Hace pocas semanas explorábamos en un artículo la importancia de entender las dinámicas de ese fenómeno tan común en la Venezuela de nuestros días como es la crónica incertidumbre, y sus frecuentes acompañantes de ansiedad, angustia e incomodidad psicológica ante el devenir incierto tanto del presente como de las realidades por venir.
Entender cómo funciona la incertidumbre es un paso necesario para poder gerenciarla a nuestro favor, y para resistir sus embates, mitigar sus efectos y aprender a transformar las adversidades del entorno en oportunidades de crecimiento.
En este proceso de entender y gerenciar la incertidumbre, el tempranamente fallecido papa Francisco nos ha ayudado, como en muchas otras áreas, ofreciendo palabras de reflexión y análisis para afrontar tales situaciones.
En varios de sus discursos y homilías, Francisco recuerda que la incertidumbre es parte de la vida, es una experiencia humana común, y nos anima a no tener miedo ante lo desconocido, recordando la presencia constante de Dios en nuestras vidas: «El Señor sabe que una opción fundamental de vida requiere valentía. Él conoce las preguntas, las dudas y las dificultades que agitan la barca de nuestro corazón, y por eso nos asegura: No tengas miedo, ¡yo estoy contigo!» (Mensaje para la Jornada Mundial de las Vocaciones, 2020).
En otra oportunidad, el Papa subraya la importancia de la virtud de la esperanza como un ancla en medio de la confusión y la falta de certeza sobre lo que nos rodea: «La esperanza es la virtud de quien, enfrentando dificultades, sabe ponerse en camino con confianza en el Señor.» (Encíclica Lumen Fidei, 2015, num 53.). Pero la esperanza como herramienta ante la incertidumbre sólo es posible si se entiende a qué nos referimos con ella.
Algunas personas conciben la esperanza como la confianza en que ocurrirá o se logrará lo que se desea. Es esperar que pase lo que se quiere. Sin embargo, desde una acepción mucho más activa, la esperanza es una virtud que se construye, una virtud mediante la cual la persona pasa de la situación pasiva de “suceder” a la condición activa de “existir”. Siguiendo a Tomás de Aquino, la esperanza es lo que anima, y por tanto es inseparable de la acción.
Solía decir Václav Havel que la esperanza no es lo mismo que optimismo. No es la creencia que algo saldrá bien, sino la certeza de que algo tiene sentido y que vale la pena luchar por él. Por eso la esperanza no es un aguardar pasivo, sino una actitud de construcción, de labrar lo que se busca conseguir, de sembrar lo que se quiere cosechar.
Una esperanza mal entendida, en el sentido de simplemente confiar que las cosas van a cambiar “porque esto no lo aguanta nadie”, o en el sentido mágico optimista de suponer que los cambios que se desean son inevitables, puede ser tan peligroso como inconveniente. Tal postura, en vez de movilizarnos a hacer cada uno su parte para viabilizar y hacer posible los cambios necesarios y así enfrentar a la incertidumbre, puede conducirnos a una actitud pasiva-contemplativa muy alejada de lo que hoy necesitamos.
En una Audiencia General en 2018, Francisco advertía también sobre la tentación de buscar falsas seguridades en momentos de incertidumbre, creando “ídolos” como el poder, el dinero, aferrándose a las siempre peligrosas figuras de líderes políticos carismáticos que proponen irresponsables soluciones mágicas, o refugiándose en sectas y creencias ilusorias sobre el azar y el destino, pero que terminan esclavizando a la persona haciéndola cada vez más dependiente y manipulable: «La naturaleza humana, para escapar de la precariedad… si Dios no aparece, nos hacemos un Dios a medida.»
La recurrencia a toda esta amplia gama de “ídolos” termina a la larga por conformar en algunas personas un piso psicológico-actitudinal altamente peligroso, sobre el cual se instalan conceptos como que la responsabilidad de lo que pase está fuera de la persona, que lo que le ocurre no obedece a ellos sino a factores externos y que, por tanto, organizarse, coordinar esfuerzos con otros o luchar por sus derechos puede ser percibido como inútil porque no hay relación causal anímica ni cognitiva entre su acción y lo que le pasa. Sobre este piso, la predisposición actitudinal a caer en episodios de resignación o a aceptar soluciones mesiánicas y fórmulas simplistas para resolver los problemas, es siempre un peligro latente.
Siguiendo con las sabias reflexiones de Francisco sobre la necesaria e inteligente postura ante la incertidumbre, en su encíclica Fratelli Tutti, el Papa destaca la importancia de construir comunidad, del apoyo mutuo y de «soñar juntos» para no caer en espejismos y construir un futuro mejor para todos: «Nadie puede pelear la vida aisladamente. […] Se necesita una comunidad que nos sostenga, que nos ayude y en la que nos ayudemos unos a otros a mirar hacia delante.» (Fratelli Tutti, 2020, num 8). De hecho, y a propósito de la afirmación de Francisco, uno de los riesgos de la ansiedad que genera la incertidumbre es la tentación de buscar respuestas individuales a situaciones que requieren esfuerzos colectivos para su superación. El encerrarnos sobre nosotros mismos, sin ver más allá de nuestra propia angustia y nuestra particular interpretación sobre lo que nos rodea, suele con frecuencia conducir sólo al desanimo y a la creencia falsa que la realidad es inmutable e impermeable a nuestras acciones y conductas.
En muchas de sus reflexiones, Francisco aborda la incertidumbre como una realidad humana que no debe paralizarnos. Nos sugiere que los momentos de incertidumbre pueden ser oportunidades para un crecimiento personal, para cuestionar nuestras seguridades y para depositar una mayor confianza en Dios y en las demás personas.
Cuando las sombras de la incertidumbre amenacen con nublar nuestra percepción y nuestro ánimo, los sabios consejos de Francisco pueden ayudarnos a arrojar luces sobre la a veces artificial oscuridad, que suele beneficiar sólo a quienes la generan.
@angeloropeza182

