Papel Literario del 21 de enero de 2024, por Nelson Rivera

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Amigos lectores:

I. En noviembre, Faitha Nahmens Larrazábal me habló de los 93 años -los cumplió el 9 de enero-, de ese venezolano tan querido y unánime que es Rodolfo Izaguirre (1931), crítico e historiador del cine, periodista, narrador (su novela Alacranes obtuvo el Premio José Rafael Pocaterra en 1966), alguna vez Director de la Cinemateca Nacional, miembro de los grupos literarios Sardio y Techo de  la Ballena, y actualmente, popular articulista de El Nacional, los domingos.

A finales del año pasado, Izaguirre publicó Lo que queda en el aire (Gisela Capellin Ediciones, 2023), memorias en homenaje a su esposa Belén Lobo (1932-2014), bailarina, pionera y promotora de la danza en Venezuela. Para celebrar estos dos hitos, el libro y los 93 años, se ofrece aquí el dossier que ocupa las páginas 1 a la 7 de esta edición.

Escribe Nahmens Larrazábal en la semblanza que abre el dossier: “Sabio, encantador y tan requerido, de un tiempo a esta parte se ha convertido en el personaje —influencer— imbatible de Caracas. Guionista de una vida de película, la suya, este caballero que sonríe divertido cuando le susurran el linaje conquistado —príncipe de Santa Eduvigis y alrededores—, ha librado con el alma, con el pensamiento, con la pluma y con su absoluta gracia, y en nombre de la civilidad que lo empaca —como su dilecto sweater amarillo—, un sinfín de batallas”.

A continuación vienen tres textos relacionados con Lo que queda en el aire:

-El prólogo del libro, de Elisa Lerner (“El libro delicioso de Rodolfo Izaguirre a veces brama de dolor cuando evoca los denuestos de nuestra historia. Sin embargo, nuestro escritor a cada tanto rasura sin contemplación «la barba incivil de la que se hace eco nuestro notable poeta Ramos Sucre en poema aparentemente de remota índole. Aun así, me atrevería a decir que este es un libro burbujeante, con muchas páginas de contento y regocijo. Capítulos amorosos, sonrientes, de humor chispeante y ligero, donde la amistad tiene su reino de tintes dorados cuando se evoca, sobre todo a Salvador Garmendia y a Perán Erminy”).

-El artículo que Izaguirre publicó el 12 de noviembre, en el que cuenta de su libro: “El título de este libro: Lo que queda en el aire, está tomado de una definición del ballet que escuché hace años sin saber quién la dijo. «El ballet es lo que queda en el aire después de que el bailarín pasó por él». No es una novela. No es un ensayo sobre el ballet. Es un poema de amor. Me dicen que es la primera vez, al menos en la literatura del país venezolano, que un marido escribe un libro sobre su mujer. Por lo general, los maridos venezolanos son infieles o dan tortazos a sus mujeres. Escribirle un libro, creo yo, podría considerarse de entrada como algo valioso”.

-Y, el texto que la bailarina, coreógrafa y ensayista Hercilia López leyó en la presentación, El aire, Rodolfo, en el que escribe: “Debo decirte Rodolfo que leer tu libro me fue muy fácil, nada en él me asombró de ti, estabas tu allí como siempre te sentí, entre sentimental e intelectual, cercano en tu distancia, respetuoso y amoroso. Esas virtudes tan tuyas y que mucho me recuerdan a Eduardo Pozo, el amor de mi vida, así como lo es Belén para ti.

Y aquí aparece Belén, esa Belén que fuiste encontrando y amando a través de tu vida y que en tu libro nos la vas dando a conocer en ese ir y venir por los tiempos de cada uno moviendo tus recuerdos”.

Carmen Virginia Carrillo, crítica literaria y estudiosa de las vanguardias artísticas venezolanas, nos ofrece Una aventura que comienza en los años cincuenta: “Recién comenzaba mi investigación sobre  la poesía venezolana de los sesenta, así que aproveché sus visitas para entrevistarlo. Rodolfo había participado en los grupos artístico-literarios más importantes de aquella época: Sardio y El Techo de la Ballena, su testimonio y su visión de los acontecimientos eran de gran valor para mi proyecto. Recuerdo que me llamó la atención su humor inteligente, su capacidad de asombro, su entusiasmo por el cine y la literatura, su  juicio crítico y su memoria enciclopédica”.

