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Jesús Rondón Nucete: Es tiempo de democracia

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Una conseja interesada ha insistido desde hace tiempo en la falta de madurez de los pueblos de América Latina a comienzos del siglo XIX para ensayar el mantenimiento de sistemas de gobierno estables y “democráticos” (en el significado del término entonces). Y después de una centuria de anarquía, guerras civiles y dictaduras los positivistas postularon la necesidad de “un gendarme necesario” para garantizar el orden y avanzar en el progreso económico y social. Tales tesis pretendían legitimar los regímenes de fuerza que entonces imperaban. Ahora, a dos siglos de Ayacucho, algunos reclaman la presencia de Estados Unidos para corregir los errores.

Juan Diego Avendaño 4 3 2026

Ilustración de Juan Diego Avendaño.

Conviene precisar que el tiempo transcurrido desde la independencia de las Américas, coincide casi exactamente con el de la transformación del mundo como consecuencia de las Revoluciones Liberales. Pocos de los estados actuales existían entonces y, entre ellos, apenas algunos comprendían sus territorios actuales.  Estados Unidos en 1783 (Tratado de París) era una nueva entidad: surgida de colonias inglesas, tras una guerra de seis años por discrepancias sobre los derechos de sus habitantes, se había dado un gobierno “democrático” (en términos limitados), resultado –más que de la aplicación de teorías de pensadores de la Ilustración o nativos del lugar– de compromisos alcanzados por sus “padres fundadores” en Filadelfia (1787). Sin embargo, su unidad (entre el norte liberal que emprendía la industrialización y el sur agrícola y esclavista) no estaba asegurada; pero, ambos lados, aspiraban expandir sus dominios y participar en el comercio internacional, tareas que requerían la acción conjunta.

Hacia finales del siglo XVIII, la situación de las colonias hispanas e inglesas era más o menos equiparable, en materia económica y social.  La población de las primeras era mayor (alrededor de 13 millones frente a 3,9 millones en 1790) y en su mayoría estaba formada por mestizos. No había muchas escuelas en unas y otras; pero los centros de estudios superiores eran más numerosos en el Sur (16 para 1806). Sin embargo, en el Norte comenzaba la Revolución Industrial. Precisamente allí, había mayor libertad individual, mayor capacidad de emprendimiento y, aunque limitada, mayor participación en el ejercicio del poder (especialmente a través de asambleas locales o regionales). La colonización del Norte fue en gran medida obra de compañías privadas y de pobladores inmigrantes más que empresa del Reino, mientras que la de las hispanas (México y Suramérica) lo fue del Estado español, cuyas leyes regulaban todos los aspectos.

La guerra siempre causa muerte y destrucción, pero con intensidad diferente. Así, la que se libró en Norteamérica (1775-1781) produjo resultados distintos a las que estallaron contra España en el Sur (1810-1826). Debe advertirse que en algunos pocos casos no las hubo contra la Metrópoli: en Paraguay (donde se rechazaron tropas de Buenos Aires contrarias a la secesión) y en Uruguay (para enfrentar la ocupación de Brasil). Hubo pocos combates en Chile (en 1814 y 1817-1818). Pero, fue especialmente cruenta en Venezuela, Colombia y México, y en menor grado en los antiguos Virreinatos del Río de la Plata y Perú.  En los mencionados primero, envolvió a todos los sectores y causó gran destrucción (humana y material). En realidad, allí la “patria” se consolidó con las armas: fue por largo tiempo soldados en campaña. No ocurrió así en el Norte. El ejército era el brazo armado de las instituciones republicanas.

En el Norte lucharon los ejércitos formados por los estados (antiguas colonias que tenían sus propios cuerpos militares) contra los ejércitos ingleses (que incluían canadienses). Se trató de una guerra más o menos “ordenada” –¡si puede haber alguna de esa característica!– entre la Confederación constituida por las nuevas entidades (cada una se había declarado independiente) y el naciente Imperio Británico. Autoridades civiles en uno y otro bando nombraron los comandantes y tomaron las decisiones fundamentales. Otra cosa ocurrió en el Sur. Disueltas las primeras repúblicas por la reacción de los partidarios de la monarquía, fueron los ejércitos formados por iniciativa propia de nuevos caudillos (de reconocimiento popular), los que tras muchas alternativas derrotaron a las tropas realistas (que comprendían muchos americanos). Como se dijo atrás, ellos eran “la patria”. Incluso, así se identificaban en muchos casos (“patriotas”). Por eso, después, reclamaron la herencia. Fueron “los causahabientes” de la independencia.

