Luego de desearles a todos los que viven en el país o forman parte de la inmensa legión de la diáspora venezolana unas felices fiestas de fin de año y que el año que viene sea el esperado fin de la opresión que domina la historia presente de nuestro país, nos permitimos terminar el balance del año que hemos venido haciendo en los dos últimos editoriales de este boletín, hoy quincenal.
Desde nuestra particular perspectiva lo más destacable del año en lo que corresponde al entorno dentro del cual se mueve la educación nacional, son los resultados del 28j, su desarrollo como campaña electoral francamente desfavorable a la opción de probó ganar la elección presidencial, por un margen que solo una proto-dictadura puede desconocer. Despreciando la opinión de los organismos internacionales y la inmensa mayoría de las democracias instaladas en el mundo. Castigando el triunfo opositor con una oleada de terrorismo de estado, cuando no existió conflicto armado o desbocada insurrección popular, que pocas veces ha conocido la historia democrática del país. Trágico colofón de un intento de combinar un populismo de izquierda, con medidas económicas de derecha, ahogando el presente y futuro de la clase trabajadora dentro de lo que hemos llamado “Economía Chevron”. Se han empantanado las relaciones económicas y políticas del país con circuitos internacionales extremamente alejados de las reglas de la convivencia democrática, aislándolo de la prosperidad que anuncia la revolución tecnológica en curso. Se ha atascado al país en una ilusión militarista que nos descoloca ante el progreso social democrático, ese que está posibilitando la justa inclusión de las masas en el progreso sostenido y sustentable del siglo XXI. Ello acompañado de lo que ha sido una constante en la Gestión y la Política Oficial: la explicación de las carencias propias por vías de del supuesto cierre de las fronteras económicas del país por parte del “imperialismo”; cuestión que nos acerca a la manera como se explica en los regímenes dictatoriales que perviven en nuestro continente el contundente fracaso de su política social. Todo lo cual nos lleva a cerrar este intento de caracterizar el momento del entorno dentro del cual se mueve la Educación Nacional como lo propone Andrés Velázquez por TalCual: 2024 termina sin salarios y sin respeto al voto.
Síntesis del año educativo 2024, a manera de resumen del año fiscal educativo que se retrata en el nº 38 (Vol XXXVIII año 2024) de la base de datos de la línea de investigación Memoria Educativa Venezolana y en la cronología siglo XVI-2024 que produce Ramón Uzcátegui Pacheco. Ambos documentos, al igual de la mayor parte de del trabajo que se hace en la Línea de Investigación Memoria Educativa Venezolana pueden ser consultados como servicio público de información de la UCV en la Sala de Lectura “José María Vargas” y en el repositorio SaberUCV , utilizando como patrón de búsqueda en esta segunda opción los nombres de Ramón Uzcategui Pacheco o Luis Bravo Jauregui.
Ha colapsado el país, y en muy buena medida la educación de las mayorías. La escolaridad ha dejado de ser posibilidad cierta de ascenso social, mientras que la emigración compulsiva se ha convertido en la más real de las opciones de mejor vida, vaciando la institucionalidad de los servicios públicos, entre ellos el de educación. Tal cual se diagnosticó e intentó poner remedio proyectivo en los programas electorales (Plan País y Tierra de Gracia) para la transición democrática que ofreció la opción ganadora pero no reconocida, por ahora el 28j y según fue denunciado a la justicia internacional en dos elecciones anteriores.
La cultura pedagógica del país ha sufrido las amargas consecuencias de un colapso de la institucionalidad educativa. Fustigada por un clima de represión física y espiritual al trabajo en educación, criminalizando como traición a la patria la incansable lucha gremial y sindical por mejores condiciones de vida. La lucha por el salario, pese a la absurda represión, ha sido el principal obstáculo que ha tenido el estatus quo en desplegar su perseverante economía política de liquidación de la institucionalidad educativa, combinada con muestras fehacientes de que lo que mejor sabe hacer es gobernar para seguir gobernando, poco más.
Mientras que el signo más elocuente de la manera como se ha caracterizado la educación en este 2024 es funcionar en modo de colapso de la educación básica y universitaria. En tanto que asistimos a un proceso sin límites a la vista, de disminución de los indicadores más claros de la vida pedagógica de un país como el nuestro, que siempre ha colocado a la educación en el centro mismo de sus esperanzas de progreso social y económico. Este año ha terminado de quebrarse la institucionalidad de la educación básica y universitaria, al reducirse hasta el absurdo la Gestión y Política Pública a la pura razón propagandista. Cuando el servicio público de educación básica se ha reducido a los 5 millones quinientos mil alumnos, según lo reconoció el ministro del ramo en un inusitado rapto de sinceridad, cuando la última cifra que reconocía el ministerio y el INE superaba los 8 millones, por supuesto sin que nadie en su sano juicio académico reconocía, dadas las realidades que mostraban los datos elaborados por la academia independiente.
Algo parecido suponemos ocurre en la Educación Universitaria, sin que los ministros habidos hayan dicho algo en contrario a lo que señala la academia pedagógica en la dirección de ubicar la matrícula universitaria a los niveles del año 2002 previos a la destrucción de la información universitaria que supuso la Misión Sucre y la creación de un circuito universitario de gobierno como caja de resonancia de la política oficial. Esa reducción drástica de la función docente acompañada del avance del vaciamiento de talento en la universidad de estado, la institucionalidad que se retrata en la Constitución de 1999, marchan en fiero paralelo al apagamiento institucional de las funciones de investigación y extensión que suele caracterizar la autonomía universitaria que prescriben las constituciones y leyes sectoriales que hemos tenido desde 1959.
El colapso de la educación nacional ha tenido otros caracterizadores principales desde nuestra perspectiva empeñada en explorar las vías para un cambio educativo, en términos democráticos, respetuoso de los imperativos constitucionales como es la ampliación extrema de la brecha de enseñanza aprendizaje que se produce entre la iniciativa oficial y la de administración privada de sesgo elitista. La desalarización del trabajo que expulsa a unos y a otros torna en militantes de la resistencia frente a una política laboral que busca convertir al trabajo en educación en soldadesca “zombie” mediante limosnas de caridad con uña, que más que remunerar el trabajo bien hecho tributan a la imposible lealtad a un estatus quo indiferente a la salud de la vida pedagógica nacional. Cabalga en educación la miseria y el desapego a la tarea cotidiana, al lado de la ilusión por una forma más racional de gobierno educativo. Persiste la claudicación real ante las posibilidades de mejoramiento de la calidad de la educación que ofrece la nueva tecnología educativa, si se incorpora como manda la sensatez curricular que se opone valientemente a la conversión de la calidad de la educación en puro objeto de propaganda.
Revista Nº 1029 Memoria Educativa Venezolana, paso a paso

