Venezuela no necesita héroes ni salvadores. Lo que urge es la construcción de alianzas internas sólidas, coordinación estratégica y acuerdos que permitan transitar hacia la república sin depender de soluciones mágicas.
1. El mito del Libertador
En Venezuela se ha instalado una tentación persistente: creer que la salida a la crisis depende de un salvador providencial. Esa narrativa, heredera de mitos fundacionales y reavivada por el chavismo como culto religioso, sigue contaminando la oposición. El resultado es el mismo: líderes que se creen redentores y terminan aislados, porque sustituyen la política por decretos mágicos y la negociación por la ilusión de borrar al adversario.
2. Abril de 2002: La lección pendiente
La experiencia del 2002 ilustra la fragilidad del mesianismo. Pedro Carmona creyó que podía refundar la república en un acto de prestidigitación: destituyó poderes, cambió el nombre del país y redujo la pluralidad a su círculo. Contaba con militares, empresarios, sindicalistas, la iglesia, partidos y medios. Tenía el respaldo de una movilización multitudinaria. Sin embargo, jugó solo con los suyos y solo se quedó. El régimen volvió con mayor fuerza y el país aprendió, con dolor, que al otro no se le elimina por decreto.
3. El regreso del pensamiento mágico
Hoy, dos décadas después, persisten variantes del mismo pensamiento mágico. Hay quienes viven de promover el odio en programas y redes, imaginando que una intervención extranjera resolverá el conflicto y nos devolverá a los años setenta del siglo pasado. Otros reducen la política a la caricatura de “buenos contra malos”, incapaces de comprender la densidad de una sociedad descoyuntada, oprimida, torturada, esperanzada, resistente, dolida, atravesada por intereses opuestos, por miedos con sangre y las contradicciones dibujadas en los rostros minados por la angustia.
La oposición misma se engaña con campañas heroicas que prometen liberar a Venezuela, Cuba y Nicaragua en una misma jugada; esto es mesianismo puro y duro.
4. Un escenario mucho más complejo
El presente es más complejo que el 2002. Ahora existe un presidente electo reconocido por la mayoría ciudadana y el mundo internacional. Sin embargo, el régimen se sostiene con barriles de petróleo, alianzas de empresarios poderosos, militares corrompidos, redes de narcotráfico e irregulares armados. Controla a millones mediante dispositivos de vigilancia y castigo como los CLAP, perfeccionados con asesoría cubana, rusa e iraní. Y se beneficia de universidades, partidos, gremios e instituciones atrapadas en la confusión, donde algunos aún confunden paz con complacencia.
5. Tres razones contra el mesianismo
Frente a este escenario, insistir en soluciones mesiánicas es un suicidio colectivo. La política democrática no se funda en el sacrificio ritual del enemigo, sino en la capacidad de pactar con quienes piensan distinto. El adversario no desaparece: se lo integra en un marco de reglas. Esa es la lección que nos negamos a aprender.
La pretensión de validez de esta afirmación se apoya en tres razones sólidas. Primero, la evidencia histórica muestra que las salidas basadas en gestos heroicos terminan en aislamiento y represión. Segundo, la estructura actual de poder exige compromisos creíbles con empresarios, mandos militares y actores sociales que hoy sostienen al régimen, pues solo con incentivos claros pueden aceptar una transición. Y tercero, los arreglos cooperativos son más estables que las soluciones violentas: diseñar garantías y fases verificables asegura un equilibrio político menos frágil.
6. Pactos difíciles, no atajos mágicos
Los atajos no solo son ilusorios; también son riesgosos. La posibilidad de una intervención externa responde a intereses de potencias como Estados Unidos y está fuera del control de los venezolanos. Por ello, la única capacidad tangible que tenemos es reforzar la alianza y la cooperación entre quienes queremos reconstruir el país, diseñando acuerdos internos sólidos y sostenibles.
Un nuevo mesías opositor acabaría reproduciendo la misma lógica autoritaria que decimos combatir. Lo que se requiere es un pacto amplio, doloroso y difícil, que se concrete en el momento estratégico, cuando el madurismo se encuentre debilitado por las tensiones internas, las fracturas en sus redes de poder, la movilización popular sostenida y, de manera fundamental, decisiva, la presión y vigilancia de la comunidad internacional. No estamos aún en esa coyuntura, pero sí transitando hacia ella.
Hoy, la prioridad, urgente, es consolidar a la oposición: fortalecer liderazgos, coordinación y confianza entre actores diversos, de modo que estén listos para negociar con eficacia y sostener acuerdos duraderos. Este pacto debe involucrar a empresarios, trabajadores, universidades, iglesias, organizaciones sociales y militares, cuidadosamente secuenciado y sentando las bases para reconstruir justicia y república. No se trata de un acuerdo subordinado a lo electoral, sino de un pacto de largo aliento, con densidad teórica y visión estratégica, cuya columna vertebral sea una democracia sin apellido, con un horizonte claro y definido, pavimentado mediante coaliciones sólidas, alianzas multisectoriales, participación policlasista y pluralidad ideológica.
7. Política adulta: Instrumentos de paz
Renunciar al mesianismo no significa rendirse: es aceptar que la única salida realista y legítima es la política entendida como negociación estratégica entre adversarios, incluso frente a un régimen delincuencial. La paz no es sumisión; es acción consciente. San Francisco de Asís confrontó a su propia orden para garantizar que la congregación actuara con coherencia respecto a su misión. Ser instrumento de paz implica enfrentar con firmeza, tomar decisiones difíciles y, al mismo tiempo, construir acuerdos que eviten un derramamiento innecesario de sangre, asegurando que la república sobreviva más allá de cualquier liderazgo.
El futuro de Venezuela se construirá con pactos estratégicos, imperfectos pero efectivos, que hagan posible una transición real y estable, resultado de la capacidad de los venezolanos de coordinarse, negociar y tejer compromisos duraderos.Es la hora de la patria.
Profesor universitario

