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Isabel Pereira Pizani: Algo más que una Línea Maginot

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Escucho el ruido que produce una reciente entrevista a uno de los mayores dirigentes del fenecido gobierno Chávez-Maduro y me pregunto qué llevaría al periodista que entrevista al personaje a ofrecerle una tarima de exposición a alguien a quien aún no le hemos cuantificado la magnitud del daño infligido a cada uno de nosotros, a los que representan valores, a los maestros, a los que cuidan nuestra salud, a los otros periodistas que desde las páginas de los periódicos y otros medios de comunicación han intentado defender a la gente de las tropelías cometidas sin pudor por el régimen recién derribado, y algo que nos duele: los daños, prisiones y destrucción de sus vidas de los que han intentado proteger a la infancia, a los que opinan y denuncian con valor los crímenes contra la humanidad que hemos vivido en Venezuela.

Con tristeza me pregunto, por el afán de este comunicador de abrirle una puerta de falsas justificaciones a alguien que ha estado años destruyendo, condenando a inocentes, alguien que optó por el camino negro de la destrucción en nombre de una venganza que oculta las miserias humanas de los culpables, capaces de robar la recompensa monetaria arrancada a la familia y no devolverla a la víctima. Evidentemente, causó revuelos esta teatral escenificación periodística, una bomba noticiosa que arropa una actitud miserable del comunicador que la ejecuta.

Estas reflexiones surgen ante las preguntas frecuentes que nos hacen en las calles: ¿Por qué se arriesgan tanto desde El Nacional, denunciando, opinando sobre injusticias, descubriendo acciones criminales y engaños que pretenden esconder la magnitud criminal de los hechos cometidos desde las posiciones de poder? ¿Ustedes saben que no los podemos proteger? Es cierto, una de las listas más grandes de ciudadanos que creen en la verdad la constituye el inmenso grupo de columnistas de El Nacional. No tengo el número, pero es una fortaleza que se instituyó como una especie de Línea Maginot, la que construyeron los franceses para salvarse de la invasión alemana, para protegerse del poder de las fuerzas nazis. La gente repite: ustedes, ese batallón de columnistas, son un inmenso grupo de ciudadanos que tratan de defender a los acosados, denunciar y salvar a aquellos que han vivido las peores atrocidades cometidas en este país contra la gente indefensa.

Cualquier persona que quiera ver la realidad se asombrará de cómo, en pocas décadas, se pudo destruir el muro que protegía y formaba nuestra infancia: las escuelas, los maestros condenados a la miseria, el afán morboso de incrustar en la conciencia ciudadana falsos valores y héroes con pies de barro, cuya real tarea era mentir y robar. Cómo asaltaron la propiedad privada. O aquellos que, sin compasión, atacaron el sistema eléctrico, robándole la energía a los poblados, a la gente más humilde. Y quizás uno de los graves pecados: robarle el pedazo de tierra, su propiedad, a gente como Franklin Brito, quien se resistió hasta el fin de su vida. Hoy, estos depredadores conservan grandes fortunas ocultas, muchas aún escondidas en agujeros donde no entra la luz de la justicia.

La gente que día a día enviaba sus pensamientos y luchas a las páginas de El Nacional lo hacía con la convicción de que esa era una línea de defensa que protegería a la gente hoy y mañana.

El resultado de esta guerra contra todos es un país que tiene que reconstruirse, como después de una guerra cruenta. Hay que recobrar la fe en la justicia porque los que ejercieron en su nombre, jueces que traicionaron su profesión, condenaron a inocentes, inventaron falsos crímenes. Nunca olvidaremos la imagen del capitán Rafael Acosta Arévalo, que entró al tribunal reclamando justicia casi siendo un cadáver, víctima de las torturas y que, después del falso tribunal, salió a morir. ¿Dónde está el juez que lo condenó? Poco se sabe sobre las circunstancias en las que falleció el capitán de corbeta venezolano Rafael Acosta Arévalo. Murió como consecuencia de torturas a las que presuntamente fue sometido tras ser arrestado el 21 de junio de 2019 por quienes se identificaron como agentes del Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional (Sebin) y la Dirección General de Contrainteligencia Militar (Dgcim). Muere bajo custodia el militar que había sido detenido por su supuesta implicación en una conspiración contra el gobierno de Nicolás Maduro.

