Nicolás Maduro endureció la represión y continua con un proceso electoral repleto de irregularidades

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No hace ni un año algunos diplomáticos salían sorprendidos de las reuniones con el núcleo duro del chavismo. Jorge Rodríguez, en nombre de Nicolás Maduro, emitía en esos encuentros a puerta cerrada señales claras de tener la intención de conducir al país hacia una transición democrática. Los presentes conocían de sobra las dobleces con las que se habían manejado en el pasado los herederos políticos de Hugo Chávez, pero ahí estaban ellos sentados en sillas de oficina, incrédulos a veces, sí, eso es innegable, pero en el fondo querían creer y esa sensación resultaba agradable. También más de un presidente extranjero que se había entrevistado en privado con Maduro había tenido la sensación de que algo extraordinario iba a ocurrir en Venezuela: el chavismo parecía dispuesto a celebrar en 2024 unas elecciones competitivas con todas las garantías si le aseguraban que su desalojo del poder sería pacífico.

El hombre que iba a comandar esta mutación sería Rodríguez, presidente de la Asamblea venezolana, psiquiatra, semipoeta y escritor de relatos dark con cierto toque literario. Rodríguez no se comporta como un bárbaro ni usa ropa de deporte. Lleva gafas de pasta, una cabeza bien afeitada y un pañuelo que le asoma por el bolsillo de la americana. No desentonaría en la terraza de un cafecito de París después de haber comprado en una tienda de Chanel. Sin ironía, lo veían como una figura similar a la de Adolfo Suárez, el político proveniente del franquismo que había liderado la transición española hacia la democracia.

Esa misma gente que lo tenía a su lado en esas reuniones en las que se decidía el futuro de Venezuela se quedó asombrada el martes, cuando vieron por televisión a Rodríguez, sudado y alterado, con una pequeña constitución en la mano. No parecía un dirigente conciliador ni tolerante, más bien todo lo contrario. Proponía crear una ley que penalizara con dureza a los traidores a la patria, la losa que caería sobre los opositores y los activistas, a los que se detiene bajo la acusación de terrorismo con pruebas muy endebles. Escuchen bien, dijo, que no vayan a empezar a decir que hay una persecución política, muy por el contrario. En la legislación de cualquier país del mundo, los Estados, los territorios, se protegen de los traidores, de los esquiroles, de los cabezas de playa.

Esas palabras envenenaron aún más el ambiente que rodea las elecciones presidenciales que se celebrarán el 28 de julio. Su hermana Delcy, otra de las figuras fuertes del madurismo, había escrito en redes sociales horas antes que los antichavistas saboteaban el metro de Caracas. ¿La prueba? Un vídeo borroso en blanco y negro de un circuito cerrado de televisión. El asunto fue a más: Maduro acusó a Álvaro Uribe Vélez, el expresidente colombiano, y al opositor Leopoldo López de querer atacar los Estados cercanos de Venezuela. Cuando esos dos terroristas perversos se reúnen es para conspirar. Alerta máxima a toda la Fuerza Armada Nacional Bolivariana, anunció Maduro, que desde principios de año ha denunciado cinco complots para asesinarle, lo que ha derivado en la detención de antichavistas y de académicas como la prestigiosa Rocío San Miguel, experta en el mundo castrense chavista.

Esta arremetida tiene como objetivo último a María Corina Machado, la principal líder de la oposición. La innombrable en los círculos chavistas. Maduro creía que ella no tenía ninguna opción de disputarle el poder en las urnas, pero cambió de opinión cuando vio que arrasó en las primarias de la oposición y que sacaba más de dos millones de personas a la calle. En la mayoría de las encuestas creíbles, ella puntúa por encima de él. Machado recoge más de dos décadas de desgaste chavista, en las que se ha llegado a una crisis económica inaudita en la historia del país. Pero no hay ninguna opción de que Machado pueda competir por una inhabilitación confirmada por el Tribunal Supremo de Justicia, controlado por el chavismo. La idea de Machado, sin embargo, es continuar en la carrera presidencial y forzar al máximo a Maduro, que pagaría un alto coste político por verse retratado como un antidemócrata. Esa percepción que recae sobre ellos les duele especialmente a Rodríguez, en otro tiempo un destacado líder estudiantil, y al fiscal Tarek William Saab, activista en defensa de las víctimas del Caracazo, del 27 de febrero de 1989, cuando se produjeron motines populares por la crisis económica que el Gobierno de entonces reprimió con un alto número de muertos.

Machado tendría la opción de ceder su capital político a otra candidata o candidato que llevara su antorcha y con eso hacerle frente a Maduro, pero el chavismo está cortando de raíz esa posibilidad. Este miércoles, el servicio de inteligencia del Gobierno de Nicolás Maduro, el Sebin, detuvo a Henri Alviárez, cercano colaborador de la aspirante presidencial y número dos de su partido, Vente Venezuela, y a Dignora Hernández, secretaria general de la organización. Las autoridades también emitieron órdenes de captura contra siete destacados integrantes de su equipo, entre ellos Magalli Meda, de quien se decía que podía ser un posible reemplazo de Machado. Esa posibilidad ha quedado fulminada. La percepción general es que esta ola de detenciones y órdenes de capturas no ha hecho más que empezar.

Maduro camina hacia una elección como la que acaba de ganar Vladímir Putin, en la que solo concurrían otros tres candidatos opositores que en realidad no eran más que sus satélites. Pero entre ellos hay importantes diferencias. Sondeos confiables sitúan la popularidad de Putin por encima del 80%, mientras que la de Maduro puede ser cuatro veces menor y hay pruebas de ello. El Gobierno chavista organizó un referéndum en diciembre con el que pedir permiso a los venezolanos para anexionarse el Esequibo, un territorio de Guyana. El asunto debería crear un consenso mayoritario, Venezuela perdió esa región en un laudo arbitral amañado por los británicos hace 100 años. El chavismo esperaba superar las imágenes de gente haciendo cola para votar en las primarias de la oposición, pero no lo consiguió. No hay ninguna fotografía que haya podido usar Maduro de ese día para presumir. A diferencia del presidente ruso, él estaría en la posición de perder si se enfrentara cara a cara con Machado. Por eso, ha tenido que sacar el puño de hierro y endurecer la represión. El chavismo no tiene intención de hacer una transición democrática.

El País de España

 

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Sobre María Corina Machado