Exilio, migraciones y migrantes en la poesía griega, por Mariano Nava Contreras

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Escena de un fragmento griego de cerámica.

El siglo VIII a.C. en Grecia fue de una importancia trascendental. A partir de entonces comenzó una serie de cambios sin los que es imposible comprender el mundo clásico: se introduce la escritura, algunas poleis comienzan a emitir moneda, se incluye la caballería en la guerra. También las ciudades han alcanzado un crecimiento que les llevó a una dramática crisis política y social. Por una parte, la pobreza y el hambre condujeron a una inestabilidad que originó enfrentamientos y sublevaciones populares, la temida stásis. Cualquiera que revise someramente la geografía accidentada y fragmentada de Grecia, compuesta por estrechos valles y pequeñas islas, sabe que el país no soporta, ni antes ni ahora, una gran presión demográfica.

En lo político el resultado fue el surgimiento de las tiranías, que suplantaron a los antiguos reyes, tal y como se describen en los poemas homéricos. Lo cuenta en su Elegía Teognis de Mégara, en el siglo VI a.C.:

Cirno, esta ciudad es aún una ciudad, pero es distinta su gente:

los que antes no conocían ni el derecho ni las leyes,

sino que cubrían su cuerpo con pieles de cabra

y como ciervos pasaban el tiempo fuera de la ciudad 

¡ahora son nobles, Polipaides! 

Y los nobles de antes ahora son plebeyos.

Y Alceo de Mitilene, una generación antes, es algo más expresivo:

Al malparido de Pítaco

es al que han puesto de tirano

de esta ciudad cobarde y desventurada,

y todos se reúnen para aclamarlo.

Las tiranías, como las conocemos en la antigua Grecia, eran formas de gobierno sustentadas en una amplia base popular, animada por el descontento de las mayorías. Esto forzaba al tirano a convertirse necesariamente en un demagogo y, lo que es casi lo mismo, un populista. En la medida en que el tirano era capaz de satisfacer las aspiraciones populares, su pervivencia estaba garantizada. Sin la legitimidad que ostentaban las antiguas monarquías, un sistema tal no podía ser sino efímero. En efecto, en buena parte de las poleis griegas –no todas, es verdad-, las tiranías aparecen como una etapa de transición entre las viejas monarquías y la democracia, ese invento genial de los atenienses. Pero eso no será sino hasta Solón en el siglo VI a.C.

En lo social, la crisis del siglo VIII tendrá un resultado aún más trascendental. Agobiados por la hambruna y acorralados por las tiranías, los griegos se ven obligados a establecerse en otros puntos del Mediterráneo, fuera de lo que hasta entonces era el ámbito helénico. Empujados por la presión demográfica, buscaron espacios más favorables para la agricultura y el comercio, y los encontraron principalmente en las costas del Mediterráneo occidental y del Mar Negro. Así, hoy tenemos ruinas de colonias griegas desde la península de Crimea hasta Marsella y la costa catalana, sin olvidar la cantidad de poleis fundadas en Sicilia y el sur de Italia. Será un tiempo, pues, signado por la configuración de un nuevo imaginario cosmogeográfico, pero también por la construcción de una identidad griega basada en el contraste con los exóticos aborígenes de las nuevas regiones colonizadas, los bárbaroi.

Estos movimientos migratorios no dejan de tener caracteres muy propios, quizás sorprendentes para nosotros: eran organizados desde el seno mismo de la polis, que proponía la fundación de una colonia, la apoikía (estrictamente, un “hogar lejano”). Era la asamblea de la ciudad la que proponía la expedición y le nombraba un jefe, el oikistês. Generalmente se consultaba al oráculo de Delfos acerca de la idoneidad de los miembros de la expedición y del sitio que se debía elegir. La escogencia de los colonos tendría que ser un proceso de lo más sangrante, en una comunidad estrecha como era la antigua polis: buena parte de la población, en su mayoría hombres jóvenes, sin esperanzas de volver. Por último, las colonias se constituían en poleis absolutamente independientes, y su relación con su metrópolis no tenía que ser necesariamente armónica, como lo muestra la rivalidad entre Corcyra y su metrópolis, Corinto, la chispa que originó la Guerra del Peloponeso.

Se ve, pues, que tiranía, pobreza y emigración están, al menos en este momento inicial, esencialmente relacionadas. En total, los griegos fundaron unas 500 colonias a lo largo del Mediterráneo, en las que participaron unos 60.000 ciudadanos, asegurando la circulación de personas, bienes e ideas por toda la región desde el fin del llamado período arcaico. Se estima que hacia finales del siglo VI, la población de las colonias representaba el 40% de todo el mundo helénico.

