Las razones de la superioridad de las opciones de dolarización plena, o en su defecto la dolarización financiera bimonetaria.
La evidencia acumulada para Venezuela, derivada del examen de series temporales de frecuencia diaria, semanal, mensual y anual, permite sostener con razonable solidez analítica la existencia de una relación de precedencia temporal y de causalidad estructural en la cual el bloque monetario, en particular la base monetaria y la liquidez monetaria, antecede y condiciona la trayectoria del tipo de cambio y, por esa vía, la dinámica inflacionaria.
No se trata, por tanto, de una simple correlación contingente entre agregados nominales, sino de una secuencia causal consistente con el funcionamiento de una economía sometida a desequilibrios fiscales persistentes, restricciones institucionales débiles y mecanismos recurrentes de monetización del déficit.
En ese marco, la expansión monetaria no constituye un fenómeno neutral ni un episodio periférico, sino el núcleo inductor del desorden macroeconómico.
A esta secuencia monetario-cambiaria se añade un rasgo de larga duración particularmente relevante: la persistencia de una sobrevaloración histórica del tipo de cambio oficial, acompañada por una brecha cambiaria elevada y volátil entre la cotización administrada y la del mercado. Tal divergencia no sólo expresa un problema de inconsistencia entre precios oficiales y condiciones efectivas de escasez relativa, sino que introduce severas distorsiones en la estructura de precios, en la asignación de recursos y en la formación de expectativas. Cuando el tipo de cambio oficial se aparta de manera sistemática de los fundamentos monetarios y de las condiciones reales de la economía, deja de operar como ancla nominal y pasa a convertirse en un mecanismo de opacidad, arbitraje y descoordinación intertemporal.
Sin embargo, la explicación del proceso no se agota en la dimensión estrictamente monetaria. Sobre este cuadro actúan, además, mecanismos institucionales de extracción de rentas vinculados con asimetrías de información, riesgo moral y ausencia de análisis de impacto regulatorio. Ello significa que la inflación venezolana no debe leerse únicamente como el resultado de una expansión excesiva de dinero, sino también como la manifestación de un entorno institucional que premia el acceso privilegiado a información, amplifica la discrecionalidad pública y favorece transferencias regresivas de ingreso. En otras palabras, la inestabilidad nominal no sólo deteriora la función de la moneda, sino que también reorganiza el sistema de incentivos en favor de quienes mejor pueden protegerse, arbitrar o capturar rentas en contextos de alta incertidumbre.
Si se reconoce, entonces, que la variable inductora principal del proceso reside en el bloque monetario y en la incapacidad de imponer una restricción fiscal creíble al financiamiento del déficit, el campo de opciones de política económica se reduce, en esencia, a tres trayectorias posibles. La primera consiste en la dolarización oficial plena, esto es, en la renuncia al margen doméstico de emisión discrecional como mecanismo extremo de disciplina. La segunda remite a un esquema de dolarización financiera o arreglo bimonetario funcional, en el cual el dólar estadounidense y la unidad monetaria nacional coexistan de manera efectiva como medios de pago y reservas transaccionales de valor. La tercera, institucionalmente más exigente aunque conceptualmente más consistente con la preservación de una moneda propia, radica en sujetar de forma efectiva el déficit fiscal, clausurando su monetización y restaurando una arquitectura de disciplina macroeconómica que no dependa de promesas reiteradas e históricamente incumplidas (como lo valida la historia de la inflación desde 1974 hasta el presente)
Desde esta perspectiva, la inflación emerge como el más poderoso multiplicador de pobreza y desigualdad social. Su capacidad destructiva no se limita a erosionar el salario real o a comprimir el poder de compra de los hogares; alcanza, además, la desorganización de los horizontes de cálculo, el castigo del ahorro, la contracción de la inversión productiva y la sustitución del esfuerzo creador por conductas defensivas de cobertura. Allí donde la moneda pierde estabilidad, también se debilitan los vínculos entre trabajo, productividad, ingreso y previsión racional. Por eso, en economías como la venezolana, la lucha contra la inflación no constituye un objetivo técnico secundario, sino una condición moral, institucional y material para contener la reproducción ampliada de la pobreza y para restituir un orden económico compatible con la dignidad social.
Profesor PhD de la Universidad de Carabobo