Incluí dos textos copiados del delicioso conjunto de ensayos sobre el cine, Historia sentimental del cine norteamericano (1968): Los caminos del absurdo y La belleza ideal de Greta Garbo: “Para el cine, para la incesante propaganda visual de la belleza que el cine ha instaurado entre los hombres, Greta Garbo ofrece la singular dimensión de su belleza. La belleza dolorosa, la triste belleza de Greta Garbo. En ella se hizo difícil establecer cortes y diferencias por la dualidad de su hermosura. Su famosa belleza interior sólo comparable a la del rostro torturado que Dreyer creara en la Pasión de Juana de Arco al lanzar al mundo el nombre de Falconetti y descubrir entre sus extras, en el papel de Massieu, a un joven atormentado y de penetrante mirada llamado Antonin Artaud”.

Cierra el dossier un comentario publicado en la revista Imagen, en 1991, del también crítico de cine Luis Sedwick Báez, sobre el libro mencionado: “Acercarse a Historia sentimental del cine americano publicado en 1968, implica necesariamente un recogimiento intelectual y un respeto hacia un crítico y, ante todo un escritor, de alguien que entabló conversación directa con él veinte años después. Esta dilucidación se afinca aún más por tratarse de un crítico que ha dejado estela, por la difusión de un cine por los cuatro vientos y que sigue permaneciendo al giorno en la cosa cinematográfica de nuestro país y del mundo”.

II. Lo cuenta Mónica Pupo en la entrevista que ocupa las páginas 8 y 9: desde hace más de 45 años, Roland Streuli, nacido en Suiza (1953), ha registrado desde su oficio de fotógrafo, mucho de lo ocurrido en la danza, el teatro, la música, la ópera y el cine en Venezuela. En sus archivos hay una documentación de una parte significativa de la historia cultural del país. Cuenta: “Cuando vi el Ballet Internacional de Caracas, dirigido por Zhandra Rodríguez, me quedé maravillado. Me pareció una cosa tan hermosa, que me pregunté: “¿Roland, estás loco o qué? ¿Cómo es que no te gustaba el ballet clásico, moderno, o la ópera?”. Eso era lo que pensaba antes, cuando creía que la ópera era para los viejos que querían dormir un rato. Pero en Venezuela, fue donde realmente desarrollé mi vena artística. Pues, toda la cultura, no la inteligencia, la cultura se la debo a Venezuela”.

III. El ensayo que ocupa la página 10 se titula Rebelión hispanista, de Carlos Leáñez Aristimuño. Luego de esbozar un diagnóstico cultural de carácter panorámico, entra en la materia de su artículo: el surgimiento de una corriente en crecimiento, historiográfica y del pensamiento, que planta cara a la leyenda negra: “Comienza así el quebrantamiento de la maciza losa de la leyenda negra, artefacto de guerra cultural activo desde el XVI, cuya propaganda terminamos insólitamente interiorizando. La grieta más visible infligida al edificio negrolegendario se abre en octubre de 2016: Imperiofobia y leyenda negra de María Elvira Roca Barea. Un parteaguas. Su amplísima difusión y discusión pública da más ímpetu y audiencia a quienes ya se batían y facilita la salida al ruedo de quienes rumiaban dudas en círculos restringidos o sencillamente no se atrevían a salpicar el sesgo imperante so pena de excomunión. Hoy el alcance hispanista se ha ampliado aún más: se manifiesta ya no solo en estudios, ensayos o artículos, sino también en redes sociales, eventos, novelas, musicales, documentales, películas… ha pasado de lo más bien académico a la sociedad toda”.

IV. En la lista innumerable de asuntos pendientes de la cultura venezolana, me atrevo a sugerir esto: nos hace falta un volumen que reúna los artículos y ensayos que Rodolfo Izaguirre ha dedicado al cine, tanto los que aparecieron en libros como los que no. Nos haría bien seguir las pistas de su dedicación a lo largo de las décadas.

 

Todo lo mejor. Nelson Rivera.

 

Traducción »

Sobre María Corina Machado