Claro que esta realidad no deja de reflejarse en la poesía. Muchos escritores griegos la vivieron en primera persona, pues buena parte de ellos tuvo que emigrar. Heródoto el historiador es un buen ejemplo. De familia prominente, nació en Halicarnaso, en la Jonia, cuando la ciudad era una satrapía persa. Vivió los preparativos de la invasión a Grecia y, cuando el vasallaje se hizo insoportable, decidió emigrar a Atenas, cuya abierta y tolerante democracia admiraba. Plutarco y después Eusebio dicen que la asamblea ateniense le otorgó un estipendio como reconocimiento por su obra como historiador, y Plutarco dice que era de diez talentos (26kgs. de plata pura), una cantidad nada despreciable. Sin embargo, cuatro años más tarde, a sus 41, lo tenemos emigrando de nuevo, esta vez a Turios, una colonia fundada por los atenienses en el sur de Italia, actualmente Calabria.

Sin embargo es en la poesía, género más adecuado para la expresión subjetiva, donde la experiencia de la emigración se revela con fuerza. En su célebre elegía Eunomía (“El buen gobierno”), un sabio como Solón de Atenas hace un recuento de los males que ocasiona el mal gobierno:

…y mientras entre el pueblo cunde la desgracia,

muchos son los que marchan a tierra extranjera

a servir como esclavos, atándose con lazos detestables…

Solón vivió en el siglo VI a.C., época en que la emigración griega por el Mediterráneo era un proceso más que consolidado. Impulsó una serie de reformas políticas y sociales que allanaron el camino hacia la igualdad y la democracia (“al pueblo di privilegios sin nada quitarle de su dignidad”, dice en otro poema), y después decidió voluntariamente dejar Atenas por diez años.

 

También a Anacreonte, que vivió entre los siglos VI y V, le tocó vivir la emigración y la persecución. Nació en Teos, Jonia, y cuando los persas se convirtieron en una amenaza real, tuvo que emigrar junto a sus coterráneos a Tracia, donde fundaron la ciudad de Abdera. Tenía ya cierta fama el joven poeta cuando el tirano Polícrates de Samos le llamó para que fuera preceptor de su hijo. En el año 522 a.C. Polícrates fue asesinado y Anacreonte tuvo que huir de Samos. Heródoto cuenta que fue Hipias, tirano de Atenas, quien envió un barco a Samos solo para rescatarlo. Pero no conservamos versos de Anacreonte que hablen de la emigración, y sí de Tirteo un siglo antes, quien, se cree, nació en Mileto, aunque vivió buena parte de su vida en Esparta. Tirteo cuenta la triste suerte de los esclavos en tierra ajena:

Como asnos cargados con pesos enromes,

sujetos a un triste dominio, pagando a sus amos

la mitad de todos los frutos que dieran sus tierras…

Su contemporáneo Alceo de Mitilene, que fue amigo y –dicen- amante de Safo, no tuvo que emigrar pero vivió el exilio, que es una suerte de emigración forzada. Se involucró en la política de su ciudad y debió partir de su tierra en varias oportunidades. Ya hemos visto cuán vehemente es su poesía. En otro de sus poemas dice:

Yo, desdichado,

debo llevar una vida de rústico aldeano

y echo en falta, Agesilaidas, 

a los heraldos convocando a la asamblea

o al consejo,

todo aquello que mi padre

y el padre de mi padre compartieron

hasta llegar a viejos

con estos ciudadanos que se lastiman unos a otros,

mientras yo vivo, exiliado y desposeído,

en un remoto lugar.

Y en su Elegía añade Teognis, precisamente acerca de la soledad que conlleva el exilio: “No hay amigo ni fiel compañero para el desterrado: esto es aún más amargo que el mismo destierro”.

Lugar para la manifestación de las subjetividades, la poesía lírica surge en Grecia precisamente durante un tiempo de grandes agitaciones sociales y el consecuente advenimiento de las tiranías. Época impetuosa de dramáticos cambios, era inevitable que los géneros poéticos que surgen entonces se convirtieran en vehículo ideal para la expresión de las violentas emociones que suscita la política. Los versos del exilio y la emigración, sin duda entre las más extremas circunstancias a las que alguien puede ser sometido, quedarán como modelo para una poética de la exclusión y la nostalgia, del extrañamiento y el desarraigo que mantiene su vigencia en nuestros días. Un constructo pasional que bien expresan estos versos de Teognis:

…una vez llegué a tierras sicilianas, y llegué también

a la llanura de Eubea, rica en viñedos, y a Esparta, ciudad famosa

del Eurotas que cría cañas. Todos me acogieron con afecto,

pero ninguna alegría me llegó al corazón,

porque nada me era más querido que mi patria.

Mariano Nava Contreras filologo
Mariano Nava Contreras filologo

Mariano Nava Contreras -Prodavinci

 

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