Cada día amanecemos con la angustia de responder a la miseria y el hambre que hunde a la mayor parte de nuestra gente, a la infancia desnutrida (33%) que pierde las posibilidades de crecer y alcanzar sus máximas posibilidades, a los inmensos batallones de gente que optó por salir caminando en búsqueda de oportunidades tras posibilidades de encontrar respuestas a la miseria que les abatía a ellos y a sus familias: niños, ancianos, madres de familias numerosas, que dejaban atrás. Esto no fue una simple reacción: la diáspora se llevó a 20% de nuestra población. Aquella gente tomó la decisión de salir a buscar las soluciones que se les negaban dentro de su propio país.

La diáspora venezolana no tiene precedente en Latinoamérica. “La diáspora venezolana ha superado los 8 millones de personas en todo el mundo, convirtiéndose en una de las mayores crisis de desplazamiento del planeta. Lo que comenzó como un éxodo concentrado en países vecinos se ha transformado en un fenómeno global sostenido que está reconfigurando comunidades en América Latina, América del Norte y Europa. Años de colapso económico, represión política y deterioro institucional han obligado a millones de venezolanos a reconstruir sus vidas en el exterior. Datos recientes compilados por Geopolaris muestran que las mayores comunidades venezolanas se encuentran en Colombia, Perú, Estados Unidos, España, Brasil y Chile.”

Acabamos de abrir las puertas de un cuarto de siglo de ataques contra nosotros mismos; es como si estuviéramos en una posguerra, contando los cadáveres, intentando lograr la libertad de la gente encarcelada por sus ideas y posiciones políticas, torturados, vejados, sumidos en una oscuridad que parecía no tener fin. Y tienen el tupé de ponerles grilletes al salir, de imponerles condiciones a su libertad: no hablar, no denunciar, callarse y esconderse en sus casas.

“Bloquearon las fuentes de información, incluso a voceros no oficiales; cerraron emisoras de radio e hicieron quebrar a los medios para ser comprados por sus aliados. Se construyó y consolidó la hegemonía comunicacional del Estado. Leyes discrecionales, cierre y sanciones desmesuradas, a diestra y siniestra, contra medios de comunicación, el gobierno no ha escatimado en recursos y esfuerzos, desde el uso de la violencia hasta medidas judiciales, para crear y consolidar la hegemonía comunicacional en Venezuela. Sí, el tan mentado fenómeno existe. Desde el gobierno de Hugo Chávez, los discursos beligerantes y denigrantes en contra de la prensa y de los periodistas lograron que la gente pensara que éstos eran sus adversarios. Se asumió la violencia verbal y física como un mandato, así como la complicidad por omisión ante el uso abusivo del poder del Estado en contra de los medios y los trabajadores de la prensa”.

La Línea Maginot fue un monumental esfuerzo fallido de los franceses para proteger a su país de los invasores, aunque al final recobraran su libertad. La gente que permaneció fiel a su país, que no intentó enriquecerse a costa de la miseria colectiva, que se mantuvo en estado de permanente denuncia de los crímenes cometidos al país como una línea de defensa de nuestra pequeña humanidad, los que se atrevieron a sembrar fe y esperanzas en nuestra desvalida población, a esa gente es a la que hay que oír, calar la profundidad de su dolor, de la pérdida de años de vida y del oscurecimiento de la felicidad. A ellos es a quienes hay que darles voz, oír, repetir cómo fue el trato cruel y sin misericordia contra los más pobres mientras inmensas fortunas se escondían en los bancos más poderosos del mundo.

Casi imposible aceptar un hecho comunicacional que se expone como un mecanismo de defensa y perdón para quienes tienen culpas que no han pagado: aquellos que aún deambulan y vociferan como si fuesen ajenos a los 25 años de miseria y desesperanza que vivimos en nuestra tierra, donde perdimos muchas cosas menos la integridad moral.

Por todo ello considero injustificable el afán de notoriedad del comunicador que se presta como intermediario de uno de los grandes culpables de los crímenes cometidos contra todos.

El odio no hay que profundizarlo, pero la justicia tiene que salir a la luz. Por ello rechazo esta dudosamente ética entrevista a Jorge Rodríguez por parte de un periodista que trata de existir como si viviera en un mundo distinto. Muy diferente a los columnistas de El Nacional, que representan algo más que la Línea Maginot de defensa ante la atroz dictadura, pero con posibilidades reales de construir y no destruir.

 

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