En las elecciones danesas, recién celebradas, el Partido Socialdemócrata ha resultado vencedor, si por vencedor entendemos el partido que más votos y más escaños ha obtenido. Pero la victoria ha sido pírrica, pues todos los comentaristas señalan que es el peor resultado de los socialdemócratas ¡desde 1903! Es muy posible que Mette Frederiksen vuelva a ser Primera Ministra, pues tanto el complejo sistema de partidos danés como la Constitución de 1953 favorecen esa reelección, pero conviene ofrecer una reflexión menos coyuntural sobre el auge y el declive de la socialdemocracia en Europa.
Como es sabido, en las elecciones danesas del pasado 25 de marzo el Partido Socialdemócrata ha obtenido el 21,85% de los votos y 38 escaños, a mucha distancia del siguiente partido que es el Popular Socialista, que alcanzó el 11,6% y 20 Diputados. El primer partido de derecha o de centro en porcentaje de votos ha sido el Partido Liberal, con un 10,14% y 18 escaños. Estos datos, relativamente positivos para los socialdemócratas, no pueden engañar a nadie porque esos mismos socialdemócratas obtuvieron el 27,5% de los votos y cincuenta Diputados en 2022. Además, llueve sobre mojado porque los socialdemócratas ya habían perdido el Ayuntamiento de Copenhague en 2025, a pesar de ser el partido ganador de las elecciones municipales, con un 23,2% de los votos. Es decir, en 2025 el Partido Socialdemócrata perdió, tras un siglo controlándolo, el Ayuntamiento de la capital y ahora, además, ha retrocedido otro 1,35%. No es difícil pensar que sin la amenaza de agresión de Trump sobre Groenlandia los socialdemócratas hubieran retrocedido más y quizás por eso la Primera Ministra ha adelantado las elecciones.
Tres circunstancias más pueden ayudar a la reflexión. Por una parte, es bien conocida la política antiinmigración de la Primera Ministra Frederiksen, cuyo rechazo a los inmigrantes parece equiparable al de la extrema derecha europea (incluido Vox). Por otro lado, a pesar de los magros resultados, las diversas izquierdas danesas han alcanzado un total de 84 Diputados frente a las derechas y al centro que han obtenido 77 escaños, lo que es un cierto éxito en Escandinavia, donde la antaño hegemónica socialdemocracia sólo ha retenido Noruega. Además, se da la circunstancia de que en estas elecciones la extrema derecha, tan fuerte en Suecia, en Finlandia y tantos otros países europeos, apenas ha tenido la importancia de otros países y el partido más próximo al extremismo, el Partido Popular, no ha llegado al 10% de los votos, bien que con ascenso importante. Estas tres circunstancias nos orientan hacia alguna reflexión.
En primer lugar, Dinamarca todavía sigue siendo una sociedad moderadamente progresista, lo que, como acabamos de apuntar, empieza a ser una rareza en los países escandinavos. En segundo lugar, y esta es la idea que más puede llamar la atención, es que la izquierda no puede entrar en el campo ideológico de la derecha porque acaba legitimando el discurso conservador sin obtener beneficios electorales. Ante el discurso xenófobo (y económicamente inviable) de la extrema derecha contra la inmigración, cualquier gesto de complacencia de la izquierda es un regalo de votos a los extremistas, que se ven reconocidos en su demagogia. El discurso anti-inmigración de Frederiksen ha restado votos a su partido porque es un discurso que erosiona los valores progresistas y aleja a ciertos electores. En Dinamarca los partidos de izquierda que han gobernado tiempo atrás con la socialdemocracia han podido rescatar los votos del Partido Socialdemócrata y no se han ido a la abstención, pero, por ejemplo, en España el voto socialdemócrata decepcionado difícilmente iría a la izquierda del PSOE dada la situación crítica de Sumar y de Podemos, donde solo parece salvarse Izquierda Unida.
Una segunda conclusión nos proporciona las elecciones danesas. La mayoría de los comentaristas de estas elecciones especula con la posibilidad de que Frederiksen forme un Gobierno de centro izquierda con el Partido de los Moderados y los socialistas liberales, antes que con los partidos de izquierda. A priori no es criticable esta opción, siempre que el Partido Socialdemócrata conserve la hegemonía porque la socialdemocracia puede y debe gobernar con el centro si asegura su capacidad de dirección del Gobierno. Pero, en los Gobiernos de coalición la socialdemocracia no puede hacer concesiones que rocen la extrema derecha y ha de desplegar con claridad su programa de reformas y de defensa del Estado social, aunque se pueda modular para satisfacer a los socios más centristas.
El triunfo pírrico del Partido Socialdemócrata danés, como el relativo triunfo del Partido Socialista Francés en las pasadas elecciones municipales, es un alivio a una situación preocupante ante un declive de la socialdemocracia en Europa. A veces ese declive lo buscan los propios partidos socialdemócratas, como ocurre con el Parido Laborista británico, arrastrado por la política errática y poco progresista de Starmer y, a veces, el declive está provocado por un exceso de responsabilidad hacia el sistema político, como ocurre con el Partido Socialdemócrata alemán que no debería haber entrado en una coalición que no parece reportar gran beneficio ni al partido ni a la opinión pública progresista. Pero, en otras ocasiones el declive de la socialdemocracia está provocado por el hastío de los ciudadanos que han alcanzado un buen status gracias a las políticas de izquierda y temen perderlo si lo comparten con los inmigrantes. Por eso, el éxito electoral danés más el protagonismo del PSOE en la escena internacional nos indica que hay todavía margen para las políticas progresistas en Europa, siempre que discurran por los cauces construidos por la izquierda, sin concesiones a la extrema derecha. En un mundo que Trump ha desquiciado y no sabemos cómo se asentará, la socialdemocracia es una opción no sólo válida, sino necesaria siempre que sepa recrear su marco axiológico propio.

