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Rafael Sanabria Martínez: La abnegada historia del carretero consejeño

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​Y la venerada imagen de Jesús de la Humildad y Paciencia. ​(A los 160 años de su llegada a El Consejo).

​A la memoria de Don Roberto Torres y de mi apreciada amiga Doña Petra Aurelia Crespo de Torres, quienes supieron abrazar los designios de Dios con verdadera humildad y paciencia.

​Existe una reliquia, tesoro inestimable de la fe religiosa del pueblo consejeño, que no solo representa la pasión de Cristo, sino que custodia la historia promesaria de un viejo carretero. Hace 160 años, cuando El Consejo apenas contaba con 89 años de fundado, la sombra de la fiebre amarilla acechaba a sus habitantes.

Don Roberto Torres

En aquel escenario surge la figura de Claudio Flores, un humilde carretero nacido en este suelo el 15 de febrero de 1825. Hijo de Gabriela Flores, contrajo matrimonio el 2 de marzo de 1859 con Bibiana Arvelo. La tragedia marcó sus primeros años de unión: varios hijos fallecieron al nacer, hasta que el 6 de marzo de 1866 nació Olegario Rafael Flores Arvelo. Debido a su frágil salud, el pequeño fue bautizado de urgencia al día siguiente por el sacerdote José Ángel de Jesús Alemán.

​La dicha fue efímera. Tanto su esposa como el recién nacido contrajeron la temida fiebre. Ante el dolor, pero con una fe inquebrantable, Don Claudio hizo una promesa: adquiriría una pequeña imagen de Jesús de la Humildad y Paciencia. Colocó una alcancía en su carreta y recorrió caseríos solicitando limosnas. Gracias a la piedad popular, logró costear la imagen que hoy venera el pueblo, la cual arribó a El Consejo el 28 de marzo de 1866.

​Sin embargo, las pruebas para Don Claudio apenas comenzaban. Su esposa Bibiana falleció el 25 de abril de ese mismo año, dejando al carretero viudo y con un lactante de apenas semanas de vida. Aferrado a su devoción, suplicó por la salud de su hijo, pero el destino fue implacable: el niño falleció el 9 de julio de 1866.

​Aquejado por un profundo rencor e inconformidad ante la pérdida de su familia, Don Claudio decidió desprenderse de la imagen. La entregó a Don Sandalio Torres, un respetado comerciante local, quien asumió su custodia. La reliquia iba acompañada de un pergamino donde el carretero indicaba el cumplimiento de su promesa: llevar la sagrada imagen al templo para la misa solemne, acompañada de su alcancía.

Cristo del Consejo Aragua

​Una tradición custodiada por siglos

​La familia Torres se convirtió en guardiana de esta fe. Por años, la imagen no salía en procesión, sino que cumplía discretamente su cita en el templo cada Martes Santo.

​Con el tiempo, Don Claudio buscó rehacer su vida y casó en 1867 con Evarista Peña Perdigón. Tras perder a otra hija (Rita Sabina) por la misma epidemia —lo que el relato popular interpretó como una prueba divina tras su distanciamiento inicial de la fe—, el carretero finalmente encontró consuelo. En 1872, para el bautizo de su hija Eusebia Antonia, trajo desde España la imagen de Jesús Atado a la Columna, la cual desembarcó en La Guaira el 1 de marzo de ese año. Don Claudio permaneció unido a sus devociones hasta su muerte en 1912, a los 87 años.

​Su legado genealógico se extendió a través de sus hijas y nietos, como los Richard Flores en La Victoria, destacando figuras como León Gustavo Richard, prominente hombre público y gobernador.

​El relevo de la devoción

​Tras la muerte de Don Sandalio Torres, la responsabilidad pasó a su sobrino Francisco Torres (fallecido en 1907) y, posteriormente, a Don Roberto Torres, quien durante más de un siglo de vida llevó la imagen al templo cada año con puntual fervor.

​A su partida, la tradición fue sostenida por su viuda, Doña Petra Aurelia Crespo de Torres, otra centenaria de alma noble que cuidó de la imagen hasta su último aliento. Actualmente, sus descendientes prosiguen esta misión de fe. Cabe mencionar que la pequeña imagen original que recorría los caminos en la carreta de Don Claudio fue custodiada por la familia García Espino y Eva Aponte de Hernández, encontrándose hoy bajo el resguardo del artista y restaurador Wismar Delgado.

​160 años después, esta historia sigue siendo el testimonio de un pueblo que no olvida sus raíces. La vida de Claudio Flores nos recuerda que la humildad y la paciencia no son solo nombres de una imagen, sino las virtudes necesarias para aceptar la voluntad de Dios, incluso en medio de las tormentas más oscuras del alma.

 

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