Desde temprana edad, caminó por la vida con aquella cantaleta, según la cual “hay que cambiar la sociedad”.
Pasado un tiempo después de haber ingresado a la “casa de estudios superiores”, aquella simple frase se le convirtió en un motivo para vivir y una obsesión para sublimar otras necesidades.
De la simple consigna recogida del abandono por allí, hizo un programa, una herramienta y hasta fundamento de un procedimiento metodológico que buscaba espacios silenciosos y ocupados por hombres sin rostros ni señales. Allí, sólo los encargados de mover las manijas del mundo conservarían la facultad de hablar.
Una vez propuso, ante una asamblea de delirantes compañeros de sueños, que todos se cortasen las orejas. El apoyo fue unánime, pero pospusieron el acto de la mutilación colectiva para “un momento dado”, por no haber podido resolver el dónde depositar la sangre y las apéndices auditivas; y otro asunto, el cómo evitar el dolor.
En su manera muy objetiva de acercarse al mundo, veía a todos, incluyendo a aquellos que nada tenían que ver con los asuntos del Estado, pero no pertenecían a la divina patota, en rincones oscuros y malolientes. Generalmente los percibía sacando cuentas y en reuniones cavernosas con demonios de aliento fétido. Nunca los vio emiten ni siquiera un minúsculo rayo de luz. Siempre se le presentaban como cuerpos opacos, imágenes difusas. Cuando pudo y quiso, pese a su tenaz resistencia y natural rechazo, entrar con derecho en aquellos recintos que le producían náuseas, pero donde -¡al fin pudo entenderlo!- se decidieron cuestiones que le interesaban “para cambiar la sociedad”, llevó toda su luz. Creyó alumbrar cada rincón y ver la intimidad en cada subterfugio.
– “ Ahora todo será distinto. Las parias de la vida, guiados por esta aureola que me rodea, ocuparán cada rincón; cambiaremos todo y la vida transcurrirá con alegría.”
Dijo aquel discurso sin respirar y, al final, su luz, antes intensa, casi se había desvanecido.
Cuando se sentó en el puesto que le asignaron, estaba radiante. Luces de todos los colores emergían de su cuerpo. Miró alrededor suyo y creyó ver sólo figuras humanas oscuras, negras y grisáceas. Los habitantes de aquellos cuerpos, cansados y fríos, estaban sorprendidos y enceguecidos por la luz del recién llegado.
Le rodearon en silencio; por largo rato esperandoon que su palabra les alumbrase y pudiesen ellos rebotar aquella luz hacia todos los rincones.
Cansado de esperar, uno de ellos, el más joven de todos, se atrevió a hablar y, con voz susurrante, como en tono de súplica, le dijo:
– “¡ Díganos usted las buenas nuevas !”
El “iluminado” volteó con indulgencia hacia quien le habló y respondió:
-“¡Di tú primero! Pues yo vine aquí a cambiarlo todo y, nada más que con llevarles la contraria, haré que esta aureola mía se difunda hasta alcanzarlos; y vendrán los emisarios divinos a ordenarlo todo; los ríos padres se saldrán de cauce y arrastrarán todo el estiércol. Nosotros, más los dioses que habitan en los ríos padres y, quienes, con humildad, sin rostro ni palabra, se acomoden al orden nuevo y aborden el carrusel, sólo quedaremos.”
El mundo siguió andando y todas las pilas se secaron.

