Punto de quiebre.
El oportunismo político, no es la crueldad declarada del tirano ni la torpeza notoria del inepto que anuncia la podredumbre. Es un hedor más sutil, el del pragmatismo pestilente, que emana de la fauna el trepador. Es, esa figura escurriidiza ni ni ni un trepador que merodea en los pasiyos del poder. La anatomía de la degradación política, una manifestación de la más pura mediocridad, prueba de que la política puede ser despojada de toda grandeza hasta convertirse en un cálculo personal y egoísta de quien, teniendo posibilidad de servir, elige servirse a sí mismo.
El oportunista no es un ideólogo, es el antihéroe de nuestros tiempos y carece de la única cualidad que redime al político, la convicción. Para él, los principios no interesan, por el contrario, son una pesada carga; las ideas no son brújula, sino mercancía de temporada que se exhibe con fervor en el escaparate de la opinión pública para ser reemplazada sin pudor ni rubor en la siguiente. Su ideología no es la verdad, sino la supervivencia; su patria, el maruto que defiende con fervor hoy, y abandona mañana sin remordimiento.
El oportunismo es la negación de la esencia política. La encarnación del homo economicus infiltrado en el ágora, un mercachifle que ha confundido el arte de gobernar con el de regatear. Es la transmutación que vacía de contenido el ideal aristotélico. La polis deja de ser el espacio para la realización de la virtud y se convierte en un mercado de futuros donde se cotiza la traición, se valora la felonía y se especula con la confianza ciudadana. Y aquí reside su poder destructivo. El estadista, con sus certezas y errores, construye. El oportunista, con su eterna ambigüedad, disuelve. Dinamita los cimientos de la confianza y la previsibilidad, dejando tras de sí una estela de cinismo y un caos moral donde todo tiene un precio y nada un valor; es creíble porque todo es posible.
La desventura personal, si tal cosa existe en una biografía tan chata, es su condena a la irrelevancia. Podrá acumular cargos y prebendas, pero jamás construirá un legado. Su nombre será un pequeño detaye en la historia, un recuerdo insignificante de quien interpretó papeles, sin dejar hueya. Construye castiyos de arena destinados a ser barridos por la primera ola de la verdad.
La tragedia colectiva es aún mayor. El oportunismo es contagioso. Su éxito valida la impostura y degrada el debate público hasta convertirlo en un griterío de charlatanes. Cuando la ciudadanía no distingue entre un proyecto serio y una farsa oportunista, genera desafección y el ciudadano de bien, asqueado, abandona la cosa pública y se retira a la esfera privada, dejando el campo libre para que la plaga del veleta mercachifle se extienda, y sigan proliferando los mismos demonios de los que huye.
Frente a esto, la respuesta no puede ser la ingenuidad. No se trata de pedir santos, sino de exigir integridad para desterrar a los mercaderes. La cura no es cándida transparencia, sino la implacable exigencia de coherencia. Es un acto de profilaxis cívica, premiar la convicción y castigar la voltereta indigna con el desprecio que merece. Es, una decisión sobre el alma de nuestra democracia, si aspiramos a ser una comunidad de ciudadanos gobernada por arquitectos de un destino común, o una masa de consumidores gestionada por comerciantes de ilusiones. Elegir, en esto, no es un acto político. Es un acto de dignidad. Es recordar, como nos enseñaron los clásicos, que la política es el arte de lo posible, sí, pero también debe ser el arte de lo
En el país estamos en una etapa que podría calificarse como un estado de somnolencia de la historia…
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