Ana Noguera: Mirar más allá de nuestro ombligo

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No negaré que en España existen problemas. Estamos además inmersos en una globalidad, en un mundo interdependiente donde los acontecimientos se cruzan y provocan enfrentamientos o consecuencias en territorios diferentes.

Sin embargo, también tengo la impresión de que agrandamos los problemas, exageramos las hipérboles verbales, se cruzan límites en los insultos que son inaceptables, se incendia el ambiente social, y se procura que, en vez de obtener consensos y soluciones, se rompan los puentes. Y es que resulta inevitable que los partidos políticos miren al corto plazo, al ambiente electoral que se aproxima, y que, en muchas ocasiones, les parezca más rentable electoralmente el ensañamiento que el diálogo.

Decía Nietzsche que lo más molesto no es la mentira sino la pérdida de confianza. Y eso es justamente lo que ocurre en el ambiente social. Se pierde confianza muy rápidamente. La desconfianza mina las estructuras sociales, debilita la democracia y genera una permanente suspicacia social además de un malestar individual.

No obstante, no hay tantos motivos para perder la confianza, ni mucho menos. Salvo que el relato destructivo de la derecha española es más efectivo que el relato de la izquierda. Que sea más efectivo no significa que sea veraz, sino que es más goloso, más atractivo o sencillamente más fácil de creer. Suele ocurrir con los relatos simples que generan emociones por encima de la razón, que siempre resulta más fría, más objetiva, más agotadora cuando hay que ejercer la reflexión.

Además, las grandilocuencias y las hipérboles generan titulares. Y facilitan la labor de muchos medios de comunicación que se encuentran con la noticia sin necesidad de investigar.

Si alguien contempla el debate político en España parece que estemos a punto de la ruptura, del golpe de Estado, o de una catástrofe histórica. Sin embargo, esa no es la impresión que se recibe fuera de nuestras fronteras. Quizás porque ni la gestión del gobierno sea tan mala como quieren hacernos creer, quizás porque los problemas no sean tan irremediables.

En cambio, fuera de nuestras fronteras nos encontramos con problemas realmente serios.

Sigue la guerra en Ucrania. Algo que parecía cuestión de semanas y camina hacia un año de conflicto bélico, con el destrozo íntegro de ciudades ucranianas, las consecuencias económico-comerciales, y, sobre todo, la pérdida irrecuperable de muchas personas y el daño a quienes todavía siguen vivos y sufriendo.

La corrupción en el seno del parlamento europeo debido al mundial en Qatar, que abre una fisura enorme en las instituciones europeas.

El intento de golpe de estado en Perú, que está dividiendo la posición política de los países latinoamericanos.

La ultraderecha alemana capaz de atentar contra la democracia de su propio país añorando los viejos tiempos, y poniendo en jaque al actual gobierno alemán.

La guerra en el Congo, un conflicto de 25 años, que parece recrudecerse aún más, cuya última matanza ha costado la vida de más de 130 personas.

Las preocupantes advertencias de Turquía a Grecia. …. Y, podríamos seguir analizando un sinfín de problemas nacionales que se añaden a los estructurales de nuestro siglo: la galopante desigualdad social, la pobreza, la falta de recursos naturales, la crisis climática, las migraciones, el hambre en una gran parte de África debido a la invasión de Ucrania.

No alejemos nuestra mirada de Irán, e intentemos no callar, no silenciar, no olvidar lo que allí está ocurriendo. No se sabe cuánta gente está encarcelada, ni qué represiones se están tomando. De momento, tan solo en Teherán se habla de 400 manifestantes presos por participar en las protestas. Según Naciones Unidas y las organizaciones iraníes de derechos humanos, entre 14.000 y 18.000 personas han sido detenidas.

Al menos, 11 han sido condenados a muerte. Ya han ejecutado a dos presos, dos jóvenes de 23 años. Y, si nadie o nada lo impide, el próximo será el futbolista iraní Amir Nasr-Azadani por apoyar las protestas en favor de los derechos de las mujeres.

Lo que comenzó siendo una protesta de las mujeres es hoy en Irán una revolución de la población contra el gobierno dictatorial islámico.

De esto, también me gustaría que habláramos en el parlamento español, que uniéramos voces y esfuerzos para que, no solo no olvidemos lo que ocurre en Irán, sino ejerzamos la presión internacional necesaria para apoyar y ayudar al pueblo iraní.

A veces, mirarnos el ombligo con tanta pasión solo produce miopía y nos aleja de la verdadera política. Lo que en Irán ocurre, lo que ocurre en Ucrania, lo que pasa en Perú, la guerra del Congo, el hambre en África, y tantos graves acontecimientos también debería incumbirnos como demócratas, como españoles.

 

Traducción »

Sobre María Corina Machado