Según fuentes periodísticas dignas de crédito, Donald Trump y Marco Rubio buscan una versión cubana (o castrista) de Delcy Rodríguez. Alguien que, proveniente del propio sistema comunista, acepte sus términos: irrestricta apertura económica y alineación global con los intereses de Estados Unidos (nada con Rusia ni con China), pero asegurando la continuidad administrativa del Estado y sin correr los riesgos propios de una apertura acelerada o el colapso de un régimen político cerrado. El mismo autoritarismo, pero tutelado por Washington. Made in Venezuela es el modelo.
Obsérvese la ironía del destino: en la Casa Blanca y el Departamento de Estado están pensando seriamente en reexportar a la isla el ensayo venezolano recién estrenado que tanto entusiasmo ha despertado en determinados círculos de opinión. Todo lo contrario de lo que hace 27 años el ex comandante/presidente Hugo Chávez comenzó a hacer, pero en sentido contrario, inspirado por algunos de los aspectos que más le fascinaron del régimen revolucionario cubano iniciado por su mentor y principal asesor desde la década de 1960.
En el caso que nos ocupa hoy, todos los caminos impulsados desde Washington hacia la transición en Cuba (por los vientos que soplan será más económica que política) llevan a la familia Castro.
De manera insistente, las versiones periodísticas señalan que los contactos desde Washington son con vástagos de Raúl Castro y Vilma Espín. No con algún general de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR) o un miembro relativamente joven del Comité Central del Partido Comunista. Por lo visto, hay resignación ante el hecho de que no existe un Mijaíl Gorbachov o un Deng Xiaoping caribeño.
Hace un mes, el diario español ABC señaló al coronel Alejandro Castro Espín como el hombre de los contactos discretos con agentes de la CIA en Ciudad de México, en los prolegómenos de una negociación que buscaría evitar el colapso del régimen a cambio de concesiones económicas y cooperación en seguridad con Estados Unidos. Luego se ha dicho que Rubio se habría negado de plano a entenderse con él.
Como todo lo que tiene que ver con el régimen castrista, eso ha quedado en el misterio. Sin embargo, esa versión tenía fundamento. Luego de siete años fuera del ojo público (el rumor en la isla era que había caído en desgracia), el único hijo varón de Raúl y sobrino preferido de Fidel, reapareció a finales del año pasado en una manifestación detrás de Miguel Díaz-Canel. Formado militarmente en la Unión Soviética y director de la Seguridad del Estado (2007-2018), a Alejandro Castro se le atribuyó un papel importante en la normalización de las relaciones entre Cuba y Estados Unidos en 2014. Aunque mantenía en público la misma retórica inflexible del régimen, su fama de ser el negociador creció cuando se reunió en 2015 en La Habana con John Brennan, entonces director de la CIA. No obstante, se dijo que el “búnker” castrista se negaba a todo tipo de apertura, obstaculizando las reformas prometidas; luego vino la victoria de Trump y una serie de “ataques sónicos” contra diplomáticos estadounidenses y canadienses en la isla, con lo que pudo ser se terminó de echar a perder. En 2018, padre e hijo se apartaron de los cargos de gobierno.
En las últimas horas suena nuevamente el apellido Castro. En esta oportunidad, el de Raúl Guillermo Rodríguez Castro, nieto y jefe de guardaespaldas de Raúl. Según el medio estadounidense Axios, tres fuentes distintas confirman conversaciones directas entre Rubio y él.
El “nietísimo” es hijo de Débora Castro Espín, y del fallecido general Luis Alberto Rodríguez López-Calleja, quien estuvo al frente de GAESA. Este es un conglomerado empresarial controlado por los militares cubanos que administra 322 empresas (61 radicadas fuera de Cuba), entre las que se cuentan las aduanas y los puertos de la isla, los más importantes hoteles de 4 y 5 estrellas, la agencia de viajes Gaviota Tours, marinas, una agencia de autos y el principal proveedor nacional de insumos y servicios hoteleros, más dos empresas para la importación y exportación de tecnología, la Unión de Construcciones Militares, una inmobiliaria, la Zona de Desarrollo Integral de Mariel, otra empresa de almacenes al por mayor y el 50 % del mercado minorista en dólares por medio de una cadena de tiendas.
Aunque se divorció de su hija, siguió siendo un hombre de la más absoluta confianza de Raúl, y se le consideraba el cerebro de una extensa red de empresas fantasmas creadas en todo el mundo para evadir el embargo comercial estadounidense, con compañías registradas en Liechtenstein, Suiza y Luxemburgo.
Este último recuento es importante porque explica una de las razones por las cuales la apertura económica cubana ha sido tímida y nunca ha cumplido con las expectativas iniciales: la misma no puede pasar por encima de los intereses creados, o debe servir a estos. Esa es una de las claves.
Rodríguez López-Calleja falleció en 2022 (y tal vez con él algún proyecto político de Raúl), pero su hijo, por lo visto, ha heredado la misma vocación empresarial.
De 41 años de edad, Raúl Guillermo Rodríguez Castro pertenece a una generación muy distinta a la de su tío Alejandro. Sus referentes no son Rusia, Angola o Etiopía, sino Cancún y Madrid. La épica y el sacrificio revolucionario son la prehistoria.
En tiempos recientes ha sido objeto de polémica en las redes sociales por la proliferación de negocios que se le atribuyen, gracias a su posición de poder dentro del régimen, y por su estilo de vida (coches BMW, yates y viajes al extranjero a todo trapo) que exhibe abiertamente.
Es lo que en China llaman un “príncipe rojo”, para designar a los descendientes de altos dirigentes del Partido Comunista que, a diferencia de los tecnócratas que se labraron sus cargos por méritos académicos o burocráticos, suelen acceder debido a sus apellidos.
Hasta hace unos años la vida de la familia Castro era casi un secreto de Estado, pero hoy hijos y nietos salen a la luz. Alejandro Castro, en ocasión de la visita de Barack Obama en 2015, dijo que “el capitalismo nunca regresará a Cuba”; pero, visto el tren de vida que exhiben sus sobrinos, parece que se equivoca. El capitalismo regresó a la isla hace ya algún tiempo, eso sí, no para todo el mundo.
De modo que por ahí parece apuntar la estrategia de Trump/Rubio: forzar la apertura mientras se le muestra la zanahoria a parte de la clase dirigente, en particular en la familia Castro. Porque para ellos está muy claro que el poder no reside en Díaz-Canel ni en el buró político del partido, sino en el casi centenario patriarca Raúl Castro, que, por razones muy humanas, desea lo mejor para sus descendientes.
Así, la revolución cubana ha terminado siendo el régimen de una familia, al mejor, o peor, estilo caribeño: los Somoza, Trujillo, Duvalier o Gómez.
Hace un siglo el exsoldado y emigrante gallego Ángel Castro se hizo en la práctica dueño de Birán, una población ubicada al oriente de la isla. Con olfato para los negocios hizo su fortuna trabajando para la United Fruit Company y criando gallos de pelea. Décadas después sus hijos se harían dueños de todo el país. Hoy sus nietos mantienen el legado.
@PedroBenitezF

