismos valores, una de sus horas más bajas. Naciones admiradas por su larga tradición de gobiernos constitucionales como Chile y Uruguay habían visto sus pactos democráticos destruidos, sus economías arruinadas, encontrándose bajo las botas del terrorismo de Estado. Argentina, en otros tiempos la sociedad soñada de Suramérica, seguía hundida en un largo empantanamiento institucional. Por entonces, en toda Latinoamérica solo había tres democracias: Costa Rica, Colombia y Venezuela.
En el resto dominaba algún tipo de régimen autocrático, sostenido en la fuerza y el fraude electoral; desde el partido único mexicano, pasando por el gobierno de los generales desarrollistas brasileños, hasta la tradicional dictadura familiar de los Somoza (los caudillos consulares).
A Venezuela dedica unas pocas, pero elogiosas páginas, donde presenta un apretado resumen de la historia política nacional, en particular del siglo XX. Para ese momento el país parecía estar llegado al cenit de lo que podemos denominar su edad de oro; los 40 años transcurridos entre 1936 y 1976 lo habían transformado gracias a sus exportaciones de petróleo, y experimentaba un enorme auge económico. Además, luego de cuatro elecciones libres sucesivas y tres traspasos pacíficos de gobierno entre civiles, sin interrupciones violentas o no previstas constitucionalmente, la democracia venezolana lucía como un faro.
Esta “hazaña” Rangel la destaca y no desaprovecha en presentarla como la contraposición de la mucho más conocida, ensalzada y publicitada Cuba revolucionaria. Califica a Rómulo Betancourt como el anti-Fidel, exhibiendo como un mérito lo que originalmente fue una acusación contra el personaje, recordado que el proyecto reformista venezolano (aprista) coincidió con el castrismo cubano en la respectiva llegada de cada uno al poder en el mismo año (1959), y cómo los dos terminaron enfrentados fatalmente durante la siguiente década.
Que el ensayo democrático venezolano haya sobrevivido a la violencia, el terrorismo urbano y el foquismo de las guerrillas comunistas, le parece una demostración de que ese sistema sí era viable para la región, y que servía mejor a los intereses de Venezuela, que Castro y el Partido Comunista a Cuba.
Es interesante constatar que Rangel no parece ver nada perjudicial en la nacionalización de la industria petrolera venezolana (la ley se discute y aprueba mientras redacta el ensayo), cuyos procedimientos y objetivos, estrictamente económicos y soberanistas, evalúa como más adecuados que la ruptura y la fricción con Estados Unidos que propugnaban los castristas venezolanos. En cuanto a la OPEP, lo juzga como un experimento razonable en contraposición a la teoría guevarista de hacer en Latinoamérica dos o tres Vietnam.
Por ese, así como por otros temas expuestos, el libro constituyó una afrenta para buena parte de la intelectualidad venezolana de esos años, abrumadoramente simpatizante o abiertamente castrista; en cualquier caso, anti-yanqui y ferozmente crítica del régimen de la democracia representativa imperante, siendo Betancourt y Pérez sus bestias negras.
De modo que, como se podrá apreciar, Del buen salvaje al buen revolucionario no fue un texto “antisistema”. Todo lo contrario. Fue sí audaz, puesto que desafió la corriente intelectual predominante, no solo en el país.
No obstante, el juicio favorable de Rangel hacia la democracia venezolana va a variar durante la siguiente década, coincidiendo, al parecer, con su propia evolución ideológica. Afortunadamente para sus seguidores, Monte Avila Editores tuvo a bien publicar póstumamente una recopilación de varios de sus trabajos, artículos de opinión, y alguna ponencia, en Marx y los socialismos reales, y otros ensayos (1988) donde hace un juicio severo del “grado patológico de concentración de poder en el Estado” existente en Venezuela, señalando eso como la causa de la crisis económica en la que había caído el país en los años ochenta del siglo pasado.
Eran los días posteriores al viernes negro de febrero de 1983, aquel mazazo que cayó sobre el nivel de la vida de unos venezolanos acostumbrados por décadas a la estabilidad y previsibilidad de una moneda estable y con alto poder de compra. La opinión pública buscaba explicaciones, y culpables, ante el hecho de que haya sido el empobrecimiento generalizado el resultado del gigantesco auge de ingresos petroleros de la década precedente.
En las mencionadas páginas podemos rastrear al Rangel que en los últimos años de vida se convierte en crítico abierto del modelo de economía mixta ensayado por los demócratas socialistas venezolanos en distintos grados desde 1959, cuyas raíces ubica en la tradición estatista y anti empresarial hispana, y en apóstol de la economía capitalista libre. Además, no duda en cometer la herejía de señalar los efectos perversos que ha tenido la decisión de Simón Bolívar de reservar en monopolio para la República los recursos del subsuelo.
@Pedrobenitezf

