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Jesús Alberto Castillo: El voto como herejía

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Es comprensible que exista una gran cantidad de venezolanos que exprese su disposición a no votar en el próximo 25 de mayo. No hay garantías de un proceso transparente, el árbitro electoral no es confiable y no se cobró el pasado 28 de julio con Edmundo González. Hasta allí el asunto luce lógico. Pues, es natural que la rabia, el desconcierto y la decepción emerjan en la psiquis del electorado.

El asunto se complica cuando se pretende descalificar de traidores a quienes decidieron votar, a pesar de estas adversidades que hemos mencionado. Mucho más cuando se pone como argumento que no debe ir a votar porque así lo dice determinado liderazgo. Hasta el punto de que si ese mesías dice que hay que votar, entonces hay que obedecerlo porque él sabe muy bien lo que está haciendo con el país. Por tanto, hay que sentarse en las gradas a esperar que se produzca la salida del régimen, la cual supuestamente está muy cerca.

Pensar así es pura ilusión porque en política hay que actuar con la cabeza fría y los pies en la tierra. Los cambios no se producen mirando desde las gradas o esperando que otros actúen por nosotros. Descalificar a quienes creen en la fuerza del voto es síntoma de intolerancia, una actitud no cónsona con la de un demócrata. Pareciera que el voto es una herejía y debe llevarse a la hoguera a quienes lo practiquen. Eso sería una verdadero peligro para un pais que busca por cualquier vía salir del grave maleficio al que está sumido.

Así no funciona una sociedad. Estaríamos en presencia de una barbarie donde se impone la guerra de todos contra todos. Ya basta de tanta descalificación e improperios. Los que deseen no participar electoralmente se les respeta su decisión. Ellos tienen argumentos para pensar así. Los que han optado por el voto – me cuento entre ellos – que también se le respete su decisión. Hay razones suficientes para hacerlo. Lo relevante es que se esfume ese fantasma de la Santa Inquisición en nuestro ideario colectivo. Será la historia que se encargue de juzgar quién tenía la razón de los hechos.

 

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