Aquí y ahora, Venezuela.
Hablar de la identidad del venezolano es hablar de un ser en permanente construcción. No somos una casualidad histórica ni un accidente cultural: somos el resultado de encuentros, rupturas, luchas y reinvenciones constantes. Aquí y ahora, Venezuela exige que nos preguntemos no solo de dónde venimos, sino en qué nos estamos convirtiendo.
El venezolano nace de una mezcla profunda: pueblos originarios con sentido de comunidad y respeto por la tierra; la herencia africana, marcada por la resistencia y la alegría como forma de supervivencia; y la impronta europea, con sus estructuras, contradicciones y aspiraciones de poder. De ese cruce surgió un carácter particular: creativo, adaptable, expresivo, profundamente humano.
La historia nos muestra a un venezolano capaz de levantarse frente a la adversidad. Fuimos un pueblo que se atrevió a soñar la independencia cuando parecía imposible; que convirtió la palabra libertad en causa colectiva; que entendió la solidaridad no como discurso, sino como práctica cotidiana. El venezolano histórico fue campesino, obrero, estudiante, soldado y maestro, con un fuerte sentido de pertenencia a su tierra y a su gente.
Durante buena parte del siglo XX, la identidad venezolana se asoció al progreso, a la movilidad social y a la esperanza. Éramos un país que abría sus puertas, que recibía migrantes y los hacía parte de su familia nacional. La hospitalidad, el humor incluso en tiempos difíciles, la música, la celebración de la vida y la confianza en el “mañana será mejor” se convirtieron en sellos de nuestra forma de ser.
Hoy, la realidad nos confronta. La migración masiva, la crisis económica y la fragmentación social han puesto a prueba esa identidad. El venezolano actual carga ausencias, duelos, cansancio; vive entre la nostalgia de lo que fue y la incertidumbre de lo que será. Sin embargo, incluso en este contexto, persiste algo esencial: la capacidad de resistir sin perder del todo la ternura la bondad.
Aquí y ahora, el venezolano se redefine. Ya no solo es el que permanece, sino también el que se va; no solo el que sobrevive, sino el que aprende a comenzar de nuevo en cualquier lugar del mundo. El resiliente, el que resuelve, el que se las inventa.
Nuestra identidad se ha vuelto transnacional, pero no ha dejado de ser profundamente venezolana. Donde hay un venezolano, hay memoria, hay relato, hay raíz.
La pregunta no es si hemos cambiado —porque toda identidad viva lo hace—, sino qué valores decidimos conservar. La empatía, la solidaridad, el respeto, la dignidad y el sentido de comunidad no pueden ser víctimas colaterales de las crisis. La historia nos recuerda que el venezolano florece cuando se reconoce en el otro, cuando se sabe parte de algo más grande que sí mismo.
Aquí y ahora, Venezuela necesita que volvamos a mirarnos como personas antes que como cifras, bandos o etiquetas. La identidad del venezolano no está perdida: está siendo puesta a prueba. Y de cómo respondamos dependerá no solo el país que somos, sino el que seremos capaces de reconstruir.
@JannethTex – janneth88.j@gmail.com – Miembro de la Academia de la Lengua Española Capitulo Anzoátegui – Periodista – Profesora de Literatura.

