El poema como idea de la poesía
Que la finalidad
sea provocar el sentimiento
de las palabras,
y alcanzar
el desafío de la expresión,
perseguir objetos
que se ajustan al sentimiento,
hundirse en objetos
hasta la emoción adecuada,
está probado,
y tanto, probado y probado,
como no lo está
el que en esos tránsitos
la tendencia madre sea
por dónde va la inspiración,
«si en frío o en caliente»,
y no lo está
que haya que seguir a Homero
entre las Musas, su rogar que lo asistan,
y a Platón
saludando hermosos versos
más en mediocres pero iluminados
que en sagaces y hábiles exclusivamente
al amparo de sus propias fuerzas,
y a Dante, el reclamar
la intervención de dioses
acaso sin creer en ellos:
O buono Apollo, all’ultimo lavoro
fammi del tuo valor…
Pero tampoco ninguna
terminante prueba hacia lo opuesto,
que el poema
se conduzca en la mente como un
experimento en una ciencia natural,
y que la aptitud
combinatoria de la mente sea
la solo inspiración reconocible.
Alberto Girri: Fue un poeta nacido en Buenos Aires en 1919. Su primer libro, Playa Sola, lo distingue entre la llamada generación del 40. Su estilo, único y personal, no encaja en ningún movimiento concreto. A partir de esta obra, Girri publicó unos treinta libros en los que paulatinamente se desembarazó de la lírica elegíaca y tradicionalista de aquella década. Su lenguaje se hizo ascético y extremadamente intelectual. Colaborador de la revista Sur y del diario La Nación, llevó una vida monacal, aunque obtuvo amplio reconocimiento en su país y en el exterior. Tradujo a autores británicos y norteamericanos como sir Thomas Stearns Eliot y Robert Frost, ampliando los gustos regionales de la época, que se centraban en la lírica francesa vanguardista. Es también autor del tango “Elegía”, con música de Osvaldo Manzi, y del libreto de la ópera Beatrix Cenci para el reconocido compositor Alberto Ginastera. Su poesía provocó admiración y rechazo. Se le llamó muchas veces “árido e incomprensible”. Murió en 1991.

