Es posible que muchos no sepan quién es Milovan Djilas en este nuevo siglo. Sin embargo, para los estudiosos de la Ciencia Política este personaje de origen montenegrino es muy célebre por sus severas críticas al sistema político adoptado por la extinta Yugoslavia y el resto de los países del bloque soviético. Precisamente, después de ser un destacado combatiente revolucionario y estrecho colaborador de Tito, mandatario de Yugoslavia, se convirtió en acérrimo cuestionador de las distorsiones de su gobierno que permitió el surgimiento de una burocracia comunista con elevados privilegios en detrimento de las condiciones de vida de la población. Situación que era semejante en la Unión Soviética y sus países satélites.
Djilas, cuan agudo político y escritor, desnudó abiertamente las desigualdades sociales, represión y cuadro de miseria, promovidos por un modelo político que se vendía ante los ojos del mundo como símbolo de redención humana, justicia social y bienestar colectivo. En la práctica estaba muy distante de los ideales que promovían sus principales figuras, influenciadas por el marxismo leninismo. El agudo intelectual montenegrino cayó en desgracia y encarcelado por sus propios camaradas al denunciar las malas prácticas y grandes fortunas de la élite gubernamental. “La nueva clase”, publicada en 1957, se convirtió en un verdadero Best Seller que aborda crudamente la existencia de una jerarquía burocrática que se aprovechaba de la administración del Estado para obtener ventajas y privilegios que estaban fuera del proletariado.
Este cuerpo dirigencial del Estado, proveniente de la dirigencia revolucionaria, se convertiría en una nueva clase que aplicaría todo tipo de técnicas para perpetuarse en el poder. Desde sofisticados me mecanismos propagandísticos: purgas internas, encarcelamiento, pensamiento único, control social, férrea censura de la prensa, uso desmedido de la fuerza contra la disidencia y control absoluto de la economía. Todo un juego perverso que atenta contra las más loables condiciones humanas, libertades públicas, convivencia democrática y progreso económico.
Los desmanes expuestos por Djilas a finales de los 50 del siglo pasado siguen vigentes en regímenes que proclaman la revolución de los pueblos, verbigracia, el imperante en Venezuela. Es una élite política indolente ante los verdaderos problemas de la gente, ineficiente para garantizar los servicios públicos, sustentador de salarios de hambre, de carácter represivo e inquisidor, fabricante de pobreza y saqueador de las riquezas nacionales. Una especie de élite, conformada por trasnochados revolucionarios y jerarcas militares, reproductora de una ideología que refuerza entre sus seguidores al “Nuevo hombre”, emblema de conformismo, pereza, ignorancia, mesianismo y delación.
Esta “Nueva clase” en Venezuela, aunque se escuda de un discurso nacionalista, es entreguista y genuflexa con actores foráneos. No es casual la presencia de agentes extranjeros, provenientes de regímenes marxistas y totalitarios, en los cargos claves del Estado para consolidar la hegemonía política. Es responsabilidad, entonces, de los ciudadanos críticos asumir una visión real de este fenómeno en el país para enfrentar con inteligencia y pensamiento estratégico las aberraciones de un modelo que ofreció un paraíso en la tierra a los decamisados y, contrariamente, los ha condenado a un mar de sufrimiento.

