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Manuel Barreto Hernaiz: La democracia en el diván; La tolerancia como antídoto ante la fractura social

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​La participación política no es un accesorio del sistema democrático; es su virtud primaria. La democracia requiere de un mínimo de participación para funcionar adecuadamente y evitar aquello que, en gran medida, nos condujo al escenario actual: el estancamiento, la indiferencia y la decadencia. Hoy, cuando Venezuela ostenta el doloroso primer lugar en rankings de diáspora, la reconstrucción del tejido social se vuelve una urgencia existencial.

El rol de la sociedad civil frente a la fractura

​Los avatares socioeconómicos han provocado un desplazamiento no solo geográfico, sino de verticalidad descendente en la calidad de vida. En este proceso, los vínculos primarios —familia, amigos, escuela y comunidad— se han debilitado. Es precisamente aquí donde la sociedad civil debe actuar como el elemento de cohesión contra las fuerzas fragmentadoras de la vida contemporánea.

​Uno de sus roles fundamentales es la capacidad de dispersar el poder. Esto se logra mediante la creación de múltiples centros de pensamiento y acción, como las Asambleas de Ciudadanos y los Colegios Ciudadanos. La independencia de estas organizaciones respecto al Estado es el emblema de la protección del individuo. La membresía en estas asociaciones funciona como una barrera psicológica y social frente a las fuerzas que demandan sumisión; es la solidaridad asociativa la que fortalece la voluntad para no capitular ante las presiones externas.

Una base amplia, no solo de élites

​Si bien no se requiere que cada ciudadano sea un experto en destrezas políticas, la presencia de habilidades participativas distribuidas en la sociedad es vital. En su ausencia, la acción política queda restringida a una “élite”, dejando los cimientos democráticos frágiles y tambaleantes.

​La democracia debe renovarse y formar a las nuevas generaciones en las prácticas de ciudadanía: La persuasión activa: El ejercicio de hablar en público y captar nuevos miembros. ​El pluralismo social: La interrelación entre individuos de orígenes diversos. El compromiso cívico: Entender que no hace falta ostentar el poder político para enfrentar la injusticia o ayudar al indefenso.

Hacia una política de ideas, no de culpas

​Apreciamos la deliberación pausada porque de ella surgen acuerdos, pero debemos apartar los falsos debates y las descalificaciones. Necesitamos con urgencia ideas capaces de motivar a una sociedad civil incrédula y cansada, mediante posiciones valientes que propongan transformaciones reales, huyendo de posturas “gatopardeanas” donde se cambia todo para que nada cambie.

​Ya basta de buscar culpables entre ciudadanos comprometidos que han dado lo mejor de sí en esta compleja contienda. No se trata de eliminar personas, sino de mejorar prácticas. Los partidos democráticos deben volver a cuidar a sus militantes, haciendo que la pertenencia a una organización política sea algo prestigioso y valorado.

El llamado: Cambiar para que las cosas cambien

​Este no es el momento de regodearse en aciertos o lamentarse en desaciertos. Nos debe movilizar la impaciencia ante lo que aún no hemos podido transformar y ante las fracturas que persisten. Debemos abrirnos, sin prejuicios ni resentimientos, a escuchar planteamientos distintos.

​Buena parte de las respuestas que Venezuela busca hoy están fuera de las estructuras tradicionales: residen en la gente innovadora y en los nuevos movimientos ciudadanos. El reto es canalizar esa energía y lograr, de una vez por todas, la amalgama imprescindible entre los partidos demócratas y la sociedad civil. Solo así pasaremos de la supervivencia a la reconstrucción del orden social.

Sociólogo de la Universidad de Carabobo. Director de Relaciones Interinstitucionales de la Universidad de Carabobo.

 

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