Los controvertidos años 60 se despedían con la llegada del hombre a la luna y el furor musical de Los Beatles en millones de jóvenes de nuestro planeta. Moría una década y nacía la televisión a color. Para ese entonces era un niño de 4 años en plena orfandad e inocente de esos grandes acontecimientos mundiales. Mi hermana Celenia, ya mayor de edad, me inscribía en el jardín de infancia «Estado Lara», frente al histórico cuartel de cazadores «Manuel Cedeño» de la calle Arismendi en Cumaná.
Recuerdo que la primera vez que fui a ese lugar sentí que me arrancaban de mi hogar. Lloré muchísimo y no quería despegarme de los brazos de mi hermana, cuyo rostro también estaba lloroso. Pero, luego me fui adaptando gracias al cariño y a las dulces palabras de mi maestra, junto a los maravillosos juegos con mis compañeros de curso. Pasábamos todo el día en ese maravilloso recinto escuchando cuentos infantiles, jugando con plastilinas, pintando y disfrutando de los pintorescos títeres. Era un mundo de sueños y aprendizaje de mis primeras letras.
Lo que más me llamaba la atención de mi kindergarten o, simplemente, kínder – así se le decía a la educación preescolar de mi época – era ese gran letrero en la entrada que decía «Estado Lara». Creía que al traspasar la puerta estaba entrando a otra entidad de Venezuela, a ese estado cuya capital es Barquisimeto. Me sentía inmenso, impetuoso y con ganas de seguir conociendo a mi querido país. Luego, la frondosa mata de maco, ubicada en el amplio patio donde corríamos alegremente, me devolvía a la realidad de que seguía en la apretujada Cumaná, esa ciudad preñada de sueños, pero incapaz de desplegar todo su potencial al resto de la comunidad nacional. Sólo se conocía por la hazaña deportiva de Francisco «Morochito» Rodríguez en las olimpiadas de México’68 al convertirse en el primer venezolano en ganar una presea dorada.
Sí, mi infancia en el «Estado Lara» fue maravillosa. Recibí con renovada inocencia la llegada de la década del 70 y me volqué con imaginación hacia los nuevos cambios que se abrían a mi paso. ¡Qué gratos recuerdos en mi jardín de infancia! En la temporada de lluvia, las aguas se oían caer en el inmenso techo de asbesto y un olor a tierra mojada impregnaba el recinto. Las cocoras o chicharras se alegraba y cantábamos al coro: ¡Que llueva, que llueva, la vieja está en la cueva. Los pajaritos cantan y la vieja se levanta! Éramos una chiquillada feliz e inocente de todos los acontecimientos del duro trajinar de la vida.
Al terminar la jornada escolar volvíamos a la realidad de nuestros hogares golpeados por la estrechez económica pero, colmada de grandes principios éticos y morales. Regresaba lleno de ilusión en una moto que conducía diestramente el señor «Pango» – no recuerdo su nombre de pila – vecino de mi familia en la Quinta Calle del Barrio Venezuela, esa populosa comunidad que me vio nacer y sigue en pie de lucha en el devenir cumanés. Aferrado a la espalda de «Pango» respiraba el fresco aire que golpeaba mi frente, montado sobre el vehículo de dos ruedas. Una sensación maravillosa embriagaba mi alma cada vez que pasábamos por la redoma El indio, hoy mudada a las afueras de la ciudad, y dábamos el giro hacia la izquierda rumbo a nuestro maravilloso hogar. Apenas el asfalto comenzaba a llegar a la naciente avenida Panamericana para sumergirnos en el avance y crecimiento urbano de la ciudad.
Esos fueron mis maravillosos tiempos en el jardín de infancia «Estado Lara». Hoy los años han cambiado su colonial fachada. Se muestra más moderna, vestida de color azul y el atractivo letrero desapareció para dar paso a uno más reducido. Sus instalaciones son compartidas con una institución dedicada a la atenci5de niños, niñas y adolescentes. Pero allí siguen intactos mis recuerdos infantiles cada vez que paso frente a su fachada. Generalmente, lo hago como transeúnte en mi apresurada marcha a los programas de entrevista que me invitan en un conocido canal televisivo ubicado en las Cuatro Esquinas de Cumaná. ¡Dios siga bendiciendo al «Estado Lara» y su entusiasta chiquillada que se da cita en su interior para hacer volar sus sueños y creatividad!
Politólogo, periodista, abogado y profesor de la UDO-Sucre.

