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Ramón Hernández: Gripecitas y fosas comunes

 

En Manaos, que todos creen que está a tiro de piedra de Santa Elena de Uairén y hay que recorrer 1.010 kilómetros para llegar después de viajar poco más de 13 horas y 32 minutos, la pandemia del SARS-CoV-2 no es otra gripecita que se pasa con caipiriña y música bajita en chinchorro de moriche. Los enfermos han colapsado tanto los precarios y desabastecidos servicios de salud como las funerarias. Los cientos de fallecidos son enterrados en fosas separadas que se construyen en tiempo récord y deforestando un poco más la selva amazónica.

En Brasil, como en Italia, España y Estados Unidos, sobreestimaron su capacidad de respuesta ante la peligrosidad del virus y ahora solo les queda apresurar los entierros y guardar silencio. El país que se mostraba como la potencia sustituta en América del Sur ha ido dando traspiés después de  haberse ganado la admiración mundial con el saneamiento de la economía, la derrota de la inflación y el regreso de los militares a los cuarteles, además de la incorporación de millones de marginados a la escuela y al proceso productivo. Los brasileños volvían a reencontrarse con los viejos líderes que expandieron el progreso y ampliaban el territorio a costa de los vecinos. Tierra para el caucho y el ganado, la caña de azúcar y el café, maíz y soja, pero también millones de litros de leche y carnaval, además de cerveza y mucha cachaça. El petróleo vino después, casi simultáneamente con los “negocios” de Luiz Inácio Lula da Silva.

Venezuela ha transitado el mismo camino, pero en lugar de un obrero llegó al poder un activista de la Liga Socialista, más preocupado en las luchas de calle, en fomentar el conflicto social y tirar piedras en la Plaza de la Tres Gracias y frente a la antigua sede de la Escuela Técnica Industrial Luis Caballero Mejías. Nada de Gramsci ni de Héctor Malavé Mata, tampoco de los marxólogos que ninguneaba Ludovico Silva desde su impostura de gran interpretador de Marx. No, le gustaba más el son cubano, la salsa, el sabor y el bembé.

La historia es dialéctica y saltarina. Mientras los estudiosos se reventaban el coco en el IESA o endeudaban a la familia para superarse, entender el marketing, los sistemas de producción a escala, la biología, los ecosistemas, los nuevos métodos de extracción del petróleo, o hacían trasplantes de órganos en los más afamados hospitales del mundo o inventaban herramientas tan útiles como el cuchillo de diamante del sabio Humberto Fernández Morán, utilizaban la cabeza para progresar o hacerse ricos famosos; los otros, los jodedores de la esquina, hacían política a mansalva. Los preparados lo único que no hacían era meterse a políticos. Todos ellos tenían la misma excusa: la política es muy sucia.

La antipolítica fue fomentada por los partidos minoritarios, por la izquierda  derrotada en el terreno militar y en el ámbito político. Por birlibirloque convirtieron la antipolítica en anticorrupción y el silogismo quedó construido: ser político es ser corrupto. Aparecieron todos los escándalos y ninguno de los responsables. Una tarea de demolición sin pausa. Alejados los talentosos, pero no necesariamente incorruptibles, de la política, los quemacauchos y tirapiedras ganaron preeminencia. Con la parada que tiraron el 4F les resultó relativamente fácil pasar de encapuchado a ministro, y de mensajero de Carmelo Laborit a mandatario. Y no por el desarrollo exitoso de la lucha de clases, sino por aplicar la estrategia correcta, como en cualquier juego de cero suma. Yo gano lo que tú pierdes. Perdido el poder lo tomaron otros y no esperaron para demoler las instituciones y aliarse con quien fuera. Los equipos médicos que Fidel Castro compraba para los hospitales venezolanos y Chávez pagaba no eran para beneficiar al pueblo, ni eran parte de un programa para prestar un mejor servicio, sino para que los cubanos se quedaran con unos cobres.  Simple.

La pandemia de la COVID-19 encontró a Jorge Rodríguez sin su bata y su estrella. Y sigue sonriendo. Elías Jaua quizás proponga más expropiaciones para ampliar los cementerios con los amigos de la constructora brasileña, ¿le responderán que no, que habilitarán para otros usos los túneles de la Línea 5 del Metro de Caracas que ya no piensan terminar? El ron con limón tampoco quita la gripe, pero ayuda a olvidar. Vendo solar de penas.

 

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