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Juan Monsant Aristimuño: Protectorados y Protectorado

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La nota sería para sentir vergüenza, o quizás tristeza. En todo caso no es una premonición sino una certeza, por ello nos sacudimos más el alma y hasta el ego; ese sentido de superioridad moral, histórica o como se quiera llamar. Imagínense la tierra que vio nacer, crecer y realizar a un Simón José Antonio de la Santísima Trinidad Bolívar Ponte y Palacios Blanco.

El único aristócrata que en realidad hemos tenido. Un soñador con título heredado en un tierra de mestizos por la Gracia de Dios. Por ello ese sentido de superioridad o de satisfacción moral posiblemente. Tamaña herencia nos dejó, una que no hemos podido administrar, por el contrario nos hemos dedicado a desmantelarla para deshacernos de esa carga.

No éramos en aquél entonces un país, tal como hoy conceptualizamos. Fuimos un territorio de ultramar, una Provincia, y con el tiempo una Capitanía General, un cuartel como la definió Bolívar en su premonitoria Carta de Jamaica. Lo que no pudo visualizar es que llegaría ser la colonia de una cercana isla del Caribe que alguna vez hizo planes de independizar de España. Pero en fin, lo hizo décadas después su entregado admirador José Martí. Hasta que llegó Fidel y mandó a parar.

¿Y quien lo iba a pensar? Ni Julio Verne en su futurista visión plasmada en innumerables libros, podría haber imaginado que el país del Soberbio Orinoco se diluiría en el deliro de un militar felón nacido en los llanos de Barinas; que entregaría la patria, su territorio, riquezas y futuro a un amoral Fidel, a cambio de su bendición. Y éste, junto con el otro, a pandilleros, tratantes de blancas, terroristas, bandoleros, saqueadores y traficantes.

A Don Gaspar Rodríguez de Francia (1776-1840) conocido y asumido legalmente como el Dictador Perpetuo del Paraguay, la historia no ha terminado de agradecerle cuando tomó la decisión correcta de aislarse, cerrar sus fronteras ante las pretensiones anexionistas de Brasil, su poderoso y extenso vecino y, las de la Provincia de Buenos Aires, con iguales ambiciones. Y resistió el Dictador Supremo.

Más tarde tampoco pudieron con él, Brasil, Argentina y Uruguay en la llamada Guerra de la Triple Alianza (1864-1870). Solo sobrevivió un cuarto de la población. Y ese cuarto logró repoblarse y seguir adelante, para luego tener que enfrentar la llamada Guerra del Chaco (1932-1935) desatada por Bolivia y las empresas mineras extranjeras en sus pretensiones de incorporar al altiplano, una extensa región paraguaya. Y la perdieron, perdieron la guerra y perdieron su pretendido negocio minero. Y a comenzar de nuevo, una y otra vez mas sin perder su hidalguía ni su razón existencial como nación.

Ventiseis años, solo 26 años les bastó a los comandantes civiles y militares del Socialismo del Siglo XXI (marxismo puro, estatismo obsoleto con su toques tropicales) para desarticular, diluir y empobrecer a la nación venezolana, extraerla de su territorio, fragmentarla, entregarla a culturas e historias diferentes de Asia y el Medio Oriente, para dividirnos, saquearnos, borrar nuestra historia o intentarlo, porque se ha resistido con valor hasta la agonía.

Y cuando ya el asco existencial se tornó insoportable, se produjo el milagro de la”Operación Determinación Absoluta”  o “Lanza del sur”, la madrugada del 3 de enero del venturoso 2026.

Cuando ya el sol encandilaba los ojos de los caraqueños, se conoció que los truenos nocturnos no era la celebración del Año Nuevo ni de una boda encopetada. Fue la captura y extracción del tirano Nicolás Maduro Moros y la de su esposa, la fatal Cilia Flores.

Y Caracas fue una fiesta, Venezuela fue una fiesta, como la narraría el singular Ernest Heminghay.

Y allí, en ese instante comienza de nuevo la historia de Venezuela, coincidiendo con el cambio epocal que experimenta actualmente la humanidad. Cambio de perspectiva, cambios de paradigmas, como nunca jamás había conocido el hombre desde que comenzó a caminar erguido; dejar atrás el pasado, enfrentar una nueva civilización lanzada al espacio y a la inmediatez.

¡Qué maravilla! Cuánto privilegio ser testigo de este cambio civilizatorio en todos los aspectos, científicos, culturales, existenciales. Creíamos que los sesenta eran insuperables. Pero cuanta temeridad,esos solo fueron los minúsculos cambios que el hombre comenzó a presenciar en una breve generación.

No fue el wifi, ni el celular cósmico, la creación de la ONU o el viaje a la luna. Son prólogos de libros incunables al lado de lo que, a partir de la IA, se nos presenta en este nuevo amanecer no solo tecnológico sino conceptual.

