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Jesús Alberto Castillo: La adulación: una práctica que arrastra al sujeto a la opresión

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La adulación no es nada nueva. Es una práctica que se ha propagado con fuerza en la historia de la humanidad. Los escenarios más reconocidos fueron las cortes de los monarcas donde había un modo de vida refinado y jerarquizado que rodeaban al mandatario, basado en la competencia por el favor real, la etiqueta estricta y el mundo de las apariencias. Era un gran teatro donde la nobleza luchaba por la distinción, a través de la simulación, el engaño y la intriga política.

No es casual, entonces, que muchos pensadores se hayan pronunciado en contra de este terrible vicio que corrompe el comportamiento de los pueblos. Por ejemplo, Plutarco, el filósofo griego, en su obra «Cómo distinguir a un amigo de un adulador» sostiene que el amigo nos dice la verdad sobre nosotros mismos, aunque sea dolorosa, mientras que el adulador falsea la verdad para ajustarla a lo queremos oír. Por su parte, George Chapman, poeta y dramaturgo inglés, solía decir que «Los aduladores tienen la apariencia de amigos, como los lobos tienen la apariencia de perros».

En nuestro rico idioma la adulación es sinónimo de halago, alabanza, lisonja, zalameria, entre otros. Expresa la actitud de una persona por elogiar de manera exagerada a otra con miras a ganarse su voluntad y obtener favores. En los predios coloquiales se suele llamar «jalabolismo». De acuerdo al Diccionario de la Real Academia Española, la zalameria es una palabra que deriva del árabe «assalám ‘alik» que significa «la paz sea contigo», un saludo común que se tradujo en «zalama». Luego evolucionó para describir saludos exagerados o afectos fingidos. En fin, ese saludo árabe repetitivo como gesto de reverencia se convirtió en una alabanza empalagosa y, a veces, falsa.

Por esas razones en la literatura universal la lisonjería o adulación es develada como un halago falso e interesado que degrada al ser humano. Es así que Dante Alighiere en «La Divina Comedia» sitúa a los aduladores en la segunda fosa del octavo círculo del Infierno, conocido como Malebolge, donde eran castigados con los condenados llenos de excremento humanos. De esta manera el autor italiano intenta simbolizar las palabras lisonjeras y fingidas con el estiércol. Así es la magia literaria que asocia la inmersión en materia fecal con la suciedad moral de la adulación.

En el contexto venezolano el fenómeno de la adulación fue muy bien retratado por escritores de la talla de Pio Gil y Kotepa Delgado, quienes de manera elocuente dieron en el clavo con las constantes lisonjas que recibían los mandatarios de turno por parte de sus círculos más íntimos. Por ejemplo, en tiempos de Antonio Guzmán Blanco sus seguidores eran denominados «Miembros de la Adoración Perpetua» que solían homenajear al caudillo con varios actos y le pusieron el título de «El Ilustre Americano». Igual ocurrió con Joaquín Crespo llamado «El héroe del deber cumplido», Cipriano Castro denominado «El Restaurador» y Juan Vicente Gómez lo llamaron «El Benemérito».

Estas anécdotas históricas ponen de manifiesto que los adulares no se duermen en los laureles. Están en diversos escenarios y, básicamente, en los círculos de poder. Se mueven astutamente y saben lisonjear para escalar posiciones en medio de un clima de incertidumbre y esperanzas desbordadas. Esta situación debe preocuparnos porque constituye uno de los peores vicios de los pueblos. Ya lo advertía John Locke porque la adulación como práctica es peligrosa porque alimenta el ego y deseo desmedido de gobernante para acumular poder, desestabilizar el contrato social y socavar las libertades públicas, tal como ha ocurrido en la realidad venezolana.

 

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