La película “Rugido de Ratón” (“The Mouse That Roared”) es una comedia británica de 1959 dirigida por Jack Arnold y protagonizada por el genial Peter Sellers. Basada en la novela homónima de Leonard Wibberley, es una sátira política y social que se volvió un clásico por su humor absurdo y, sobre todo, por el extraordinario trabajo actoral de Sellers, quien interpreta tres papeles distintos.
La historia transcurre en el diminuto y ficticio ducado europeo de Gran Fenwick, un país tan pequeño que apenas aparece en los mapas. Enfrentando la bancarrota tras la caída de las ventas de su única exportación, el vino, el gobierno decide iniciar una guerra contra Estados Unidos con la esperanza de perder rápidamente y recibir ayuda económica. Algo parecido al “Plan Marshall”, es decir, la ayuda que ese país dio a Alemania después de la II Guerra Mundial, y la que ha dado en otros casos a los países derrotados. Sin embargo, el plan da un giro inesperado cuando, accidentalmente, logran conquistar Nueva York y se apoderan de la “Q-bomb”, una poderosa arma nuclear. Esta absurda victoria desencadena una serie de situaciones cómicas y críticas al absurdo de la política internacional.
El actor británico Peter Sellers interpreta a 3 personajes distintos: La Gran Duquesa Gloriana XII, excéntrica y carismática gobernante del país; al Primer Ministro, un político astuto y algo torpe; y al líder militar, ingenuo y bienintencionado.
Este “Rugido de Ratón” moderno que se desarrolla en aguas del Mar Caribe tiene una particularidad: el país pequeño amenaza al grande con armas (los aviones F-16) que éste le vendió una vez. Es como quien vende a un malandro el revólver que utilizará mañana para atracarlo, y con esta comparación no estoy afirmando que el comprador era entonces, o lo es ahora, un delincuente. Y, por supuesto, la compraventa ocurrió en otros tiempos, cuando las relaciones entre ambos (vendedor y comprador) eran mejores que ahora, cuando, según alega el país vendedor, el comprador se ha convertido en una amenaza para su seguridad, al auspiciar o tolerar las operaciones en su territorio de narcotraficantes.
Sería utópico pensar que nuestra fuerza armada pueda aventurarse a algo tan estrambótico como una invasión a Nueva York, pero ya lo han hecho, y no sólo Nueva York sino el mundo entero, las bandas delictivas que se aprovechan del vicio ajeno para alcanzar un poder otrora inimaginable. Y en esto de “aprovechar el vicio ajeno”, recordemos que un célebre narcotraficante sentenció que “ellos no venderían drogas si no hubiera quien las consumiese”, achacando la culpa a sus clientes, habitantes del país “amenazado en su seguridad” y que ahora desplaza su poder naval y aéreo para evitar el ilegal tráfico.
El señor Trump se ha abrogado la potestad de decidir quién navega y quién no por nuestro mar y, sin previo juicio, condena a muerte a cualquier sospechoso. Los medios utilizados se comparan con quien busca una aplanadora para matar a un bachaco, y en esta desigual lucha, los platos rotos los pagan los ciudadanos que, frente a sus costas, ven a toda una flota amenazante, dispuesta a hundir cualquier embarcación que se adentre en el Mar Caribe. En el caso de la nave hundida, lo legal era abordar la lancha, y detener, juzgar, y condenar a los tripulantes, todo según las leyes.
Vidas inocentes de pescadores, o de venezolanos que abandonan el país por tan precaria y peligrosa vía, están en riesgo de terminar con sus huesos en el fondo del mar.

