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Seis obras literarias imperdibles del Hay Festival de Cartagena de Indias

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Wole Soyinca, premio Nobel de Literatura.

El crítico literario y profesor de la Universidad Santo Tomás Jorge Iván Parra analiza los libros de:

Wole Soyinka
Adela Cortina
Irene Vallejo
Jonathan Franzen
Raúl Zurita
Wolfram Eilenberger

Un grupo de lujo de invitados a a esta edición del Hay Festival de Cartagena de Indias.

Wole Soyinka: Clima de miedo

El “clima de miedo” es el que se vive en países que están en manos de dictaduras, aunque también de “cuasi-estados”, entes que carecen de fronteras físicas y de símbolos patrios, pero que entrañan una amenaza permanente. Según Soyinka, se sobrelleva más el miedo bajo una situación concreta de guerra (de ello da testimonio Pérez-Reverte en su novela El Asedio) que bajo una amenaza: “Existe una clase de temor con la que se puede vivir, que se puede superar, que, de hecho, puede absorberse como incidencia terapéutica, mientras que otras son sencillamente de todo punto degradantes.”

En los cinco ensayos que comportan este libro, Soyinka no hace sino confirmar, por ejemplo, la premisa irrebatible de Kant, de que el Hombre tiene una inclinación natural hacia el mal, la cual es en el niño (y aún en el joven) inmediata, y si se le deja coger vuelo, es muy peligrosa: “La conducta de un niño que provoca y circunscribe los movimientos de un insecto cautivo o las consabidas jugarretas del acosador escolar son incursiones en el laboratorio del poder que con el tiempo pueden transformarse en ataques en gran escala contra comunidades enteras.”

Por supuesto percibimos ecos de lo que Hannah Arendt llamó, banalidad del mal y el totalitarismo, lo cual unido a lo que Soyinka comenta sobre el poder y el efecto enajenante que produce en el ser humano, nos trae, como en sordina, también ideas de Nietzsche, Foucault y otros filósofos. El premio Nobel nigeriano nos mueve a reflexión en asuntos que nos atañen inmediatamente, tales como, el fanatismo, la intolerancia y la violencia (que se desata fácilmente cuando conformamos cualquier clase de grupos); no deja de darle duro a la religión, concretamente a dos (adivine el lector cuáles serán) a las que llama “monstruos de fe manchados de sangre”, y, lo más increíble es que hace una alusión a Colombia (que también le queda al lector de tarea para que la encuentre). Al final deja ver su vena poética con un poema en homenaje a Naguib Mahfouz.

Adela Cortina: Aporofobia, el rechazo al pobre. Un desafío para la democracia / Editorial Paidós

Desde sus primeros libros la catedrática de Ética y Filosofía Jurídica, Moral y Política de la Universidad de Valencia, nos viene advirtiendo sobre la necesidad urgente, no sólo de la ética como tal, sino de una ética comunitaria (el último capítulo del presente volumen se llama, precisamente, Hospitalidad cosmopolita) para afrontar problemas tan sensibles como lo son la pobreza, los desplazamientos y la situación de los refugiados e inmigrantes pobres que infortunadamente ya parecen parte del paisaje en diversas partes del mundo. Pero, según ella, y en parte por disposición de nuestro cerebro (que es, dice ella, aporófobo), surge un gran inconveniente para conjurar el primer problema mencionado. Este inconveniente se conoce como aporofobia, tradúzcase como fobia al pobre, “rechazo a quien no puede devolver nada a cambio”.

No es lo mismo que la famosa xenofobia (una de las tantas patologías sociales que existen en esta sociedad enferma o “del desprecio”, como la llama el filósofo alemán Axel Honneth), a la que también somos propensos, puesto que esta no se manifiesta hacia extranjeros ni turistas que lleguen con plata. Los depositarios de la aporofobia pueden (y suelen ser) inclusive miembros de la familia o personas conocidas que, a lo mejor, gozaron de buena posición social, pero que la suerte les cambió, porque, como dijo Shakespeare, hasta en el mejor paño cae la mancha.

Hace dos décadas en Educación en valores y Responsabilidad cívica, la filósofa española que, cuando se tercia, acude a premisas de la ética de Kant, nos había hecho un adelanto de los conceptos que desarrollaría después, entre ellos, el que le da el título a su reciente libro, una de cuyas variaciones es el de los áporoi (“débiles”, “excluidos”) que, a propósito, bueno sería que cayéramos en la cuenta de que en Colombia se volvió moda designarlos con el perverso eufemismo de “vulnerables”.

Inquietantes y profundamente cuestionadores son los capítulos referidos a dos patologías sociales: Los delitos de odio al pobre y El discurso del odio, de donde recogemos ideas como esta: “La xenofobia, la aversión extremada al extranjero; la homofobia, el odio a las personas homosexuales; la fobia a musulmanes, cristianos o gentes de cualquier religión; y también la aporofobia, el desprecio al pobre e indigente, forman una parte de este catálogo de grupos a los que se dirige el discurso del odio.”

