Para quienes no siguen el béisbol conviene comenzar con una comparación sencilla. El Clásico Mundial de Béisbol es, para ese deporte, lo que el Mundial de Fútbol representa: el gran torneo donde las selecciones nacionales se enfrentan con los mejores jugadores del mundo; en el béisbol, muchos de ellos estrellas consolidadas de las Grandes Ligas, algo comparable a lo que en el fútbol representan ligas como la española.
La victoria de Venezuela el 17 de marzo en este campeonato tiene, por lo tanto, una dimensión histórica. Por primera vez la selección venezolana logra conquistar el título del Clásico Mundial. Pero más interesante que el resultado final es el recorrido del equipo dentro del torneo.
El torneo y sus derrotas
Venezuela comenzó el campeonato con un desempeño sólido en la fase de grupos, logrando triunfos claros ante Países Bajos, Israel y Nicaragua. Esos resultados le permitieron avanzar con confianza hacia la siguiente etapa del torneo. Sin embargo, el camino no fue perfecto. En el último juego de esa fase inicial la selección venezolana sufrió una derrota importante frente a República Dominicana, uno de los grandes favoritos del torneo, que terminó ganando el grupo con récord invicto.
Ese momento resulta revelador porque muestra algo fundamental: las victorias importantes rara vez se construyen sin tropiezos. Después de esa derrota el equipo tuvo que reorganizarse, ajustar decisiones, estudiar mejor a los rivales y corregir errores. Los torneos funcionan así: obligan a aprender mientras se compite. Algo parecido ocurre en la vida cotidiana y también en la práctica política.
El punto de inflexión
En la fase eliminatoria llegaron entonces los juegos más exigentes del campeonato. Venezuela logró derrotar a Japón —campeón de la edición anterior— en un partido particularmente exigente que marcó un punto de inflexión en el torneo. Posteriormente superó a Italia para avanzar al juego final. Fue precisamente después del juego contra Italia cuando ocurrió una escena reveladora. En una entrevista, el coach Robinson Chirinos comentó que el equipo de analítica pasó la noche entera estudiando al rival siguiente: Estados Unidos.
Ese pequeño detalle permite comprender algo fundamental: las victorias en el deporte de alto nivel no son improvisaciones heroicas. Son el resultado de una inteligencia colectiva organizada.
La práctica colectiva
El béisbol moderno es un deporte extraordinariamente complejo, con múltiples reglas y niveles de decisión. Detrás de cada juego existe una estructura de trabajo que incluye el liderazgo del manager, la experiencia de los coaches, el análisis estadístico de los rivales, el estudio de los bateadores y lanzadores contrarios, la preparación física y la disciplina estratégica del equipo, entre otros elementos.
Algo parecido ocurre en las grandes orquestas sinfónicas. No es casual que Venezuela se haya convertido, gracias al Sistema de Orquestas, en una verdadera cantera internacional de directores y músicos sinfónicos. Allí también encontramos una práctica colectiva donde el talento individual solo alcanza su plenitud cuando logra integrarse en una coordinación común. Ese es un valor importante de nuestra eticidad social, aunque pocas veces lo hemos sabido aprovechar para otras prácticas públicas.
Un equipo no gana simplemente porque tenga jugadores talentosos. Gana porque logra convertir ese talento en una práctica colectiva organizada. Y es precisamente aquí donde el deporte comienza a ofrecer una enseñanza interesante para la política.
La lección política
Si algo ha mostrado la experiencia venezolana de las últimas dos décadas es la enorme dificultad que ha tenido la resistencia democrática para transformarse en una práctica colectiva eficaz. Las derrotas políticas suelen vivirse como fracasos definitivos o como momentos para buscar responsables y hacerlos añicos. Pero tal vez sería más útil comprenderlas como momentos que obligan a revisar nuestras propias prácticas, tal como ocurre en el deporte. El equipo venezolano perdió un juego importante frente a República Dominicana, pero no convirtió esa derrota en una crisis paralizante. La utilizó como información: algo debía corregirse.
En política ocurre algo parecido. Las derrotas pueden ser síntomas de errores tácticos, de una mala lectura del adversario o de incapacidad para coordinar esfuerzos. Un equipo deportivo sabe cuál es su objetivo estratégico: ganar el campeonato. Para lograrlo debe organizar talentos distintos dentro de una estrategia común. En el juego contra Japón, por ejemplo, fue notable la decisión de alinear varios bateadores zurdos para explotar una debilidad en el pitcheo del adversario. Jugadores con egos fuertes deben aceptar roles distintos. El liderazgo debe coordinar sin anular. El conocimiento técnico debe circular entre todos los miembros del equipo.
La oposición venezolana, en cambio, ha tenido enormes dificultades para operar como un solo equipo con responsabilidades compartidas. En momentos específicos —como ocurrió en torno al 28 de julio— esa coordinación ha sido posible, pero en la actualidad no se ha logrado consolidar el espacio institucional capaz de sostener esa coordinación. Mientras el régimen funciona como una estructura de poder cívico-militar altamente organizada —capaz incluso de girar su narrativa política ciento ochenta grados respecto a Estados Unidos y lograr que todos sus actores se alineen disciplinadamente—, la resistencia democrática aparece muchas veces fragmentada, dispersa e incapaz de coordinar estrategias comunes.
La fortaleza del régimen es su estructura jerárquica y militarizada. Pero esa misma lógica se convierte hoy en su mayor debilidad: una política organizada en torno a la obediencia termina anulando al sujeto y, con ello, la posibilidad misma de una práctica democrática.
La fortaleza potencial de la resistencia democrática es otra: la capacidad de construir acuerdos a partir de la pluralidad y la diferencia. Sin embargo, esa potencia política ha sido utilizada muy pocas veces de manera eficaz y con frecuencia termina reproduciendo, sin advertirlo, las mismas formas de poder que pretende superar.
La tarea de la política
Las victorias colectivas no nacen del entusiasmo sino de una práctica organizada capaz de convertir talentos dispersos en estrategia común. Eso fue lo que hizo el equipo venezolano en el Clásico Mundial. Esa sigue siendo la tarea pendiente de la política venezolana.

