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José Guerra: Ochenta y seis porciento

 

Ochenta y seis por ciento (86%) es la caída acumulada de la actividad económica de Venezuela entre el primer trimestre de 2013 y el primer trimestre de 2020, según el Indicador de Actividad Económica Mensual que calcula la Asamblea Nacional, como sucedáneo de las cifras que el BCV oculta.

Durante el tiempo que Nicolás Maduro ha permanecido en el poder Venezuela ha sufrido un retroceso en absolutamente todos los indicadores, cualquiera sea la dimensión que se utilice o el concepto del cual se trate. Que la economía se haya contraído en esa magnitud significa que hoy su producto interno bruto sea equivalente al de Paraguay cuando hace treinta años se parecía al de Argentina. En términos de habitantes, el ingreso nacional de Venezuela en 2020 solamente supera al del empobrecido y sufrido Haití.

No es fácil para alguien que no esté familiarizado con los temas económicos o para un ciudadano inocente que de buena fe crea que en Venezuela está teniendo lugar un cambio socio político, asimilar el impacto de la hecatombe venezolana. En cualquier ámbito de comparación que dé cuenta de la calidad de vida, como el ya señalado ingreso nacional por habitante, la esperanza de vida al nacer, el nivel y calidad de la educación, la atención sanitara o el más elaborado, Índice de Desarrollo Humano, el régimen madurista representa un calamidad.

¿Cómo ha podido suceder semejante tragedia?

Los procesos sociales no suceden por azar, éste cuenta en muchos aspectos de la vida, pero las ciencias sociales están dotadas de instrumentos para analizar dinámicas como la venezolana. La causa de fondo reside en el modelo que fue confeccionado Hugo Chávez desde 2005 cuando comienza en firme el camino de la estatización de la economía para supuestamente implantar un modelo socialista, al estilo de los que fracasaron en la Unión Soviética y Cuba. Chávez, un hombre de ideas elementales, pero con una tenacidad ilimitada se lanza por el camino sin retorno de usar al petróleo para financiar esa aventura.

Creyó que petróleo podía emplearse para apuntalar un modelo de estatización de los medios de producción, que en la versión dogmática del socialismo deberían pasar a manos del Estado. Ello se tradujo en succionar la renta petrolera hasta el extremo de secar la industria petrolera y embarcar a Pdvsa en proyectos y actividades sin ninguna viabilidad financiera o social como lo fueron Pdvsa industrial, las petrocasas, Pdval y tantos otros sueños, uno tras otro fallido.

Esta senda implicó distraer recursos que se hubiesen dedicados a la inversión en petróleo y cuando ya la caja registradora de Pdvsa dejó de sonar señalando que sus finanzas estaban exhaustas, recurrió Chávez al endeudamiento. Maduro siguió ese mismo camino y además ensayó con presidentes de Pvdsa y Ministros de Petróleo, uno peor que el anterior hasta llegar al General Manual Quevedo, hombre de peinilla, rolo y bombas lacrimógenas, pero no de la ciencia de los hidrocarburos.

Así fue la destrucción de Venezuela, poco a poco pero a paso firme hasta que en junio de 2020 la producción de petróleo alcanzó a cerca de 400.000 barriles por día, similar a la que obtuvimos en 1947, pero con más de veinte millones de habitantes respecto a ese año. Un retroceso de setenta y tres años.

 

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