Simón Bolívar, inicialmente un caudillo militar impulsivo (que retaba a la naturaleza), comprendió la necesidad de atender la realidad del medio físico y humano para organizar la República. “¿No dice el Espíritu de las Leyes que estas deben ser propias para el pueblo que se hacen?” recordó en Angostura (1819). Y en esa ocasión, manifestó que el sistema republicano se sujeta “al imperio de las leyes” y se inclina a “moderar la voluntad general y limitar la autoridad pública”. Poco antes (Jamaica, 1815), propuso –  pues no era posible “formar de todo el Nuevo Mundo una nación” – instalar “un congreso de representantes” de sus estados para discutir sobre los asuntos “de la paz y de la guerra”. Pero, los herederos se interesaron más por los problemas de campanario: la consolidación del poder local, para manejar las riquezas. Así, se permitió (o se buscó) la intromisión extranjera (del Norte o de Europa) en la región.

A lo largo de la historia las potencias han tratado de dominar a las pequeñas entidades o al menos influir en sus asuntos.  Es casi un axioma de la historia: en Medio Oriente, India, China, en Mesoamérica y los Andes; de los ríos o las montañas, de las estepas o los desiertos; y recientemente capitalistas, fascistas o socialistas. Es la etapa final de muchos nacionalismos (cuando no derivan hacia el aislacionismo). MAGA significa USA poderosa (“great”), dominadora. Se han formulado diversos alegatos: la defensa de los intereses de los respectivos imperios, la necesidad de llevar “la civilización” a los pueblos de vida más “atrasada” (que se hizo doctrina en la Conferencia de Berlín de 1884-1885), los peligros a que estaban expuestos los últimos por su ignorancia. No se hablaba – tampoco hoy se enseña en escuelas y universidades – sobre las ventajas que los últimos podían aportar al conjunto global.

Durante el siglo XIX Estados Unidos aprovechó la debilidad de sus vecinos para extenderse: hacia el Oeste hasta alcanzar el Pacífico (y comprar Alaska y apoderarse de Hawái) y en el Caribe para tomar posiciones claves (Puerto Rico y Panamá). En el siglo XX se afirmó su primacía científica, económica y militar. Lideró el campo de las democracias, fundadas en la libertad personal con sistemas de gobierno constituidos sobre la soberanía popular y el control del poder. Impuso esos principios a los Estados totalitarios vencidos en la II Guerra Mundial (notablemente Alemania, Italia y Japón). Sin embargo, Estados Unidos no utilizó su fuerza para instaurar sistemas similares en los países de América Hispana; por el contrario, apoyó en la región el establecimiento de dictaduras (militares) con el propósito de fortalecer su campo en los enfrentamientos de la Guerra fría y de asegurar en la región los intereses de sus grandes corporaciones.

La democracia –aclaremos: política y social– ha sido aspiración permanente de los pueblos de América Hispana; y conviene recordar que tanto de sus clases burguesas como de los sectores más desfavorecidos. Se manifestó en los movimientos precursores (como los de “los comuneros”) y durante la guerra de Independencia: se lo reveló a Simón Bolívar el “Negro Primero”. Y se ha mantenido a lo largo del tiempo, a pesar de los fracasos de algunos ensayos. La Carta Democrática de las Américas (11 de septiembre de 2001) define su contenido y establece un procedimiento para reclamar su vigencia. La intervención reciente de fuerzas de Estados Unidos en Venezuela no se ejecutó conforme a sus disposiciones. No obstante, los cambios que ha provocado abren la posibilidad de superar la regresión del “socialismo real” y retomar el proyecto democrático diseñado a mediados del siglo pasado. Lo exige la mayoría de los ciudadanos. Es hora de volver a la democracia.

No existen pueblos aparecidos para ser dominados por tiranos y otros para vivir la democracia. El sistema político depende de un conjunto de condiciones y circunstancias, de origen diverso, sobre las cuales el grupo no siempre tiene dominio: su evolución escapa a la voluntad de sus miembros. Pero, la historia enseña que, en la mayoría de los casos, el sistema político de un Estado resulta de las acciones de sus habitantes. En América Hispana es ese factor el más importante, sin negar la influencia menor de otros. Pues debe advertirse que cada país presenta particularidades, comportamiento y explicaciones específicas.

X: @JesusRondonN

 

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