A Perkins Rocha y a todos los que sufren prisión por sus ideas, les dedico esta fábula que completa una trilogía: El bosque infinito de las siete estrellas y Tepuy de sangre, oro de luz.
En el profundo silencio del valle de las Siete Colinas, ese silencio que estremece, allí donde el sol descendía como si quisiera tatuar con llamas la piel de la tierra, se había convertido en un mutismo sepulcral. No era la calma de la paz, sino la obligación del vacío a fuerza de temor y represalias. Una densa y opresiva Neblina Gris, engendrada por el estallido de la corrupción, se había asentado en el horizonte como un velo funesto. Con su irrupción, el mundo se desfiguró: una carga invisible pero sofocante lo envolvió todo; eran los Grilletes de Sombra.
Estas cadenas, moldeadas con una brujería despiadada y casi invisible para el ojo humano, escondían su verdadera esencia tras un velo de engaño, aunque su efecto era abrumadoramente destructivo. Lograban que incluso las alas más poderosas, aquellas capaces de desafiar los vientos más hostiles, se percibieran pesadas como si arrastraran bloques enteros de granito tallado. Mientras tanto, los corazones palpitantes de los que aún vivían quedaban atrapados en un ritmo sombrío y constante, como el golpeteo implacable de un tambor de duelo, negándoles al menos el consuelo de imaginar un horizonte fuera de los asfixiantes muros de su encierro.
Allí, sumergido en este reino herido, vivía Arichuna, un turpial de una belleza sobrecogedora. Su plumaje ardía entre tonos mandarina y azabache, como brasas danzando en la oscuridad de una mina. Dentro de él habitaba una memoria fragmentada, un eco heredado de los tiempos cuando su linaje era dueño absoluto del viento. Sin embargo, la realidad lo condenaba: cada vez que intentaba alzar el vuelo, sentía una gélida presión en sus extremidades —una mordaza de metal fantasma— que lo anclaba a las ramas marchitas de un araguaney cansado, un árbol que, de tanto dolor, había olvidado cómo dar flores de oro.
Ese Araguaney, que otrora fuera el faro de oro de nuestra tierra y refugio de una soberanía alada, hoy se yergue como un esqueleto de gloria marchita. Su floración, que antes era el grito amarillo de una nación vibrante, presencia ahora un silencio impuesto; el Turpial ha exiliado su canto, las Guacharacas han callado su reclamo y los Colibríes ya no encuentran el sustento en sus cálices vacíos. La ausencia de insectos y aves no es solo un vacío ecológico, sino el reflejo de un ecosistema herido donde la vida, privada de su néctar vital, se desvanece como una promesa incumplida en medio del olvido.
Una tarde, mientras el cielo se teñía de tonos ocres como si derramara sangre, conjugando con el celeste débil y alguno que otro tono amarillento del sol, semejando una bandera desdibujada, una Tonina de lomo rosado emergió de las corrientes turbias del río. Su presencia resultaba un extraño contraste en aquel paisaje cubierto de ceniza. Con la franqueza de quien ha explorado las profundidades del cauce, pero todavía no se doblega ante la inmensidad del cielo, miró a Arichuna y le preguntó:
—¿Por qué tu garganta es un sepulcro? ¿Por qué no cantas?
—El frío del metal me cala hasta los huesos, confesó el ave con una tristeza tan antigua como el tiempo.
Cantar era su manera de clamar por la libertad, pero allí, en aquel lugar ahogado por lo intangible, la libertad yacía sepultada bajo un peso invisible. La Tonina, erguida en su hábitat de agua metálica, permaneció en silencio por unos instantes. Sintió la densidad del momento y, antes de desaparecer entre las profundidades líquidas, dejó escapar un susurro cargado de verdad y fuerza:
—La libertad no es un ruego dirigido hacia los cielos, Arichuna; es un fuego interno, una llama que debe arder con cada respiración, porque si no se libera pronto, acabará por consumirte.
Esa noche, bajo un cielo sembrado de estrellas pálidas que observaban con melancolía el horizonte del Bosque infinito de las siete estrellas, algo se encendió dentro del Turpial. Una chispa rebelde floreció en su pecho y por fin comprendió que sus cadenas no eran de hierro; estaban forjadas por la aceptación del miedo que habitaba en él. Con los ojos cerrados, se sumergió en lo profundo de su ser buscando una melodía pura, algún vestigio intacto que hubiese sobrevivido entre las ruinas del presente.
Al principio, solo logró emitir un torpe sonido roto, casi un gemido sofocado por la neblina gris que se apresuró a apretar más fuerte los lazos invisibles. Pero Arichuna, inclinado por una determinación que no conocía derrota, se aferró a los recuerdos vivos: la imagen ardiente del tepuy teñido de sangre bajo el ocaso y el ímpetu indomable del Orinoco.
Fue entonces cuando lo inimaginable ocurrió. Desde las profundidades de su alma emergió una vibración cristalina que rasgó el aire como un rayo de oro. El canto tenía la fuerza de quien decide levantar cada pedazo caído de sí mismo y desafiar lo imposible. Aquellas cadenas espectrales comenzaron a irradiar humo y luminiscencia; la voluntad inquebrantable parecía incendiarlas desde dentro.
La Neblina Gris, perturbada por aquella luz desbordante, se retiró en confusión y dolor. Con todas sus fuerzas reunidas en un último intento, Arichuna entonó el verso final que había aguardado tanto tiempo para ser liberado. En ese instante trascendental, las ataduras invisibles cedieron, derritiéndose como cera ante el calor de su libertad recién conquistada. Ahora no buscaba escapar de lado alguno; ascendió con desafío, perforando directamente el corazón nublado que lo había aprisionado. Su canto resonó por todo el valle y tocó las sombras donde otras criaturas permanecían cautivas. Una tras otra emergieron aves y seres al llamado liberador. El bosque comenzó a vibrar en comunión con aquella fuerza transformadora. Y entonces, como si respondiera a un grito ancestral, el Viento del Orinoco despertó con toda su majestuosidad. Rugió potente y desató su furia en espiral, amplificando el himno de Arichuna hasta que ningún grillete soportara la presión de sus notas liberadoras. En un estallido radiante, las cadenas que oprimían al valle se desintegraron en infinitos cristales inofensivos. El oro de Venezuela no está solo bajo la tierra, el oro venezolano está en el alma libertaria de cada venezolano.
El cielo despejado se encargó de grabar la enseñanza para todas las generaciones: la injusticia solo prevalece mientras los silenciados apartan la mirada. No hay esclavitud que resista el eco conjunto de un pueblo decidido a convertirse nuevamente en viento.
@yorisvillasana

