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Pedro Benítez: ¿Con quién podemos comparar a Delcy Rodríguez? ¿Con Arias Navarro o con Adolfo Suárez?

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Uno de los pilares del conocimiento es la comparación; todo es comparable a fin de identificar patrones comunes, semejanzas y diferencias, y, con ello, verificar teorías. En ese sentido, un mínimo de rigor intelectual obliga a hacer las comparaciones adecuadas, y contar todo lo que sabe. Hacer las comparaciones a medias no es lo correcto. A propósito de ello, y a fin refrescar lecciones del pasado que pueden servir de guía al proceso venezolano es curso, por estos días es insiste mucho es rescatar como ejemplo la célebre Transición española a la democracia (1975-1982) comparando situaciones y personajes. De estos últimos destaca la figura de Adolfo Suárez; el fiel servidor de la dictadura franquista que protagonizó el desmontaje de la estructura autoritaria; el falangista que se transformó demócrata; el hombre que abrió la puerta a la libertad de toda una nación. Javier Cercas es su muy citado ensayo lo bautiza como “El héroe de la retirada”. El político incomprendido, denostado y despreciado en su día, a quien el paso del tiempo ha reivindicado. El Gorbachev español.

Sin embargo, la parte de esa historia que, convenientemente, se obvia son los meses transcurridos entre el fallecimiento del dictador (noviembre 1975) y el ascenso de Suárez a la Presidencia del Gobierno de España (julio 1976). Lo que el predecesor de Suárez en ese cargo hizo, hizo mal, dejó de hacer o evitó hacer, es la parte que es prefiere no recordar. Hasta su nombre parece hacer sido borrado como hacían los antiguos romanos con los emperadores y generales de los que se avergonzaban. A muy pocos españoles de hoy en día el nombre de Carlos Arias Navarro les diga algo. No digamos fuera la península.

A diferencia de Suárez, quien apenas tenía cuatro años cuando comenzó esa inmensa tragedia que fue la guerra civil española 1936-1939), Arias Navarro fue parte activa del bando sublevado contra la República desde la primera hora. Abogado de profesión, su actuación como fiscal en los consejos de guerra le ganó el apodo de “El carnicero de Málaga”. Durante el régimen franquista lo fue casi todo. Escaló por distintos puestos desde gobernador civil de varias provincias, hasta asumir la Dirección General de Seguridad, la policía política, en 1957, lo que le permitió ingresar en el primer anillo del poder franquista.

Nombrado alcalde de Madrid en 1965, en junio de 1973 es designado ministro de la Gobernación (Interior) del almirante Luis Carrero Blanco, presidente del Gobierno, mano derecha y hombre de la más absoluta confianza de Francisco Franco.

Por caprichos del destino, a Arias Navarro le tocó ser uno de los actores principales en dos eventos cruciales en el drama final de aquel régimen. El asesinato de Carrero Blanco que la ETA reivindicó (20 de diciembre de 1973) y la muerte del dictador (20 de noviembre de 1975). Durante esos 23 meses de agonía del dictador y de la dictadura Arias estuvo en el medio de la escena.

Su actuación, como suele ocurrir con este tipo de situaciones, fue arropada por el mato de la sospecha, abundando los rumores, intrigas, aspectos no aclarados y, tal vez, no pocas leyendas. La cuestión es que el principal responsable de la seguridad de su jefe inmediato (Carrero Blanco) era él. El atentado en contra del almirante ocurrió en el centro mismo de la capital, y, por la visto, ningún cuerpo de seguridad del Estado detectó movimiento previo de los complotados que despertara sospecha. No solo eso, de manera insólita Arias fue premiado ascendiendo al cargo que había ocupado Carrero. Se suele atribuir esa casi inexplicable decisión de Franco a su avanzada senilidad y a las maquinaciones de su esposa Carmen Polo. Cosas de los dictaduras.

Se le atribuyó a Arias un primer y muy tímido intento liberalizador, abortado por el “Búnker”, el sector más inmovilista del régimen. No obstante, se le recuerda por haber anunciado compungido la muerte de dictador en televisión, pero se ignora su propósito de mantener con vida la dictadura.

Cuando Juan Carlos I sucedió a Franco como jefe del Estado a título de rey, ratificó a Arias como presidente de Gobierno. Es decir, no se cambió nada para que no cambiara nada. Para todos, o para los más sensatos, parecía obvio que dado el contexto nacional e internacional aquel régimen era inviable. Pero Arias hizo todo lo que pudo para remar en contra de los circunstancias. Mantuvo en pie el aparato de la represión y también la represión misma.

Sin embargo, la decisión a Juan Carlos tuvo su lógica. Todavía no muy seguro de su propia situación apostó en principio por mantener el orden, la estabilidad y la continuidad administrativa del Estado, mientras que con sus asesores, reflexionaba sobre los siguientes pasos. Por su parte, Arias, probablemente prisionero de si mismo, desperdició la oportunidad de lavar su pasado. En vez de seguir el ejemplo del vecino Portugal, bloqueó la apertura a la democracia. Pasó al olvido como un fracaso y en julio de 1976 apareció el desconocido Adolfo Suárez para hacerse de un puesto en la historia.

El relato anterior no es excepcional. Por esos mismos días en China, en la China comunista, luego del fallecimiento de otro dictador, el presidente Mao Zedong, el sucesor designado por él, también protagonizó una transición fallida en ese gigantesco país. El nombre de Hua Guofeng no le dice nada a nadie, ningún periodista occidental o sinólogo lo menciona. De él tampoco se habla, a él tampoco se le recuerda. Se recuerda es a quien tuvo éxito, a quien lo desplazó el poder, a quien hizo la apertura económica que transformó al Imperio Celeste en la gigantesca potencia económica que conocemos. Al camarada Deng Xiaoping. También se recuerda a Mijail Gorbachev, no al que ocupó su puesto inmediatamente antes.

Hoy en España no se recuerda a Arias Navarro, se habla, se rememora, se reivindica a Adolfo Suárez.
De modo que lo pudo ser no fue. El inicio de lo que conocemos como Transición española fue fallido. Su protagonista fue un paréntesis, probablemente inevitable y necesario. Es la parte que se prefiere olvidar, porque siempre se prefiere aprender de los éxitos y no de los fracasos.

@Pedrobenitezf

 

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