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Luis Alonso Hernández: Un liderazgo con sentido histórico

 

Tras décadas del saqueo más grande de nuestras riquezas, destrucción institucional, corrupción, polarización y violación sistemática de los derechos humanos, Venezuela necesita ser reconstruida por un liderazgo nuevo. No queremos otro mesías. Tampoco una élite obsesionada con cuotas de poder, como lo ha demostrado cierta oposición rancia. Mucho menos un liderazgo impuesto desde las filas rojas, cuyos dirigentes ahora intentan vender un discurso de unidad nacional, cuando son precisamente los responsables de la desgracia venezolana.

Venezuela requiere un liderazgo con sentido histórico.

La hecatombe no comenzó únicamente con un modelo socialista fracasado o con la deriva autoritaria del chavismo. Durante años se incubó una cultura política profundamente dañina, donde se confundió liderazgo con propaganda, poder con hegemonía y política con negocios personales en los que se lavaron millones de dólares. Esa deformación, impulsada por el chavismo y multiplicada en distintas esferas sociales, erosionó la confianza ciudadana y convirtió la vida cotidiana en un espacio dominado por la confrontación. Toda persona que se oponía al pensamiento revolucionario era considerada enemiga del gobierno y castigada ferozmente.

Esta realidad debe llamarnos a una profunda reflexión. La reconstrucción genuina de Venezuela no podrá edificarse sobre la politiquería que tanto daño ha causado. El país necesita líderes capaces de pensar en generaciones y no en elecciones; líderes que piensen en la patria y no en sus intereses personales; líderes interesados en la vida, la convivencia democrática, la empatía y las relaciones estratégicas en un mundo geopolíticamente complejo.

Las transiciones exitosas no dependen solamente de sustituir nombres en el poder. Dependen de reconstruir instituciones completamente destruidas, como la Asamblea Nacional, la Fiscalía, el Consejo Nacional Electoral y, especialmente, el Tribunal Supremo de Justicia, convertido durante años en brazo ejecutor de los caprichos del poder político.

En ese contexto, recuperar la ética pública y restablecer la confianza entre ciudadanos será una tarea compleja. La recuperación democrática exige mucho más que un simple relevo político: requiere consensos duraderos, fortalecimiento institucional y protagonismo real de la sociedad civil.

Ese liderazgo tendrá que asumir verdades incómodas. La reconstrucción nacional implicará sacrificios, reformas difíciles y decisiones impopulares. No habrá milagros inmediatos. Venezuela enfrenta el colapso de los servicios públicos, un sistema educativo desmembrado, la destrucción del aparato productivo, una profunda fractura social y una diáspora de millones de ciudadanos dispersos por el mundo. Pretender resolver semejante devastación mediante discursos simplistas o consignas emocionales sería repetir los errores del pasado.

El nuevo liderazgo venezolano debe abandonar definitivamente el culto a la personalidad que predominó durante los años del chavismo. El país quedó atrapado entre caudillos, figuras providenciales y proyectos personalistas que terminaron subordinando las instituciones a la voluntad de un individuo. Las democracias sólidas no se construyen alrededor de hombres totalitarios, como pretendieron Chávez y Maduro, sino alrededor de instituciones sólidas y fuertes.

También será indispensable recuperar el valor de la competencia técnica. Venezuela necesita administradores públicos preparados, economistas serios, educadores, ingenieros, médicos, juristas y planificadores capaces de reconstruir el Estado desde criterios profesionales y no desde la lealtad partidista. El país no puede permitirse cometer nuevamente los mismos errores.

Pero quizá el desafío más importante sea moral.

Venezuela necesita una dirigencia que entienda que gobernar no significa aplastar al adversario, como ocurrió durante años bajo el discurso revolucionario. La reconstrucción nacional exigirá acuerdos amplios, convivencia democrática y capacidad de escuchar incluso a quienes piensan distinto. La polarización permanente destruye sociedades porque convierte al rival político en enemigo existencial.

En este sentido, la sociedad civil tendrá un papel fundamental. Organizaciones ciudadanas, universidades, gremios, periodistas, iglesias y movimientos sociales han mantenido espacios de resistencia y tejido comunitario incluso en los peores momentos de la crisis. Una transición sostenible dependerá precisamente de evitar que la política vuelva a secuestrar a la sociedad.

Eso no lo podemos permitir.

Por ello, debemos convocar a todas las reservas morales que aún luchan por la democracia, para que el chavismo quede registrado en las páginas de la historia como uno de los errores políticos más devastadores que haya sufrido Venezuela.

 

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