Irene Vallejo. El infinito en un junco. La invención de los libros en el mundo antiguo / Editorial Debolsillo

Vallejo (1979) estudió Filología Clásica y tiene Doctorado Europeo por las universidades de Zaragoza y Florencia.

Este hermoso libro del que se saca una edición tras otra, contiene toda la Historia de la escritura y de la forma como este invento sirvió de antídoto para lo que aparece en Cien años de soledad como la peste del olvido. El título alude a la planta de la que se obtenía el primer soporte para la escritura, concebida como un sucedáneo del habla para superar las limitaciones de tiempo y espacio; para dar permanencia a “las aladas palabras”. Tablas de arcilla, piedra, hueso, piel de becerro, a cualquier soporte se acudió para preservar la memoria humana a través de la Historia, hasta llegar al más prodigioso invento: el libro. De manera entretenida, muy documentada y, sobre todo, pedagógica, la autora describe lo que significaron, por ejemplo, las bibliotecas de Alejandría y de Pérgamo (de donde viene el pergamino); las escuelas de amanuenses de Egipto y Oriente Medio; los bardos, aedos y rapsodas y asimismo los comerciantes que trasegaban rollos entre ciudades y países que empezaron a vivir en la aldea global propiciada por los textos escritos.

La historia contada por Irene Vallejo rebosa datos valiosísimos y curiosas anécdotas. ¿Cuál fue el primer libro?, ¿Quién fue el primer coleccionista y bibliófilo?, ¿Quién fue el primer bibliotecario y catalogador?, ¿Cuál fue el primer alfabeto (esa “tecnología aún más revolucionaria que internet”) y cómo se sistematizó?, ¿Cuántas bibliotecas existían antes de la era cristiana?

Todo ello está referido por la filóloga de Zaragoza, quien además nos invita a reflexionar sobre lo que pasa hoy día con la memoria y el conocimiento:

“Ahora mismo estamos inmersos en una transición tan radical como la alfabetización griega. Internet está cambiando el uso de la memoria y la mecánica misma del saber […]. Los científicos denominan efecto Google a este fenómeno de relajación de la memoria. Tendemos a recordar mejor dónde se alberga un dato que el propio dato. Es evidente que el conocimiento disponible es mayor que nunca, pero casi todo se almacena fuera de nuestra mente.”

Raúl Zurita: Tu vida rompiéndose (Antología personal) / Editorial Lumen

El poeta chileno Raúl Zurit saluda desde su casa este 8 de septiembre del 2020, después de haber sido galardonado con el XXIX Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana.

Para quienes quieran entrar de manera holística al mundo poético del flamante ganador del XXIX Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana, este es el libro más propicio, como quiera que sea una antología hecha por su mismo autor, un chileno, que puede ser fácilmente el mejor poeta vivo de ese país de excelsa tradición poética.

Las composiciones recopiladas en el extenso volumen, que da lustre a una de las más hermosas colecciones de poesía, corresponden a Paraíso, Anteparaíso, El paraíso está vacío, La vida nueva, Poemas militantes, INRI y Zurita. Se diría que el gran motivo de todos ellos es, para ponerlo en una única palabra, Chile: Primero sus desiertos, siendo Atacama su foco; después las playas; continúa con las cordilleras, montañas y cumbres andinas, con el Aconcagua en primer plano y, por último, el mar, que es más bien la tumba infinita adonde caen los que son arrojados desde los aviones militares: “Todos los cuerpos lanzados al mar de Chile flotan, sus/brazos y piernas rotas, sus torsos. / Se han devuelto al/cielo y flotan.”

No hay que llamarse a engaños. La poesía de Zurita, sin perder nunca el acento lírico ni su peculiar imagen poética, es poesía social, mejor dicho, conectada con una realidad que para él es insoslayable: la vivida durante la dictadura de Pinochet (a quién menciona en un poema, como también menciona a Salvador Allende). Es una poesía cargada de dolor y de violencia; son muchos los poemas que aluden permanentemente a la represión militar: “La luz recorta cada vez más los ojos enrojecidos de llanto. En el pequeño cuarto un grupo de soldados da vuelta todo. Fugazmente un hombre rodeado de guardias armados aparece mirando con fijeza la cámara. Sus ojos se pegan al lente. Lo traspasan. Herido de muerte un adolescente llama y pide.”

No hay que llamarse a engaños. La poesía de Zurita no es deudora de las formas poéticas tradicionales, pues está llena de versos libres, blancos, sueltos, algunas veces ligeramente asonantados, más bien proclives a la prosa y a una sintaxis muy particular que poco tiene en cuenta la puntuación.

No hay que llamarse a engaños. La poesía de Zurita no solo expresa derrota, hambre, pobreza y dolor; en ella también se celebra el fin de la dictadura “porque volvieron a reverdecer los campos”, “han reverdecido los pastos/ellos no volverán a secarse ni crecerá la zarza.”

Jonathan Franzen: Las correcciones / Editorial Salamandra

Franzen, estadounidense, nació el 17 de agosto de 1959. Es autor de novelas como ‘Las correcciones’ y ‘Libertad’.

