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Román Ibarra: Cuando el futuro nos alcance

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Sorprende la vida cotidiana por la velocidad de vértigo en que transcurre. La sucesión de acontecimientos políticos; sociales, y económicos en sociedades gobernadas por pensamiento y orientaciones diversas, y contradictorias, terminan en el desencuentro imperecedero, sin soluciones globales, y dejando a los ciudadanos –siempre expectantes- muchas veces sin esperanza, o peor aún, llenos de frustraciones recurrentes.

Así camina el mundo de hoy, en medio del intento de la imposición de agendas cada vez más alejadas del sentir, y las necesidades de la  gente común, para favorecer intereses de grupos, cuya apuesta, nada tiene que ver con la realización de los valores tradicionales de la ciudadanía, sino el control del poder para ejercer dominio y asegurarse tanto como  sea posible, la dependencia del votante en espacios democráticos, y/o la sumisión de la gente en sociedades autocráticas; autoritarias, o dictatoriales.

Lo cierto es que no existe en el mundo actual, el país en el que estén cubiertas y satisfechas las expectativas de sus ciudadanos a plenitud. No hay sociedad ideal; sin contradicciones permanentes, pero es obvio que existen formaciones estatales en las que el marco constitucional permite la coexistencia pacífica, y la experiencia institucional que logra dirimir a cabalidad los conflictos en medio de la paz social.

En nuestros países subdesarrollados, como el caso venezolano, resulta lacerante que en lugar de avanzar, siempre estamos en medio de una asfixia que impide la planificación de un plan estratégico a largo plazo. No, el nuestro es un caso triste y lamentable, dentro del cual, hay un péndulo polarizante que no ve mecanismos intermedios que auspicien salidas, no perfectas, pero si buenas para todos, y perfectibles en el tiempo.

Desde la independencia de Estados Unidos hasta el sol de hoy, sigue existiendo la misma Constitución de apenas siete (7) artículos, y 27 enmiendas que han ido recogiendo los avances necesarios de su modelo político a lo largo de su existencia como nación independiente, como parte de un amplio consenso, y lograr con ello la estabilización y convivencia de una inmensa sociedad con base en su carta fundamental, respetada y acatada por todos.

A diferencia de ello, el caso nuestro es dramático en razón de que hemos tenido 25 Constituciones desde nuestra independencia, renglón dentro del cual, solo nos gana Haití con 26 Constituciones, hoy una de las naciones más pobres, y peor dirigidas del mundo. De manera que si se tratara de incrementar el número de Cartas Magnas para ¨garantizar¨ la estabilidad, seríamos junto con Haití, campeones mundiales. Nada más equivocado, y falso que eso.

La última, la Bolivariana, a pesar de haber sido aprobada bajo sus designios de manera tumultuaria, y no por consenso entre las distintas fuerzas políticas, se ha convertido en una camisa de fuerza, y por ello, ya se le está promoviendo desde el gobierno de facto, una reforma con la intención de crear un Estado Comunal, a imagen y semejanza de sus aliados, y padrinos de Cuba. Una sociedad controlada por el puño de hierro de la fusión  Estado-Partido-Gobierno de la alianza militar-cívico, y con ello aplastar cualquier disidencia posible.

 

Para ello han diseñado, a partir del robo de las elecciones del 28J, una estrategia abusiva y ventajista –una vez más-, para con ello potenciar la rabia, y la división de los factores opositores, y alcanzar su objetivo más productivo en lo político, empujando a la abstención; mecanismo que termina por ser –hasta ahora- la esencia de la actuación del liderazgo opositor, sin medir que las consecuencias de ello harán desaparecer a la mayoría política del país de las instituciones decisivas en el desarrollo del sistema político, y eventualmente, languidecer incluso el liderazgo conquistado en esa titánica lucha de lo que fue la campaña electoral presidencial.

Hasta el presente, no se ha atendido el reclamo de buena parte de la sociedad preocupada por el futuro del país, por la constitución de un equipo político-social, que potencie el trabajo de Edmundo González Urrutia (en el exilio), y de Ma. Corina Machado (en la clandestinidad), y convenza a dirigentes; aliados, y gente común acerca de la necesidad de continuar la lucha en el ámbito electoral, y con ello, propinar una nueva derrota a quienes usurpan el poder en Venezuela.

Es urgente sacudirse el enfado, y administrar la realidad que subyace en el hecho de que la dictadura hará las elecciones, con o sin oposición, y avanzar cada vez más hacia su sueño más largamente acariciado, de construir su verdadera vocación totalitaria.

Depende de la inteligencia de los distintos factores de oposición para construir una alianza sólida que impida la intención arbitraria de los dictadores, de perpetuarse en el poder.

Las sanciones promovidas por gobiernos aliados de la causa democrática pueden producir más dolor a la gente que al dictador y su claque. Más, y mejor harían si con la ayuda del sistema financiero mundial, ubican y confiscan las inmensas fortunas que se está intentando lavar en el mundo, a través de la compra de fincas de lujo; naves y aeronaves; cuentas bancarias archimillonarias; casas de lujo; empresas, tanto en Estados Unidos; como en Europa, y paraísos fiscales del Caribe, entre otros.

Es necesario insistir en la necesidad de competir y convertir esa lucha en la reivindicación del 28J, y una nueva paliza electoral contra la dictadura, antes de que el futuro, no rojo, sino negro, nos alcance.

@romanibarra

 

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