El concepto de Estado-Nación, tal como lo conocemos, es reciente. Se materializó en los Tratados de Westfalia de 1648 que, entre otros conceptos evolucionados nació el de soberanía, Estado-Nación, separación del Estado de la religión; y así se fue decantando hasta la Revolución Francesa, los Derechos del hombre y del ciudadano, junto a lo que se desprendió de esa reorganización de los pueblos y la humanidad, pasando por la Carta de la Naciones Unidas, hasta el presente.

Y de este presente del cual se desprenden cambios y futuros que nos llegan muy de cerca, la reconsideración del alcance del concepto de Estado Nación y los hechos ocurridos el tres de enero de 2026, en la ciudad de Caracas, parecieren que permean irremediablemente hacia el resto de la comunidad internacional.

En esta expectativa creada en Venezuela desde el mismo tres de enero, y la relación que surgió de ese hecho entre la potencia liberadora y el estamento cívico-militar internacional que controlaba  el poder público y económico del país, a los ciudadanos que aspiramos el retorno pacifico a la democracia, se nos presenta la incógnita de cuál sería la relación entre Los Estados Unidos como país liberador, la peligrosa tiranía transnacional venezolana aún existente, y los ciudadanos comunes aspirantes a reorganizar su país con transparencia y libertad.

De hecho, aún asumiendo la necesaria presencia del opresor para garantizar la gobernabilidad, en tanto se normaliza la relación entre los ciudadanos, me topo con un magnífico y conciso ensayo de la politóloga e intelectual Beatrice Rangel Mantilla, ex Ministra de la Secretaría de la Presidencia del gobierno de Carlos Andrés Pérez (1989- 1993) y ensayista de múltiples trabajos acerca de las relaciones internacionales y el comercio exterior, titulado El Protectorado como eje del nuevo orden internacional.

En solo dos cuartillas relata el drama que vive Venezuela, no como un hecho contrario, avasallador o de imposición imperialista para gestionar el gobierno, el territorio y su economía, sino con la realidad existencial, que se desprende este triangulo.

¡Claro que nos sorprende! porque esta figura, el protectorado, está relacionada con el colonialismo del pasado. Pero lo que plantea Beatrice es que si un pueblo, una nación, un país no está en capacidad de gobernarse en libertad y al propio representa un peligro para el resto de las naciones, por sus implicaciones con el crimen internacional organizado, como es el caso de Venezuela dada su posición estratégica, es obvio que Estados Unidos ejercerá la función de “estado tutelar” con el fin de garantizar la paz interna, regional y el equilibrio geopolítico internacional; generando las condiciones políticas y económicas para que, en libertad y seguridad, los venezolanos asuman nuevamente la gobernanza del Estado de Derecho republicano originado en la voluntad popular expresada en el hecho electoral.

Situación política nacional que, como bien nos recuerda la autora, no había conocido Venezuela desde 1811 cuando nos independizamos de España. Y la pregunta válida que se hace es, si nuestros intelectuales, políticos, empresarios y trabajadores, serán capaces de asumir la realidad de la necesaria presencia de un Estado Protector hasta que se den las condiciones del ejercicio de la plena soberanía. Tal como   asumió el ex Canciller alemán Konrad Adenauer al fin de la Segunda Guerra Mundial, con paciencia e inteligencia, la reconstrucción de Alemania bajo el amparo de los Estados Unidos. Reflexión a la cual me sumo.

Claro, hay diferencias sustanciales entre una y otra circunstancia pero el fondo es el mismo: la recuperación de nuestra historia, la refundación de un país bajo valores humanos sustentados en la libertad y lo que  conlleva para la convivencia humana. En nuestro caso se impone de inmediato la libertad de todos los presos políticos civiles y militares, y la obligación de compensar económicamente el daño causado a las victimas.

Los venezolanos tenemos la tendencia del dejar pasar en cuanto a la administración de justicia se refiere, y ya hemos comenzado a considerar lo que se ha dado en llamar la justicia transicional. Esa es una entelequia originada en Colombia a raíz de la firma de los Acuerdos de Paz firmados en Cuba entre comandantes de las guerrillas y el gobierno de Juan Manuel Santos, que muy mal terminó.

Para que Venezuela se reconstruya la venganza debe ser eliminada de nuestro vocabulario y pensamiento; pero se debe ejercer y aplicar la justicia a quienes violaron los derechos humanos y cometieron crímenes de lesa humanidad, para no volver a repetir el bochorno existencial que significó la tiranía iniciada por Hugo Chávez y continuada por quienes hoy continúan ejerciendo el poder público en Venezuela, no obstante la invalorable presencia tutelar del país liberador, al cual invitamos a profundizar y neutralizar las fuerzas adversas

Recomiendo la lectura del conciso ensayo de la doctora Rangel Mantilla, publicado en Los Papeles del CREM, el pasado 19 de enero.

 

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