Esta extensísima novela narra la historia de una familia norteamericana común y corriente, en la cual, cada integrante tiene motivos para despreciar a los otros; en la que cada uno de sus miembros quiere corregir (de ahí el sentido del título) a los demás y está atrapado en una red de chantajes, chismes, componendas y traiciones, como en una empresa. En la novela ganadora del National Book Award, Franzen hace lo mismo que en las otras de su autoría, a saber, elaborar una rigurosa etopeya (descripción de los rasgos psicológicos y morales) que, junto con la descripción más bien caricaturesca de los rasgos físicos, convierte a sus personajes en personas casi de verdad: “La claridad azul de los ojos de Sylvia le confería el aspecto de un animal bello y adorable, pero no enteramente humano.” “Era una mujer pequeña, una especie de niñita mona con los sesenta muy cumplidos. Apenas conseguía rebasar la altura de la mesa con los codos.” “…tenía unas orejas como chuletas de ternera”. A la hora de presentar en sociedad a un personaje, la voz narrativa empleada por Franzen, no deja títere con cabeza; su mordacidad hacia la clase burguesa es implacable:

“La señora Söderland era un accesorio confeccionado con metales preciosos, algo rayado y con cierta pérdida de lustre de tanto usarlo el señor Söderland. Su lápiz de labios, su tinte de pelo, su sombra de ojos y su laca de uñas eran variantes sobre el tema del platino. Su vestido era de lamé argentado y abría buenas perspectivas de sus morenos hombros y de sus incrementos de silicona.”

Ninguno escapa al escalpelo meticuloso del narrador; ninguno se libra de la animadversión, pero tampoco de la compasión del lector. El catálogo de lacras morales, de achaques, vicios, enfermedades y frustraciones de una familia de cizañeros y ambiciosos sin escrúpulos, comportan el gran retablo de lo humano. El autor oriundo de Western Springs, Illinois, carga las tintas en dos aspectos de la vida: el matrimonio (o en todo caso la relación de pareja) y la vejez, y es difícil discernir cuál de los dos se lleva la peor parte, eso por no decir que, en la novela, la combinación de ambos factores roza lo insufrible. Una clave para entender la visión pesimista que envuelve toda la obra, es la continua referencia a Schopenhauer, autor de cabecera de uno de los personajes más sombríos de la novela, Alfred Lambert, quien a sus 75 años y por mor del Parkinson, es un inútil que depende para todo (incluyendo la cambiada del pañal) de Enid, una mala esposa con la que él, de joven fue un verdadero canalla. De los hijos de ellos, ni hablar. Chip es un perdulario que le saca dinero a Denise, su hermana trepadora, y Gary, es un depresivo ambicioso, que sostiene una especie de guerra fría con su hipocondríaca, manipuladora, negligente, mentirosa y estúpida esposa. De los nietos, baste mencionar a Clem, quien desde niño ya era un adulto manipulador y perverso; el producto más refinado de la mala crianza. Como quien dice, ¡una familia ejemplar!

Wolfram Eilenberger: El fuego de la libertad; El refugio de la filosofía en tiempos sombríos 1933 – 1943′ –

Laudable logro del filósofo y profesor que además escribe para Die Zeit y Der Spiegel el de poner a dialogar a cuatro figuras titánicas del siglo XX, en esta, acaso nueva modalidad de ensayo que se puede denominar historia (o biografía) intelectual, con la que el público se puede acercar a la filosofía y la literatura sin la pesadez de la pedantería y la jerga académica. Lo hace con una enorme capacidad para profundizar en las obras que analiza y gran pericia narrativa para referir anécdotas y hechos históricos. Eilenberger nos presenta a la rusa Alissa Zinóvievna, mejor conocida como Ayn Rand, en su faceta de refugiada, promoviendo su filosofía objetivista (que apela al individualismo y desdeña el altruismo) en novelas híper extensas como El manantial y La rebelión de Atlas (el libro más vendido en Estados Unidos después de la Biblia); a Simone de Beauvoir erigiéndose en todo un icono francés, mediante su filosofía existencialista y feminista. Nos presenta así mismo a dos aguerridas filósofas de origen judío, cuyas obras constituyen la más aguda mirada de los conflictos de su época: por un lado, Hannah Arendt, perseguida, exiliada y desclasada, refugiándose en la filosofía y en su lengua materna, y, por otro, Simone Weil, viviendo y sufriendo por los demás y dejando con el testimonio de su vida, un insuperable ejemplo de altura moral.

Las cuatro mujeres padecieron lo suyo a causa de la guerra y la marginación; las cuatro convalidaron la máxima de Spinoza, de que ser es persistir y la de Ricoeur de que sufrir es aguantar y las cuatro pusieron su cuota para eso que Hegel llamó el progreso del espíritu.

Jorge Iván Parra / Especial para el Tiempo de Colombia: Crítico literario, autor del blog ‘De libros y autores’ de El Tiempo y profesor de las maestrías de Literatura y de filosofía latinoamericana de la U. Santo Tomás.

 

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