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Postales de Siberia; por Jacqueline Goldberg

 

[Aunque su nombre suele estar asociado básicamente con la poesía, género en el que se destaca con rigor y profundidad, Jacqueline Goldberg (Maracaibo, 1966) es, asimismo, una potente narradora y ensayista. También ha incursionado con solvencia en la literatura infantil, el teatro, la biografía y las entrevistas periodísticas de fondo. Ha obtenido importantes premios en varios registros literarios. Su último título publicado es El cuarto de los temblores (2018). De estos dos meses de confinamiento nos presenta el siguiente testimonio.]

Un mes antes del ábaco negro de estos días, andaba yo por Siberia.

Recorría sus estepas, enlodadas en otoño, glaciales en invierno. Buscaba cómo y por qué fueron destierro. Esbozaba una historia sobre la guerra, la Shoá, el renacer en Tierra de Gracia.

Cuando se inició el confinamiento, para mí el sábado 14 de marzo, seguía en la temible Siberia.

Al cumplirse sesenta días sin abrazos ni cielo, continúo reelaborando párrafos sobre paisajes en los que el viento aúlla y la vastedad es otra forma de cautiverio.

Siberia, puedo decirlo, me ha salvado del desamparo.

El libro que escribo no es el que hubiese soñado para una obligada cuarentena. Pero los libros no son anhelos cumplidos, sólo mandatos que se agradecen.

Así, mientras los días se iban amontonando en el ruido de una temprana desesperación, yo meditaba sobre encierros aún más crueles, un mundo invertebrado e inadmisible.

Si yo creí haber perdido la intemperie, los condenados a Siberia lo perdieron todo, vivieron de bruces en las fauces de la maldad.

«Si comprender es imposible, conocer es necesario», escribió Primo Levi.

Así, conocí Siberia. El fin del mundo. El fin de un mundo.

Comprender, viviendo en Venezuela, se sabe, es imposible.

Mientras el país se iba quedando sin gasolina y el Covid-19 pasaba a ser lo de menos, yo investigaba sobre el destino de judíos polacos durante la Segunda Guerra Mundial: los soviéticos construyeron en la agreste topografía siberiana campamentos en los que confinar y castigar a delincuentes comunes y a disidentes políticos, pero también llevaron a ciudadanos que estaban siendo arrinconados por el avance del nazismo. «Las intenciones soviéticas eran además de tener mano de obra gratis, dispersar a los polacos en estos vastos territorios para acelerar su asimilación y evitar que se organizaran. A los niños menores de diez años los mandaban a las escuelas con el propósito de adoctrinarlos. La posibilidad de recobrar la libertad era prácticamente nula», han señalado las historiadoras mexicanas Celia Carreño y Gloria Zack de Zekerman en su libro Una recepción sorpresiva, polacos refugiados de guerra en México.

Mientras cientos de venezolanos se exiliaban de su exilio para regresar a la pandemia patria, leía sobre cómo la Unión Soviética realizó deportaciones masivas de ciudadanos polacos hacia Siberia en cuatro oleadas entre febrero de 1940 y julio de 1941: se desconoce el número exacto de deportados, que varían según las fuentes y hablan de alrededor de un millón.

Mientras en Venezuela era mencionada como el cuarto país del mundo con la mayor inseguridad alimentaria y el petróleo se desplomaba, Siberia era sitio al que volver con humildad cada mañana para convencerme de que mis días tienen cierto orden, razón, sentido.

Mientras ocurrían masacres en una cárcel en Guanare y en una barriada de Petare, yo escribía sobre travesías por una «tierra dormida», nombre turco del que pudiera provenir el vocablo Siberia: los viajes desde Polonia demoraban de tres a cuatro semanas en trenes de transporte de ganado herméticamente cerrados. Había en ellos hacinamiento, hambre, enfermedades. El extraordinario afuera apenas podía presentirse entre rendijas. No pocas veces los deportados pasaban días junto a cadáveres en estado de putrefacción. La situación no era muy distinta a la de los transportes que tuvieron como destino final campos nazis de concentración y exterminio.

De Siberia muchos salieron con vida. Eso les permitió decir que fue suerte caer en manos de los soviéticos y no de los nazis.

Mientras leía en las redes sobre épicas invasiones marítimas, yo estaba en la Siberia de las grandes soledades, la que fuera estigma, amenaza, castigo, muerte, frío, desolación: los campos de trabajo estalinistas carecían de cercas porque nadie deseaba huir y extraviarse en la vacía infinitud. Pensaba entonces que la calle está al pasar de una llave, que ahora mismo puedo salir, correr, gritar, pero nadie quiere enfermar y menos aún ser detenido por los cuerpos represivos del Estado.

Mientras me asomaba a la tarde calimosa de Caracas, leía La estepa infinita, autobiografía de la escritora judeo polaca Esther Hautzig, donde cuenta que en el verano de 1942 en el que llegó a Siberia junto a sus padres, teniendo nueve años, la tierra era tan lisa que resultaba abrumadora: «¡Siberia! Siberia era el fin del mundo, un punto sin retorno. Un lugar para criminales y delincuentes políticos, donde las penas eran de una increíble crueldad y los presos morían como moscas. Con verano o sin él –¿quién había hablado nunca del calor siberiano–, Siberia era la tundra e inmensas masas de nieve. Siberia eran los lobos».

Venezuela también son lobos, mortificaciones sin linde.

Mientras en estos sesenta días tantos venezolanos persistían en la supervivencia, aún sin agua, gas doméstico, gasolina ni electricidad, yo recordaba otras tantas Siberias. La del exilio y trabajos forzados de Fiódor Dostoyevski, donde parecen haber nacido sus más hondas cavilaciones éticas. La Siberia del encarcelamiento de Raskólnikov, personaje de Crimen y castigo. La Siberia de los destierros de Leon Trotsky. La Siberia donde Leonardo Padura sitúa a Trotsky y que de alguna manera hace suya, porque Cuba sin pandemia es de por sí una tragedia. La Siberia donde el Premio Nobel de Literatura Aleksandr Solzhenitsyn fue ocho años prisionero. La Siberia del Doctor Zhivago, personaje de la novela de Boris Pasternak y de la memorable película de David Lean. Tantas Siberias la Siberia.

Las postales siberianas paralizaban y oprimían a Trotsky. Lo intuye Padura en El hombre que amaba a los perros: «Y esa opresión, creyó descubrir, estaba relacionada con la noción exactamente opuesta al encierro: era obra de la inconmensurabilidad, de la oceánica inmensidad de un paisaje blanco que apenas se lograba entrever durante unas pocas horas del día. La inabarcabilidad física le asfixiaba, y comprendió que aquel blanco infinito podía ser capaz de agobiarlo hasta enloquecerlo».

También he temido lo blanco. La página. La pantalla incalculable. El desasosiego de no saber cómo ni cuándo ocurrirá un fin. El temor lechoso a que el confinamiento se instale para siempre y pase a formar parte de nuestra digestión, de lágrimas, aliento, piel.

Temo la corporeidad que va adquiriendo el encierro, ya no los que suponen país y casa, sino mi cabeza, mis pensamientos. Esa matrioshka​​ o muñeca rusa que contiene otros y tantos encierros de materias insospechadas.

«En el destierro como en la cárcel, no había más áncora de salvación que el trabajo intelectual intenso», escribió León Trotsky en un pasaje siberiano de Mi vida.

Toca persistir, admitir la inmovilidad, me digo.

Escribe, ve a Siberia, al frío, vuelve, me digo.

Cuenta, lee, anota, empieza de nuevo, me repito.

 

 

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